HISTORIA
La Guerra de las Republiquetas
Introducción: después del derrumbe
Usted, lector, imagine el continente en 1815. Las
banderas de la revolución flameaban en papeles solemnes, en arengas de salón,
en congresos llenos de discursos huecos. Pero en los campos y en las montañas
lo que quedaba era humo, ceniza y sangre seca. La pólvora había hablado, y la
verdad era brutal: los ejércitos patriotas estaban destrozados.
Después de Vilcapugio y Ayohuma, y
sobre todo tras el desastre de Sipe Sipe, la revolución parecía
moribunda. El Ejército Auxiliar del Río de la Plata, que había llegado con la
ilusión de liberar el Alto Perú, retrocedía deshecho, dejando tras de sí
muertos sin sepultura, familias desamparadas y la amarga sensación de que todo
había sido en vano.
En el Río de la Plata, la situación era
caótica. Buenos Aires, ese cerebro ilustrado que se creía dueño de la
revolución, se encerraba en disputas de salón, en roscas de poder, en intrigas
de escritorio. Los porteños discutían reglamentos, aduanas, impuestos, mientras
en el norte el pueblo sangraba solo. Las Provincias del Interior miraban con
recelo ese centralismo porteño que se llevaba las rentas y las decisiones, pero
no compartía los sacrificios.
El Litoral era un polvorín. En Entre Ríos
y Corrientes se levantaban voces contra Buenos Aires, reclamando autonomía. En Santa
Fe, los caudillos se endurecían frente a la soberbia del puerto. La guerra
civil empezaba a olerse como peste inevitable.
En la Banda Oriental, la figura gigantesca de José
Gervasio Artigas se alzaba como enemigo declarado del centralismo porteño. Con
sus gauchos y paisanos formaba la Liga de los Pueblos Libres, un
proyecto federal que desafiaba al Directorio. Buenos Aires lo llamaba traidor,
pero los pueblos del interior lo veían como esperanza. Mientras tanto, la Banda
Oriental ardía: asediada por portugueses que invadían desde el Brasil, por
realistas que resistían en Montevideo y por los mismos porteños que preferían
pactar con Lisboa antes que aceptar el proyecto artiguista.
En Chile, la tragedia tenía nombre: Rancagua,
octubre de 1814. Allí, el ejército patriota chileno, con O’Higgins a la cabeza,
fue aniquilado. Santiago cayó en manos realistas y comenzó el llamado período
de la Reconquista, con una represión feroz contra todo vestigio de
rebeldía. Los patriotas huyeron a Mendoza, convertidos en exiliados, donde
fueron acogidos por San Martín, que ya planeaba convertir la derrota en
oportunidad. Pero en ese 1815, lo que se veía era claro: Chile estaba perdido,
y el Pacífico seguía bajo bandera española.
En el Virreinato del Perú, Lima festejaba. Era
todavía la fortaleza más sólida de la reacción absolutista, el bastión realista
que se creía inexpugnable. Desde allí, virreyes y generales brindaban por la
victoria del rey, convencidos de que la insurrección americana estaba a punto
de extinguirse.
En la Nueva Granada, el fuego revolucionario
había sido sofocado con una reconquista sanguinaria. Los jefes patriotas eran
perseguidos, capturados y ajusticiados como delincuentes comunes, mientras las
ciudades eran devueltas al orden del monarca.
En la Nueva España, el cura Morelos,
heredero del grito de Hidalgo, había sido capturado y fusilado. El mensaje era
brutal: el sueño de libertad sería ahogado a balazos y horcas, y las tropas
realistas se sentían otra vez dueñas del terreno.
El panorama era sombrío. Todo parecía indicar que la
rebelión americana se hundía bajo el peso de su propia audacia. El rey
recuperaba terreno, los pueblos eran castigados, los líderes caían uno tras
otro.
Y, sin embargo —porque la historia siempre guarda un
pliegue inesperado— en medio de ese derrumbe, en las montañas del Alto Perú,
algo ardía todavía. No eran ejércitos regulares ni congresos solemnes. Eran
campesinos, indios y mestizos, miserables y descalzos, hombres y mujeres que no
tenían nada que perder salvo sus cadenas. Ellos, que jamás habían leído a
Rousseau ni a Montesquieu, entendieron que la libertad no se discutía: se
peleaba.
