LITERATURA
“NOSOTROS SOMOS PAMPAS”
Ilustración: Lúa Kiti
Picciuolo Urquiza
—me dijo mi tío materno, el día
en que me reveló que una de sus abuelas era india—. ¿Por qué pampa? ¿Tenía que
ver con la pampa como territorio? ¿Tenía que ver con alguna historia
desconocida para mí?
Eran finales de los años 60, y
en esa época, a mucha gente le daba vergüenza decir que era india o que tenían
algo que ver con los indios. No se usaba la palabra indígena, ni se hablaba de
pueblos originarios, se usaba indio. Y la mayoría de los argentinos no
reconocía tener algo que ver con los indios. ¿Pero, por qué pampa? ¿Por qué no
het, ranquel, charrúa, querandí? Quizás, si no tuviéramos tantas conquistas
escondidas debajo de la alfombra —la de América, la del Chaco, la del
“desierto”— no tendríamos que recurrir a la palabra indio o la políticamente
correcta “originario”. Si tuviéramos resuelta nuestra identidad colectiva, si
simplemente conociéramos un poco mejor nuestra historia, tener un antepasado
ranquel o querandí no debería ser diferente de tener uno gallego, calabrés o
catalán.
La idea de pampa está metida en
ese barro, Inevitablemente. Pero a la vez, pampa es distinta, porque tiene
muchas resonancias. Tiene que ver con lo étnico, con los valores de un pueblo y
sus sentires, con la tierra y su cosmogonía, e incluso, con ciertas
capacidades. Y esas capacidades conforman un estilo de vida único de una región
en particular. En mi infancia, recuerdo que en mi familia me decían:” no, no lo
hagas así, hacélo a lo pampa”. Donde hacerlo a lo pampa significaba resolver
una situación a nuestra manera, con lo que uno tuviera más a mano. Ahí pampa,
no solo nos designaba, sino que también nos definía. Era “a lo pampa”, como una
forma nuestra de hacer cosas, como una herramienta. Pero una herramienta que
también incluía una forma de ser y vivir.
Luego, cuando tenía 19 años, la
palabra pampa me reveló su historia. Paradójicamente no fue en la pampa
argentina, sino mientras atravesaba el altiplano rumbo al Perú. Porque, para mi
sorpresa, comencé a encontrarme con otras pampas, y otros pampeanos. Yo, que
creía que la pampa era argentina, me encontré con montones de pueblos, mapas y
carteles que decían “Pampa”. A veces incluso decían “pampa pampa”, porque en
los Andes, para expresar el plural, se repite simplemente una palabra. Así,
supe que “pampa” era el término kechwa y aymara para designar una planicie, una
llanura, y sus habitantes. Pero no de forma aséptica, objetivada, sino como
experiencia vital.
Así supe, hace muchos años, que
la pampa era mucho más que nuestra Pampa. Y que había muchas pampas en América
del Sur. Pero. ¿Por qué nosotros, que estábamos a miles de kilómetros del
origen de la idea de Pampa, también éramos pampeanos? Y sobre todo ¿Cómo era la
idea originaria de Pampa? Esa es la historia que vengo a contar.
EL ORIGEN DEL NOMBRE PAMPA
Retrocedamos: Ahora estamos en
el año 1532, todavía no ha caído el Imperio Inca. Todavía no hay caballos en la
llanura. Una parte de lo que hoy es el N.OA. de Argentina está bajo el control
del estado cuzqueño, pero su poder y su cultura se proyecta mucho más allá de
sus fronteras, incluso en las tierras bajas. Todos saben del Inca. Traduciendo
a sus informantes nativos, los españoles llamarán al Inca, Rey de Plata o
Argento. Y, a lo que hoy es Argentina, “Terra Argenta”.
En esa época estábamos al sur y
al este del Imperio Inca. Sus redes comerciales se extendían hacia las sierras
centrales en Córdoba y las llanuras del sur, en las actuales provincias de San
Luis, La Pampa y Buenos Aires. La red conectaba las ciudades y centros
productivos a lo largo de los Andes, desde el sur colombiano hasta Cuyo. Pero
los caminos no se detenían en los lindes fronterizos, sino que continuaban
hacia selvas, salares y pastizales, enlazando con las viejas rastrilladas
ranqueles, los caminos de agua guaraníes y los charrúas. Todos estaban
conectados. Por allí iban y venían caravanas de viajeros y comerciantes, en una
enorme red de intercambio de bienes. De los Andes bajaban tejidos, armas,
herramientas de cobre y joyas labradas en caracolas, oro y plata. Y de las
tierras bajas subían tapados de piel de tigre, diademas de plumas, perfumes,
cera, miel, pócimas afrodisíacas y pipas para fumar alucinógenos.
