DIFUSIÓN
Taller de Poesía – Cuento – Novela
Llega marzo y empezamos
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DIFUSIÓN
Taller de Poesía – Cuento – Novela
Llega marzo y empezamos
LITERATURA
Mañana Dios dirá
==============
De tanto comer salteado
ya me estoy acostumbrando.
Si temprano me levanto
y no hay yerba dentro el tarro
pa´que esperar el milagro,
me dibujo una sonrisa
y me voy yendo de prisa
a ver, si consigo algo…
Con qunientos de mandados
que le hice a Doña Mari,
con trecientos de Fornari
por regarle los rosales.
Por lavarle el auto a Juarez
y por vender los cartones,
hoy con mi perra Dolores,
no pasé necesidades.
Carlos Parrella
HISTORIA & EFEMÉRIDE
BATALLA DE LA HERRADURA
EL CHOQUE QUE REVELÓ LAS
PROFUNDAS DIVISIONES DE UNA PATRIA EN FORMACIÓN
El 18 de febrero de 1819, en la
Posta de La Herradura, sobre la margen sur del río Tercero, en el actual
departamento San Martín de la provincia de Córdoba, se libró una batalla que,
aunque menor en escala, fue parte integrante de la primera de las guerras
civiles argentinas: la Batalla de La Herradura.
Fue un enfrentamiento entre
fuerzas directoriales enviadas desde Buenos Aires y las fuerzas federales al
mando del caudillo santafesino Estanislao López. El resultado, difícil y
prolongado, terminó siendo considerado una victoria estratégica para los directoriales
bajo el mando del coronel Juan Bautista Bustos, futuro caudillo cordobés.
Este combate, más allá de sus
números, puso de manifiesto la profunda división existente entre quienes
defendían la autoridad central impuesta por el Directorio de Buenos Aires y las
fuerzas provinciales que reclamaban autonomía y respeto a la soberanía de sus
regiones.
ANTEDECEDENTES: EL DIRECTORIO,
LOS FEDERALES Y LA GUERRA CIVIL QUE SE AVIZORABA
Desde 1815, la provincia de
Santa Fe había logrado liberarse de la dependencia política de Buenos Aires,
enfrentando y venciendo en varias oportunidades las invasiones que desde la
capital eran enviadas para someterla. Estos hechos solidificaron el liderazgo
de Estanislao López y la consolidación de una postura federativa que ya
amenazaba con romper la unidad impuesta por el Directorio.
El Director Supremo Juan Martín
de Pueyrredón, en su afán de someter a Santa Fe, decidió desviar tropas que
defendían la frontera norte contra los realistas para enviarlas contra los
federales. Muy a regañadientes, Manuel Belgrano accedió a enviar al coronel
Juan Bautista Bustos, quien había sido derrotado en la Batalla de Fraile Muerto
el 20 de noviembre de 1818, donde López, con su astucia táctica, neutralizó la
ofensiva directorial.
A comienzos de 1819, y ante la
necesidad de reforzar esa ofensiva, el Directorio concentró fuerzas en
distintos frentes: Juan José Viamonte con más de 2.500 hombres en San Nicolás
de los Arroyos, Belgrano con unos 3.000 que descendían desde Tucumán, y Bustos
con poco más de 800 hombres en Córdoba, reforzado con escuadrones bajo los
coroneles Gregorio Aráoz de Lamadrid y José María Paz. Frente a ellos, López
contaba con alrededor de 1.500 a 2.000 hombres.
JUAN BAUTISTA BUSTOS Y
ESTANISLAO LÓPEZ: CAUDILLOS Y PROYECTOS EN CHOQUE
En esta batalla, la importancia
de Estanislao López queda patente como caudillo santafesino, defensor
incansable de la autonomía provincial, cuya autoridad y prestigio se
consolidaban con cada enfrentamiento con las fuerzas centralistas. Por su
parte, Juan Bautista Bustos no era solo un oficial enviado por el Directorio,
sino un líder regional emergente que combinaba disciplina militar con
comprensión de los intereses provinciales, perfil que lo llevaría a
consolidarse como gobernador de Córdoba y referente del federalismo interior.
Ambos hombres, enfrentados en La
Herradura, simbolizan la tensión histórica entre centralismo y federalismo:
López continuó fortaleciendo Santa Fe y su liderazgo, mientras Bustos ganó
reconocimiento que le permitió influir decisivamente en la política cordobesa y
en la defensa de las provincias frente a Buenos Aires.