Cuando los ejércitos regulares caían, cuando los
congresos flaqueaban, ellos no se rindieron. Transformaron la derrota en una nueva
forma de lucha, una guerra sin cuartel, sin descanso, sin gloria oficial: la
Guerra de las Republiquetas.
El nacimiento de las Republiquetas
Las republiquetas no nacieron de un decreto ni de un
congreso solemne. No hubo orden oficial ni plan maestro. Nacieron del hambre,
del odio y de la desesperación. Nacieron de la certeza brutal de que el regreso
de los realistas significaba degüellos, incendios, violaciones y cadenas. Ante
esa perspectiva, miles de campesinos, indígenas y mestizos decidieron que era
mejor morir peleando que vivir como bestias de carga.
De ese fuego surgieron partidas en cada quebrada, en
cada valle, en cada serranía. Unos pocos hombres con lanzas, machetes o piedras
se agrupaban detrás de un jefe espontáneo, un caudillo que no necesitaba
títulos ni uniformes: le bastaba demostrar coraje en la primera emboscada para
que todos lo siguieran. Eran pequeñas repúblicas armadas, efímeras pero
tenaces, sostenidas por el pueblo entero.
Pero el nacimiento de estas guerrillas no puede
entenderse sin mirar hacia el sur, hacia las provincias del Río de la Plata.
Allí, en 1814, después de Ayohuma, el Directorio decidió relevar a Belgrano del
mando del Ejército del Norte y enviar a un nuevo general: José de San Martín.
Fue en la posta de Yatasto/Algarrobos, en marzo
de ese año, donde se produjo el encuentro decisivo. Belgrano entregaba el
mando, pero también su experiencia amarga: las batallas convencionales contra
los realistas habían terminado en catástrofe. No se podía vencer al rey en
campo abierto, con ejércitos mal armados frente a tropas veteranas de Europa.
San Martín, que venía de combatir en la península
ibérica, lo sabía mejor que nadie. Había visto cómo los campesinos españoles
desangraban a Napoleón con emboscadas y ataques relámpago. Y en esas charlas
con Belgrano encontró un aliado inesperado: Martín Miguel de Güemes,
oficial de caballería, salteño hasta los huesos, que conocía como nadie las
quebradas y las tácticas del pueblo.
Allí, entre mapas manchados de grasa y soldados
exhaustos, se tomó la decisión: el norte no podía sostenerse con ejércitos
regulares; debía convertirse en un infierno para los realistas. Una guerra
de recursos, irregular, donde todo hombre, toda mujer y hasta los niños
pudieran ser soldados. Güemes quedaría al frente de esa resistencia en Salta y
Jujuy, mientras en el Alto Perú los caudillos locales encendían la misma
hoguera en sus tierras.
Ese fue el verdadero origen de las republiquetas: no
un plan escrito en Buenos Aires, sino una conclusión nacida de la derrota y de
la experiencia. Una alianza tácita entre la resistencia natural de los pueblos
altoperuanos y la visión compartida de Belgrano, San Martín y Güemes.
Así, lo que parecía una retirada definitiva se
transformó en otra cosa: en la mayor guerra de desgaste de América. Una guerra
que no dio batallas definitivas, pero abrió cien heridas a la vez en el cuerpo
del imperio. Y desde entonces, el Alto Perú ardió como una brasa imposible de
apagar.
El barro y la pólvora de los pobres
No era una guerra de uniformes brillantes ni de
generales formados en academias. Era una guerra de miseria. Una guerra de
piedras lanzadas desde las quebradas, de machetes oxidados, de hondas tensadas
por niños, de fusiles arrebatados al enemigo como botín de cada emboscada. Era
una guerra donde la pólvora se racionaba como pan, donde los caballos eran más
valiosos que el oro, donde los campesinos de día sembraban y de noche
degollaban.