Recordemos, estamos en 1532 (a 3
años de la destrucción y abandono del fuerte de Sancti Spiritu en 1529), y
faltan aún 4 años para que comience la invasión europea de Argentina. Los incas
clasificaban a la gente según su hábitat.
La palabra “kechwa” significa
valle, por lo tanto, los quechuas son los habitantes de los valles, “yunga”
designa la selva, por eso los yungas son los pueblos selváticos, “Chaco” se usa
para llamar a la zona de caza, donde habitan los pueblos chaqueños. Y, en ese
contexto, el término “pampa” es utilizado para designar la llanura y sus
habitantes.
Así que esa nación caminante,
que los españoles van a registrar más tarde como ranqueles, querandíes o
charrúas, para los incas eran genéricamente los pampas, es decir, los
habitantes de los llanos, o pampeanos.
En cuanto a la fecha en que
comienza a usarse el término, podemos hablar de principios del siglo XV. Según
recientes estudios arqueológicos, sabemos que fue a partir de 1470 cuando la
presencia inca, en lo que hoy es el territorio de la provincia de Mendoza, puso
en contacto a funcionarios del estado andino con las sociedades de la llanura.
Por supuesto, los diversos pueblos a los que los incas llamaron pampas, tenían
cada uno sus propios nombres para auto-designarse, la denominación “pampa”,
está fundada en el ecosistema o cosmovisión.
Como es bien sabido, al dominio
imperialista del estado cuzqueño, le siguió el dominio de la Monarquía
Hispánica.
En el período de transición de
un imperio a otro, los funcionarios incas transfirieron a los hispanos la
administración del estado, que, lejos de ser desmantelado, fue adaptado a una
nueva forma extra-continental.
Durante esa etapa de transición,
los españoles no eliminaron las estructuras administrativas incas, más bien
hicieron una renovación de las mismas, dándole un carácter “a la española”. Se
mantuvieron remodeladas varias instituciones incaicas, como la organización
rotativa del trabajo, la administración de caminos o el sistema de correos.
Entre las cosas que se mantuvieron, también estaba el sistema clasificatorio
para denominar a los territorios y sus habitantes, por eso pervivió y se impuso
el nombre pampa.
EL TIEMPO CICLICO Y LA IDEA
PAMPA DE LA VIDA
Políticamente hablando, el
modelo Pampa se fundaba en un ideal de vida autárquico, que sostenía su
independencia económica y su soberanía. En palabras del antropólogo Pierre
Clastres, no era solo una sociedad sin estado, sino más bien una sociedad
contra el estado. En el sentido de que tenía instituciones diseñadas
deliberadamente para impedir la concentración del poder en manos de una élite.
El modelo pampa, por su parte, era la expresión política, económica y cultural
de la vastedad de la llanura y su diversidad ecológica. Un modelo que respondía
a la particular configuración pampeana, caracterizada por ser una inmensa
superficie sin solución de continuidad.
Detengámonos un minuto en este
desafío. ¿Cómo habitar un territorio tan grande y homogéneo, que puede ser
atravesado sin mayores obstáculos, pero que, por su inabarcable extensión, es
en sí mismo una frontera?
Porque en la Pampa, quizás no
tengas que atravesar montañas ni ríos para ir a buscar leña, pero tendrás que
recorrer grandes distancias, a veces 50 u 80 kilómetros, solo para conseguirla.
De esa particular orografía, y
los ecosistemas que lo forman, surge un modelo circular, que caracteriza a las
autonomías de la Pampa. Según el investigador del CONICET Rafael Curtoni, para
las sociedades de la Pampa, históricamente, el tiempo y el espacio eran
circulares, y esa circularidad se expresaba en los caminos y, en general, en la
ocupación de un espacio, que, a su vez, representaba redes de relaciones
sociales, políticas, económicas e intelectuales.
En su indagación en el entramado
de las viejas rastrilladas y caminos de la pampa, que los humanos venimos
utilizando desde hace milenios, Curtoni descubrió que hay dos tipos de
orientaciones diferentes. Están los caminos “rectos”, de largo recorrido y direccionados
de este a oeste, o de norte a sur, destinados a la relación con grupos de poder
o centros económicos externos. Y están los caminos “circulares”, que giran en
torno a un centro de poder local —político, económico o sagrado— dentro de la
propia interna pampeana. Son los que en los siglos XIX y XX van a ocupar los
grandes líderes y sus familias y, en torno a ellas, los jefes menores o
“capitanejos” de quienes nos habla por ejemplo Lucio V. Mansilla.
