sábado, 4 de julio de 2020

Leer

Rascar el fondo
“Crónica ficticia pero que puede ser real que hizo mi hija Violeta después de visitar la olla popular de la que participo martes y jueves.” M. L. Marín
La fila ya dobla la esquina. Las ollas humean y dan un poco de calor en el día lluvioso. Hay hambre y la gente no afloja sin importar el día. Ollas esperando su porción. Personas que sostienen ollas esperando su porción de los martes y jueves para no engañar al estómago con mate por las noches.
La distancia social oscila y a veces, a pesar de la insistencia, se olvida. Los abrazos reprimidos se condensan en un codazo. Helena es la primera en llegar y también la última en irse cada noche. Hace años dirige la Sociedad de Fomento de San Carlos en el barrio de Isidro Casanova.
Hablar con el barbijo se vuelve complicado y todo suena un poco atrapado. Nadie pensó nunca que podría existir algo semejante al dolor de orejas. Parece tan absurdo ¿cómo te puede doler una oreja? Pero el elástico tira y después de 3 horas la oreja esta ya roja y un poco doblada y sí, duele.
Para hacer más amenas las tareas siempre se escucha algo de música. A Helena le gustan las cantantes así que cuando ella toma el control del parlante siempre suenan Las Taradas, Marilina Bertoldi, Mon Lafarte, Mercedes Sosa, entre otras. Todo cambia si llega su hija. Para distraerse y bailar frente a los espejos, a todo volumen se escucha reggaetón, Bad Bunny, J Balvin y Daddy Yankee.
Algunes pelan papas, otres lavan ollas, prenden el fuego, la madera cruje y empieza el humo. En el parlante suena de fondo, envolviendo y empantanando el ambiente, “cambiamos buenas por malas y al ángel de la bicicleta lo hicimos de lata. Felicidad por llanto ni la vida ni la muerte se rinden con sus cunas y sus cruces” Como un triste presagio que flota en el aire, parece que la muerte se encuentra a la vuelta de la esquina. ¿Nos está buscando o la estamos buscando a ella?
El enemigo es invisible pregona la tv, pero caminando por las calles une lo puede sentir a flor de piel.
Es; tan palpable como las manos con ese olor aséptico característico del alcohol en gel, reseco y áspero de tanto frotar la suciedad del hollín adherido a las ollas para conseguir esa tan ansiada pulcritud. Pero sin importar cuánto uno frote la esponja metálica, casi deshilachada, y raspe y raspe con intensidad, el hollín sigue ahí, intacto. Manos ya no aptas para una caricia reconfortante, restringen su función primordial y evitan tocar la cara sin lograr borrar las lágrimas.
En un barrio donde te podés topar con una iglesia cada dos cuadras, Dios no parece escuchar muchas plegarias. En su lugar, cientos de mujeres y hombres están dispuestos a ayudar. Desde la base. Desde el sentimiento. Desde lo popular.
De repente, Nahuel se corre su barbijo para tomar un poco de matecocido. Todes coinciden: detrás de la máscara de tela se escondía una barba de varios meses sin recortar y una nariz proporcionadamente puntiaguda que desarmonizaba con su pálida boca. En el imaginario colectivo; tenía más cara de niño, pero si algo no lograba ocultar eran las profundas ojeras como surcos que profundizaban su mirada, el barbijo te quita años le dice Helena, entre risas. Gracias por decirme demacrado, responde él.
Todavía están pegados; en la pizarra de la entrada los horarios. Papelitos coloridos, hechos a mano con lapiceras y fibras que hace meses perdieron todo su sentido. Lunes y miércoles, 18hs, patín artístico infantil. Jueves 17hs, teatro juvenil. Martes y jueves, 19hs, Taekwondo. Abajo se puede leer; $50 cada clase o lo que vos tengas, ¡no te quedes afuera! Esa siempre fue la idea y sigue siéndola: generar un espacio donde el barrio pueda expresarse, donde todes puedan disfrutar.
Helena todavía recuerda a les chiques bailando, corriendo por todo el lugar, dándole vida a ese espacio, a veces, un poco abandonado por los achaques de la humedad. Sus caras, su diversión, chivando y aprendiendo. Las reuniones sentades en ronda y varios mates girando. Hoy, eso clasifica como arma mortal, ¿compartir mate? un acto claramente suicida.
El martes llegó un aviso. Un post en Facebook, mensajes insidiosos en grupos de WhatsApp: “En la olla todos tienen el virus” “están contagiando a todo el barrio y no les importa nada, irresponsables” “ya hay cuatro familias con coronavirus a solo dos cuadras de la olla.”
Una “X roja y gigante” en medio de una pared del barrio. Simbólica, acá están les infectades. Una cacería virtual y no tanto. Los leprosos del siglo XV o los sidosos del siglo XX. La no tan nueva moda de juzgar a personas por una enfermedad que no controlan ni buscaron.