Los realistas no entendían esa lógica. Acostumbrados a
grandes batallas con artillería y caballería, se encontraban con una guerra que
no tenía horarios ni escenarios fijos. Una columna podía marchar confiada y de
pronto ser atacada desde un barranco por hombres descalzos, apenas vestidos con
ponchos raídos, que aparecían y desaparecían como espectros. El miedo se les
metía en los huesos porque no había frente ni retaguardia: en el Alto Perú todo
era territorio enemigo.
El historiador Bartolomé Mitre, en su historia
oficial, la bautizó con desdén “Guerra de las Republiquetas”. No podía
llamarla “montonera”, porque en Buenos Aires esa palabra estaba ligada a los
federales que lo desafiaban, y reconocer el valor de la montonera era conceder
legitimidad a sus enemigos políticos. Mitre necesitaba un nombre que sonara
pequeño, casi ridículo: “republiquetas”, como quien dice aldeas sueltas,
partidas sin importancia. Pero detrás de ese diminutivo se escondía una
realidad enorme: eran auténticos estados de resistencia, con su propio
orden y su propia justicia.
Cada caudillo era a la vez juez, gobernador y
general. Su autoridad no provenía de un papel sellado, sino de la confianza
del pueblo y del coraje probado en combate. No necesitaban uniformes ni
charreteras: el mando se ganaba en la quebrada, a sable y a gritos.
Fueron 105 caudillos los que se alzaron en
estas tierras. Ciento cinco nombres, casi todos borrados por el tiempo, que
mantuvieron viva la revolución durante diez años de persecuciones y matanzas.
De ellos, apenas nueve sobrevivieron hasta 1825. El resto cayó en
combate, degollado, fusilado o ejecutado públicamente, sus cabezas clavadas en
picas en las plazas como advertencia. Y, sin embargo, cada muerte encendía otra
rebelión, como si la sangre derramada germinara en nuevos combatientes.
Esta fue la pólvora de los pobres: el coraje
inagotable, el barro que se mezclaba con la sangre, la miseria convertida en
arma. Allí, donde parecía que la revolución se extinguía, el pueblo anónimo,
sin academias ni congresos, sostuvo la independencia con la única riqueza que
tenía: su vida.
La pedagogía del terror
El poder realista entendió enseguida que no bastaba
con derrotar ejércitos: había que aplastar el espíritu. No se trataba sólo de
matar combatientes, sino de enseñar a los pueblos el precio de rebelarse.
Así nació lo que podríamos llamar la “pedagogía del terror”: un régimen de
escarmiento sistemático que hiela la sangre todavía hoy.
En Cochabamba, La Paz, Chuquisaca, la escena se
repetía con precisión burocrática. Prisioneros degollados en masa. Cuerpos
arrojados a las acequias para que se pudrieran al sol. Cabezas clavadas en
picas en la plaza central, frente a la iglesia, para que las mujeres al salir
de misa vieran el rostro desfigurado de sus hijos. Los pueblos enteros
arrasados con fuego, cosechas quemadas, casas derribadas a cañonazos.
La violencia contra las mujeres era parte del método: violaciones
públicas convertidas en espectáculo, como si el ultraje sirviera de
advertencia. Y los niños, colgados de los árboles o estrellados contra las
rocas, porque el mensaje debía ser total: no habría futuro para los rebeldes.
El virrey Abascal y los generales Pezuela
y La Serna lo sabían: cada degüello era un acto político, una lección
de miedo. Querían sembrar obediencia en los huesos. Querían que el indio, al
ver las cabezas podridas de sus hermanos, se resignara a cargar la mita y a
besar la mano del cura que bendecía en nombre del rey.
Pero ocurrió lo contrario. El terror no paralizó:
encendió. Allí donde un caudillo era ejecutado, surgía otro con más rabia. Allí
donde una comunidad era arrasada, otra se levantaba con piedras y palos. El
odio se volvió combustible, y la memoria de cada degüello fue semilla de nuevas
venganzas.
Los realistas creyeron que estaban sembrando miedo.
Sin darse cuenta, estaban sembrando pólvora.
Los nombres del fuego
Algunos de esos nombres, borrados por la historia
oficial o reducidos a una nota al pie, merecen volver a arder. Porque sin ellos
la independencia hubiera sido apenas un deseo en papeles.
