HISTORIA
Análisis de la dependencia argentina
En los diversos episodios que se exponen,
encontramos algunos de los hechos más salientes entre los que sellan nuestra
suerte de país dependiente.

De un modo particular, a partir de Caseros, la
oligarquía nativa comienza a construir el país de acuerdo a sus intereses,
coincidentes con los de la potencia hegemónica del momento: Inglaterra. La
“política” se constituye en asunto de una única clase, que nutrirá con sus
hombres los elencos gobernantes. De ella saldrán también los abogados de los
bancos extranjeros y los asesores de empresas ferroviarias con directorios en
Londres.
Esta concepción, por la cual la oligarquía se
arroga el derecho de ser “todo el país”, gobernando para su beneficio y el de
la potencia imperialista de turno, halla su cristalización en la generación del
80. Por primera vez el país es pensado como un todo; se elabora un “proyecto
nacional” pero de neto corte colonial: las élites en el poder racionalizan y
ejecutan el papel de satélite que se le asigna al país, en el esquema de
división internacional del trabajo.
El pueblo no existe en la conciencia de los
notables y gobernantes. Al día siguiente de Pavón, el consejo de Sarmiento de
no ahorrar sangre de gauchos, “abono útil a la tierra”, no será una frase
infeliz sino una dramática realidad.
Con el exterminio de los montoneros del Chaco,
Felipe Varela, Juan Sáa o López Jordán se desangró el interior y se
estabilizaron las oligarquías locales. La sangre de criollos corrió
ininterrumpidamente desde 1861 a 1878 (de Pavón a la expedición al desierto).
Así se cumplió el ideal de Caseros. No quedaron ni masas populares ni caudillos
molestos que las condujeran.
Pero un país no puede vivir sin una clase
laboriosa que cree riqueza. Entonces vinieron “los gringos”. El “gobernar es
poblar”, de Alberdi, exigía una inmigración nutrida “con las razas viriles de
Europa” para suplantar la menguada población de criollos, “incapaces de
libertad”. Sin embargo, la inmigración nórdica con que soñaron los teóricos del
53 se redujo a gerentes y técnicos de empresas extranjeras; en su lugar,
llegaron a constituir la clase trabajadora del país los italianos del sur y del
norte, los vascos y gallegos que llenaron de estupor a los hombres de levita. A
pesar de todo, este conglomerado cumplió admirablemente las funciones
proletarias que se le habían asignado. Hombres sin conciencia nacional y sin
caudillos molestos que pudieran inflamarlos, convirtieron a la Argentina en una
colonia próspera y feliz. Una colonia con mucho menos independencia que la
española, anterior a 1810; con una clase gobernante más desarraigada y con
dueños de ultramar mucho más poderosos.
El gran instrumento que se utilizó para
“educar” a toda esta masa en los ideales de Caseros y para asegurar la
permanencia del status colonial, fue la falsificación sistemática de la
historia. Se convirtió a ésta en “mentiras a designio” (palabras de Sarmiento),
que enaltecieron los principios de la “civilización”, en detrimento de la
“barbarie” nativa.
Sin embargo, esta colonia apátrida no habría de
durar mucho. Los hijos de los gringos, en contacto con la tierra, se
impregnarían de nacionalidad y rescatarían las tradiciones, tan largamente
postergadas desde Caseros. La realidad del país no concordaba con los ideales
de los teóricos de 1853.
En ese contexto, el pueblo reaparece
incontenible en la historia del país. Alem, Irigoyen y Perón serán los
abanderados de las reivindicaciones de las luchas populares. Lucha que conoce
victorias, pero que aún será dura y prolongada. Lucha que tiene un único final
previsible: la liberación nacional y social. Porque los pueblos podrán ser
postergados, pero nunca aniquilados; podrán ser reprimidos, pero nunca del todo
vencidos.
El aplastante triunfo popular del 11 de marzo
de 1973 constituye un jalón más en este proceso irreversible de liberación.
Fuente consultada
https://www.facebook.com/revisionismohistoricoargentino