Esta circularidad mental pampa,
que en la dimensión espacial se expresa en rastrilladas radiales, en su
dimensión temporal se expresa en ciclos. Pero los ciclos no son repeticiones,
no son un rulo. Es mejor pensar el tiempo cíclico como un patrón que vuelve una
y otra vez, pero que siempre es nuevo. Para entenderlo, hay que mirar el sol y
las sombras que se proyectan en la tierra. Hay que observar como las sombras y
las distancias crecen y decrecen a lo largo del año, mientras la tierra gira y
la naturaleza se renueva. Y hay que visualizar a la política, y en general a la
sociedad humana, como parte de ese ciclo.
CAMINAR, CABALGAR (EL CABALLO) Y
CONDUCIR A LO PAMPA
Cuando los caravaneros pampas
atravesaban caminando la Gran Rastrillada que unía los Andes con el Atlántico,
a su paso iban contactando con distintos centros del poder circular. Cada
círculo de poder era diferente a los demás, sin embargo, todos formaban parte
del mismo patrón. De la misma forma, el tiempo cíclico es un proceso, a la vez,
de recurrencia y diferencia. Esta es la forma en que los pampas entienden la
Historia. Para acercarnos a esa idea, vamos a ver un ejemplo breve de ese
proceso, que es a la vez reinicio y continuidad. Se trata del ciclo histórico
de las sociedades de la Pampa a partir de la presencia del caballo.
Luego de la quema del
asentamiento europeo de Buenos Aires en 1541, los caballos abandonados por sus
pobladores comenzaron a reproducirse de forma explosiva en la inmensa llanura,
incorporándose, mediante el mecanismo natural de la evolución, al ecosistema
del pastizal pampeano. Se ha dicho que en poco tiempo los pampas adoptaron el
caballo a su vida. Pero esa frase es engañosa. Los pampas no adoptaron el
caballo, sino que el caballo se incorporó a un ecosistema, del cual los pampas
ya formaban parte. Es un proceso muy diferente. Porque el ecosistema pampa no
alteró su lógica por la presencia de las especies foráneas y la sociedad pampa
nativa local tampoco. Esto significa que los pampas incorporaron al caballo, no
como una especie nueva, sino como parte ya integrada en el ecosistema. Por
tanto, trataron al caballo igual que al resto de los componentes del
ecosistema, es decir, como a un igual, el hombre no domina al caballo, sino que
ambos son parte de la Pampa.
El nuevo Ciclo del Caballo no
modificó la lógica de libertad e igualdad de la sociedad pampa. Por el
contrario, los pampas adoptaron el caballo porque potenciaba aún más su
movilidad, y con ello, su libertad, esa ley de la igualdad no sólo rige para
las personas, rige para todo, animales y plantas, espíritus y naturaleza,
hombre y artefacto, tiempo y espacio. Es necesario comprender esto para
acercarnos a la forma en que los antiguos pampas se relacionaban con el
entorno.
A partir de la presencia del
caballo, todo cambió, es verdad, pero también, todo continuó. Porque si bien,
de empedernidos caminantes los pampas se hicieron ecuestres, los caminos
recorridos fueron los mismos. Los mismos que hoy recorremos. Este ciclo del
caballo es solo un ejemplo de la idea del tiempo y el espacio que esconde el
nombre Pampa. Podríamos poner otros ejemplos, y en todos encontraremos la misma
idea del mundo, originada en el hecho de vivir en la Pampa.
¿Ahora que sabemos de dónde
viene el nombre pampa, y de todo lo que significó en su origen, más allá de los
cambios culturales y el tiempo transcurrido, esa forma pampa de estar en el
mundo sigue aún viva en nosotros?
José Luis Picciuolo Valls
NOTAS BIBLIOGRAFICAS
-Erik J. Marsh, “¿Cuándo
llegaron los Incas a Mendoza?”.
-Rafael Curtoni, “Análisis e
interpretación de las rastrilladas indígenas del sector centro-este de la
provincia de la Pampa”, Revista de Arqueología Histórica Argentina y
Latinoamericana, Nº 1, 65.
-Lucio V. Mansilla, “Una
excursión a los indios ranqueles”



