Vicente Camargo, caudillo de las serranías de Chuquisaca. Lo
capturaron, lo ejecutaron y su cabeza fue expuesta en la plaza mayor como
escarmiento. Los realistas querían enseñar obediencia. No entendieron que cada
niño que vio esa cabeza clavada en una pica juró venganza.
Ignacio Warnes, gobernador patriota de Santa Cruz de la Sierra.
Organizó un ejército de campesinos y mestizos que nunca habían visto un
uniforme. Con ellos resistió hasta caer en 1816, en una emboscada. Su muerte no
apagó la rebelión: la multiplicó.
Eustaquio Méndez, el “Moto Méndez” de Tarija. Perdió un brazo, pero no
la furia. Con el machete en la otra mano siguió peleando como si el dolor fuera
parte del arma. Sus hombres lo veneraban porque demostraba que hasta mutilado
se podía seguir combatiendo.
Vicente Cárdenas, que levantaba campesinos desarmados y los
transformaba en guerreros con hondas, palos y piedras. Sus ejércitos parecían
rebaños, pero tenían la fuerza de la montaña que los cobijaba.
Y sobre todos, la pareja que se convirtió en mito: Manuel
Asencio Padilla y Juana Azurduy.
Padilla, abogado de formación, cambió la toga por el
sable. Conocía las leyes de los hombres, pero eligió escribir su sentencia en
la sangre de los opresores.
Juana, mestiza de Chuquisaca, madre de cinco hijos.
Los perdió uno a uno en la guerra, pero jamás se quebró. Embarazada de ocho
meses, encabezó cargas de caballería. Con sus propias manos arrancó estandartes
reales en medio del combate. Fue el rostro de la revolución hecha carne.
Belgrano, que no era de regalar títulos, la ascendió a teniente coronela.
San Martín, que medía las palabras, dijo de ella: “Es digna de ser recordada
en la posteridad”.
Pero la posteridad tardó. Juana murió pobre, olvidada,
enterrada en una fosa común. Su país la recordó un siglo después, cuando ya no
quedaban testigos de su galope. Y, sin embargo, cada vez que alguien nombra la
palabra independencia, el eco de su caballo aún resuena en las quebradas del
Alto Perú.
El fraile Aldao: entre la cruz y la espada
En este escenario aparece la figura contradictoria de José
Félix Aldao, el fraile soldado. Tenía treinta y seis años, pero su estampa
parecía salida de un relato medieval: un gorro cónico de cuero de carnero, una
capa blanca de frazada hasta las rodillas, un sable enorme que le golpeaba los
tobillos al caminar, botas de potro que crujían en cada paso y un mosquete en
la mano.
En 1821, al mando de un regimiento guerrillero
que descendió de las montañas hacia Lima, Aldao desfilaba como un guerrero de
leyenda. El pueblo lo miraba con una mezcla de temor y fascinación. Para
algunos era la imagen de la “bárbara belleza”: el fraile convertido en
caudillo, mezcla de místico y verdugo, capaz de rezar un Padrenuestro y un
minuto después ordenar un degüello.
Era el hombre de las dos almas: la cruz y la espada,
el hábito y la pólvora, la oración y el sable. Para unos, un héroe sagrado que
había dejado el claustro para salvar a la patria. Para otros, un facineroso que
había pervertido la fe convirtiendo a un siervo de Dios en verdugo de hombres.
Pero nadie podía ignorarlo.
Su figura resume la naturaleza de las republiquetas: improvisación,
mística, brutalidad y fe enredadas en un mismo cuerpo. En él estaba la
esencia de esa guerra que no cabía en los manuales militares: campesinos
convertidos en soldados, curas transformados en guerrilleros, mujeres en jefas
de tropa. No había fronteras entre lo sagrado y lo profano, entre el rezo y el
machetazo.
Aldao fue un espejo de su tiempo: tan capaz de
inspirar devoción como de provocar odio, tan venerado como temido. En su
contradicción vivía la contradicción misma de la independencia: la libertad
naciendo entre rezos, pólvora y sangre.
Mujeres en guerra
No fue sólo Juana Azurduy. Ella es el rostro
visible, el símbolo que sobrevivió al olvido, pero a su lado marcharon decenas,
cientos de mujeres anónimas, sin nombre en los manuales y sin estatuas en las
plazas.