Helena junto con Nahuel se acercan al domicilio con todos los recaudos posibles y con intención de ponerle cara a les infectades, a los parias del barrio. La manzana podrida que busca expandir el gusano por todo el cajón, escrachados en redes sociales como si fueran delincuentes. La cara tras la ventana devuelve la tristeza de la marginalidad. Resulta que tienen nombre, resulta que tienen una historia, sentimientos y, sobre todo, temor por los niños y adultos.
Rosa, quien los recibe desde dentro les cuenta el calvario. Hace dos semanas su hija mayor, Miriam, compartió un mate con su patrona, en la casa de ella, donde trabajaba como empleada doméstica. No era un trabajo estable ni registrado, pero era el principal sustento de la casa y no podía darse el lujo de dejar de ir. Hace cinco días que habían confirmado que la señora dio positivo en COVID-19. A partir de ese momento, y sin ninguna orden de nadie en particular, Miriam y su familia, se auto aislaron.
“Somos todos vecinos hace años. Acá todos se conocen con todos, nunca quisimos contagiar a nadie, ni siquiera sabemos si lo tenemos nosotros. Pero primero se juzga y después si hay tiempo preguntan”.
El valor que da el anonimato. Una capa de pixeles, acciones que se piensan insignificantes y tienen un impacto nuclear en toda una familia. “Si mi hija se hubiera podido quedar en casa desde un principio lo hubiera hecho, se los aseguro, pero no fue así, necesitábamos esa plata. Yo rezaba desde que se iba hasta que volvía porque no se enferme, ni ninguno de nosotros, porque no la pare la policía y se la lleven por no tener un permiso. No siempre es tan fácil quedarse en casa, pero ahora estamos haciendo todo lo que podemos”.
Helena y Nahuel dejan todo en la puerta de la casa. Rosa cuenta hasta 30 y recién ahí sale. Agarra las cosas: una olla con lo que cocinaron esa noche, fideos, arroz, latas de tomate, matecocido y unos paquetes de galletitas para los más pequeños de la casa. Respira profundamente y exhala, no va a volver a sentir la brisa de la calle de nuevo por un buen tiempo. Vuelve a entrar rápidamente y deja todas las cosas en la mesa, se lava compulsivamente las manos y rocía todo con alcohol. Se sienta resignada, resopla. Está exhausta de su nueva rutina.
Y si, la familia Gómez iba a la olla como otras 450 personas del barrio que se acercan dos veces por semana, aclara la sociedad de fomento en su Facebook. Y no, no está confirmado el contagio. No, no, todavía no fue nadie del parte del Estado a hacerles un test. Y si, hubo un contacto estrecho de alguien de la familia con una persona que sí está contagiada, pero no, por ahora ninguno presentó ningún síntoma y rogamos que sigan así.
Unos días después se acercaron de la municipalidad, los testeos confirman la tan ansiada noticia. Nadie en la casa tiene coronavirus. Rosa vuelve a respirar, de repente todo se ordena en su cabeza, un simple dato que lo modifica todo. El peso de la incertidumbre se borra, a veces las buenas noticias son malas, a veces las malas noticias pueden convertirse eventualmente en buenas. Pero ¿qué pasa con las no noticias? ¿Con el vacío de la información? Aprieta el pecho y crece el temor. La angustiante desinformación se esfuma con una sola palabra, negativo. Lo que no desaparece es esa X roja y colosal que todavía adorna la pared como la muestra grafica de que los tiempos tanto no cambian.
Las palabras de Rosa no paran de resonar en la cabeza de Helena, como un pájaro carpintero que repite una y otra vez “no siempre es tan fácil quedarse en casa”. No es fácil quedarse en casa cuando la alacena está vacía y también la billetera. Pero tampoco es fácil quedarse en casa cuando ves a gente desesperada, cuando sentís que el hambre abunda. Aunque no puedas salir, siempre se puede hacer algo. Donar es un gran ejemplo. Helena y el resto de gente de la olla levantan hasta las piedras para encontrar de donde rebuscar una donación, la más mínima, aceite, juguetes, ropa, verduras, pan, viandas, puré de tomate, fideos, libros, harina, dinero, carne, pollo, arroz, todo sirve. Cada donación cuenta y hace la diferencia.
En cada barrio del AMBA, podes encontrar una olla como la de la Sociedad de Fomento de San Carlos. Seguramente las vas a poder descubrir si prestás atención quizás te llega el olor a guiso casero de abuela, abundante y jugoso, que emanan. Si detenés la mirada por más de un segundo y observás en lugar de ver, vas a poder apreciar el humo que sale de las ollas. Si afinas el olfato, sentís la madera quemada, crepitante y chamuscada de horas al fuego. Quizás la fila llega a la puerta de tu casa y dobla por la otra cuadra.
Autora: Violeta Galateo
Imagen ilustrativa.