Fueron enfermeras improvisadas, que curaban
heridas con hierbas y rezos en las noches frías de la quebrada. Fueron espías,
disfrazadas de vendedoras ambulantes que entraban en los cuarteles realistas
con canastas de frutas, escuchaban órdenes, miraban mapas y volvían con la
información escondida entre la ropa. Fueron correos que atravesaban
montañas a pie para llevar un mensaje escrito en un papel doblado dentro de un
pan. Fueron cocineras y arrieras, que alimentaban y movían a los
guerrilleros, haciendo de la logística un acto de resistencia.
Algunas guardaban pólvora en canastos de pan. Otras
ocultaban dagas y pistolas bajo sus polleras. Sabían que si las descubrían no
había juicio ni perdón: la pena era la violación pública, la ejecución
inmediata. Y aun así lo hacían, porque entendían que la patria no se
conquistaba sólo con discursos ni con sables, sino también con esas tareas
invisibles que sostenían la guerra día a día.
Y cuando ya no quedaban hombres vivos, cuando los
realistas habían pasado a cuchillo a toda la partida, fueron ellas las que
tomaron el fusil. Mujeres que nunca habían empuñado un arma dispararon
contra columnas enteras de soldados, dispuestas a morir antes que ver a sus
hijos esclavos.
Algunas tuvieron nombre y quedaron en la memoria popular:
Úrsula Goyzueta, combatiente en La Paz, que se disfrazaba de hombre
para pelear y fue condenada a muerte, aunque logró salvarse.
Vicenta Juaristi Eguino, la paceña que izó la bandera de la
rebelión en 1809 y financió guerrillas con sus propios bienes.
Juana Manuela Gandarillas, ciega, que organizaba a las mujeres en
Cochabamba y alentó la resistencia aun sin poder ver.
Las Heroínas de la Coronilla (1812), madres, ancianas y niñas que, al
ver que los hombres estaban ausentes, subieron al cerro de San Sebastián y
resistieron con palos y piedras hasta ser masacradas.
Simona Manzaneda, en Ayopaya, que organizaba partidas y transmitía
mensajes, convirtiéndose en pieza vital de la guerrilla.
Muchas más murieron sin nombre. Varias fueron
capturadas, violadas delante de sus familias, ahorcadas en la plaza para dar
escarmiento. Pero ni el látigo ni la horca lograron borrar el ejemplo: cada
mujer ejecutada sembraba en otra mujer la decisión de resistir.
La independencia, lector, no fue sólo obra de
congresos, generales y batallas heroicas. Fue también, y en gran parte, obra de
estas mujeres invisibles. Sin ellas, la pólvora no hubiera llegado, los
mensajes no hubieran cruzado los cerros, los heridos no hubieran sobrevivido,
las partidas no hubieran tenido pan ni caballos.
La historia oficial de Mitre no las nombró. La mayoría
murió en silencio, sin tumba ni memoria. Pero la revolución vivió gracias a
ellas. Y si hoy hablamos de libertad, es porque esas mujeres, con el cuerpo
como única bandera, la defendieron en la sombra.
Cómo combatían
El método era simple y despiadado: no dejar
descansar al enemigo.
Las columnas realistas marchaban con disciplina,
uniformes impecables, tambores y estandartes que recordaban a las guerras
europeas. En apariencia, eran invencibles. Pero los republiqueteros los
aguardaban ocultos entre quebradas y pajonales, invisibles como fieras al
acecho. Cuando el convoy se estiraba y la disciplina se relajaba, atacaban como
rayos: fusilazos, machetazos, piedras rodando desde lo alto, lanzas
improvisadas con palos de arado. Luego desaparecían, se disolvían entre la
población civil como si nada hubiera ocurrido.
De día eran campesinos. De noche, soldados. No
había frentes definidos ni batallas decisivas. Había un sangrado constante,
un goteo de bajas que volvía insoportable cualquier marcha. Los convoyes rara
vez llegaban intactos: siempre había una partida que arrebataba caballos,
pólvora o alimentos. Y con ese botín improvisaban su supervivencia: la guerra
se alimentaba del propio enemigo.
Para los realistas, aquello era un infierno. Creían
avanzar sobre un territorio conquistado, pero en realidad se movían en un
terreno minado por trampas invisibles. Cada valle podía ser una emboscada, cada
campesino un espía, cada mujer una correo. La inseguridad era total: nunca
sabían si la calma de la mañana no iba a convertirse en una emboscada al
mediodía.
No era la primera vez que un imperio se enfrentaba a
esa forma de lucha. Así combatieron los hunos contra Roma, desbaratando
legiones disciplinadas con ataques relámpago y huidas estratégicas. Así
combatieron las tribus del Indo contra Alejandro, que tras Cannae y
Gaugamela lo habían visto todo, menos campesinos convertidos en sombras
imposibles de atrapar. La historia universal se repite: los imperios marchan
con estandartes y disciplina; los pueblos, cuando no tienen nada más que
perder, inventan la guerra de desgaste. Y más de una vez vencen.
En el Alto Perú, la táctica era la misma: hostigar,
desgastar, impedir el descanso. Una guerra sin gloria oficial, pero con
eficacia brutal. Porque la independencia, al fin y al cabo, no se ganó en los
salones ni en los congresos: se ganó en las emboscadas nocturnas, en la
astucia del pobre que convertía la miseria en pólvora.
San Martín y la lógica del desgaste
José de San Martín entendía mejor que nadie el sentido
de aquella guerra irregular. En la península ibérica había visto cómo
campesinos harapientos, sin instrucción militar, habían convertido a los
ejércitos más temidos de Europa en columnas cansadas, hambrientas y llenas de
miedo. Napoleón no fue vencido sólo en Waterloo: fue desgastado día tras día
por hombres y mujeres anónimos que lo hostigaban sin darle tregua.
Por eso, cuando asumió el mando en el Norte y más
tarde planificó su campaña continental, San Martín no menospreció a las
republiquetas: las alentó. Supo ver en ellas un recurso estratégico tan valioso
como un ejército regular. Confiaba en Güemes y en Padilla porque
entendía que esas partidas no iban a derrotar por sí solas a los realistas,
pero sí podían hacer algo que un ejército no podía: volver inhabitable el
terreno al enemigo.
Su lógica era clara: mientras los realistas estuvieran
obligados a desangrarse en el Alto Perú y en Salta, no podrían concentrar
fuerzas para frenar el verdadero golpe: el cruce de los Andes y la liberación
del Perú. Las guerrillas eran un segundo frente invisible, pero
indispensable.
Sin las republiquetas, San Martín se habría estrellado
contra un muro sólido de tropas descansadas. Con ellas, el enemigo estaba
cansado, dividido, disperso en mil combates pequeños que lo dejaban exhausto.
San Martín comprendió que la independencia no se
ganaba sólo con batallas heroicas, sino con una guerra lenta y persistente,
una enfermedad que corroe al imperio hasta dejarlo sin fuerzas. Esa fue la
lógica del desgaste. Y fue la lógica que abrió el camino a la victoria.
El costo humano
Las cifras estremecen. En conjunto, las republiquetas
movilizaron a más de 20.000 hombres entre 1811 y 1825. Pero esa
fuerza fue devorada poco a poco por la guerra. Cada combate dejaba un reguero
de muertos, y cada derrota significaba pueblos enteros arrasados.
De los 105 caudillos que se alzaron en las
montañas, apenas nueve sobrevivieron para ver la independencia. El
resto fue fusilado, degollado, colgado en plazas o simplemente desaparecido.
Sus cuerpos se perdieron en quebradas y barrancos, pero sus nombres —Camargo,
Padilla, Méndez, Azurduy, Cárdenas, Warnes— siguieron vivos en el murmullo de
las comunidades que los lloraban.
La sangre indígena pagó el precio más alto. Miles de
hombres fueron exterminados en combate o en represalias, y las mujeres y los
niños padecieron la violencia sistemática del terror realista. Comunidades
enteras fueron desarraigadas: aldeas borradas del mapa, cosechas
destruidas, familias diezmadas.
En proporción poblacional, fue una de las guerras más
sangrientas de América del Sur. En algunos valles, apenas sobrevivía una décima
parte de la población original. Lo que para los virreyes era un “escarmiento”,
para los pueblos fue una catástrofe demográfica y cultural.
La independencia, entonces, no fue un festejo solemne
ni un acta de congreso: fue una herida abierta en miles de familias que lo
perdieron todo. El precio de la libertad se pagó con generaciones enteras que
quedaron sin padres, sin hijos, sin hogar. Ese es el costo humano que rara vez
aparece en los manuales, pero que late en cada rincón del Alto Perú.
El eco en la historia mundial
Lo que pocos saben es que la Guerra de las
Republiquetas no quedó encerrada en los Andes ni en los papeles amarillentos de
la historia argentina o boliviana. Se convirtió, sin proponérselo, en ejemplo
para el mundo.
La táctica de desgaste, la emboscada sorpresiva, la
invisibilidad del combatiente popular, serían imitadas más de un siglo después.
En Europa ocupada por los nazis, los partisanos italianos aprendieron
a golpear y desaparecer, como lo habían hecho los caudillos altoperuanos. Los maquis
franceses, escondidos en los bosques, practicaban la misma guerra de
recursos, robando armas al enemigo para alimentar su lucha. En los Balcanes,
los guerrilleros yugoslavos con Tito a la cabeza, y en las estepas,
los partisanos soviéticos que minaban los trenes de Hitler,
repitieron el mismo libreto: no enfrentar al imperio de frente, sino
desangrarlo hasta dejarlo exhausto.
El Alto Perú fue la cuna de la guerra de
resistencia moderna, aunque Europa jamás lo reconoció. Allí, décadas antes
de que existiera la palabra “guerrilla” en los manuales militares, ya se aplicaban
todas sus claves. Y los protagonistas no fueron generales de academia ni
oficiales con charreteras doradas, sino indios descalzos, mestizos
famélicos, mujeres invisibles y curas renegados.
Ellos, los condenados de la tierra, inventaron sin
querer la estrategia que haría tambalear a imperios mucho más poderosos que el
español.
Conclusión: la patria en cenizas
Amigo lector, no se equivoque. La independencia no se
ganó en congresos ni en bibliotecas. Se ganó en las quebradas ensangrentadas,
en los pajonales incendiados, en las piedras arrojadas por campesinos que
preferían morir antes que seguir arrodillados.
Se ganó con Juana Azurduy enterrando a sus
hijos y volviendo al combate. Con Moto Méndez degollando con un
solo brazo. Con Vicente Camargo, cuya cabeza podrida en una pica fue más
elocuente que mil discursos. Con el fraile Aldao, mezcla de monje y
verdugo, que bajaba de la montaña con cruz y sable. Con Manuel Asencio
Padilla, el abogado convertido en caudillo, que eligió morir de pie con su
pueblo antes que volver a vivir arrodillado.
La Guerra de las Republiquetas fue la epopeya de los
olvidados. La historia que Mitre barrió debajo de la alfombra porque olía a
pueblo, a sangre, a barro. Pero fue ella, y no otra, la que sostuvo viva la
revolución cuando todo parecía perdido.
La libertad en el Alto Perú no se proclamó: se
parió entre gritos y cenizas. Y cada fusil improvisado, cada mujer colgada
en una plaza, cada niño que arrojó piedras desde una quebrada, fue ladrillo
invisible en la construcción de nuestra independencia.
Por eso, cuando pase frente a una plaza sin estatua o
a un cerro sin nombre, recuerde: allí quizás peleó una republiqueta. Allí, en
silencio, se ganó la patria.
Roberto Arnaiz
Bibliografía
-Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina. Bartolomé Mitre. Imprenta del
Estado, Buenos Aires, 1857.
-La Guerra de las Republiquetas en el Alto Perú. René Arze Aguirre. Editorial
Juventud, La Paz, 1971.
-Juana Azurduy de Padilla: Historia y Mito.
Pilar Mendieta. Editorial Universitaria, Sucre, 2009.
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Halperín Donghi. Siglo XXI, Buenos Aires, 1972.
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Buenos Aires, 2020.
-Juana Azurduy: La Teniente Coronela. Pacho O’Donnell. Editorial Planeta,
Buenos Aires, 2010.
Fuente consultada