LA BATALLA: ESTRATEGIA,
RESISTENCIA Y CORAJE
Bustos, consciente de la
superioridad numérica del enemigo, escogió sabiamente su terreno. Situó sus
fuerzas en una curva profunda del río Tercero, que describía una herradura
natural, y allí levantó defensas con empalizadas y carretas armadas con piezas
de artillería, haciendo difícil cualquier ataque frontal.
El 18 de febrero de 1819 se
desató el combate. Durante tres días López ordenó una y otra vez el asalto
sobre la posición defendida por Bustos, sin lograr quebrarla. Las tropas
federales repetidamente chocaron con la infantería y artillería bien parapetadas.
Las salidas de caballería, lideradas por los coroneles Gregorio Aráoz de
Lamadrid y José María Paz, intentaron perseguir a las fuerzas federales, aunque
esos movimientos también mostraron lo errático de la guerra civil: estos jefes,
veteranos de campañas por la libertad, sentían el peso de luchar entre
hermanos.
Al no poder atraer a Bustos a
campo abierto ni forzar la posición defendida, López decidió finalmente retirar
sus fuerzas. Los partes oficiales de la época difieren: Bustos afirmó haber
perseguido a los federales hasta la Villa de los Ranchos, mientras López alegó
haber optado por la retirada sin haber sido vencido en combate abierto. En
realidad, la batalla quedó en un empate táctico, aunque se la considera
estratégicamente favorable a Bustos porque impidió a López avanzar sobre
Córdoba.
DESPUÉS DE LA BATALLA:
ARMISTICIOS Y CAMINO A CEPEDA
Tras el combate, López inició
maniobras hacia el noroeste, pero al llegar a la Villa de los Ranchos recibió
noticias preocupantes sobre la situación en Rosario, donde las fuerzas
directoriales de Viamonte estaban cercadas por federales. Fue entonces cuando
López propuso un armisticio con Viamonte, aceptado por ambas partes, firmado el
12 de abril de 1819, aunque apenas duró ocho meses.
Durante ese breve período, las
provincias siguieron marcando su propio rumbo: Santa Fe elaboró y sancionó una
constitución provincial de corte republicano, y López consolidó su autoridad
regional. Bustos, por su parte, se consolidó como figura central en Córdoba, y
su influencia sería decisiva en los años posteriores para sostener el
federalismo interior.
Lo que siguió fue el acceso
definitivo de los federales al triunfo sobre el Directorio unitarista en la
Batalla de Cepeda de 1820, que marcó el fin del sistema directorial y la
apertura de una etapa de autonomías provinciales que modelarían el federalismo
argentino.
LA BATALLA DE LA HERRADURA, UNA
LECCIÓN
La Batalla de La Herradura no
fue simplemente otro choque de fuerzas: fue un espejo en el que quedó reflejada
la crisis de la joven patria.
La autoridad impuesta desde
Buenos Aires, sin respeto por las realidades provinciales, chocó con la
voluntad de autonomía de los territorios interiores. Bustos y López no solo
representaron ejércitos, sino proyectos contradictorios de organización
política para nuestras Provincias Unidas.
El resultado de este combate, la
negociación posterior y los hechos que le siguieron enseñan que la Argentina no
se forjó por decreto, sino por la lucha de sus pueblos por su propio destino y
su propio lugar en la historia.
Fuente consultada
HISTORIA & EFEMÉRIDE
Artículo no apto para menores de 16 años.
“CON ASESINOS NO NOS ACOSTAMOS”
El 17 de febrero de 1922, en
Puerto San Julián, cinco mujeres del prostíbulo La Catalana se negaron a
recibir a soldados del Ejército Argentino que venían de participar en los
fusilamientos masivos de peones rurales en el territorio santacruceño.
Los uniformados pertenecían al
10° de Caballería y actuaban bajo el mando del teniente coronel Héctor Benigno
Varela.
Las mujeres Consuelo García,
Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster los
enfrentaron y los echaron al grito de: “¡Con asesinos no nos acostamos!”. No
fue una frase suelta ni una exageración: para febrero de 1922 la región ya sabía
que centenares de peones habían sido fusilados sin juicio.
Aquella fue la única protesta
pública registrada en medio del silencio impuesto por el terror. Fueron
detenidas, hostigadas y luego liberadas. El gesto quedó como una marca moral
frente a la masacre.
LA ANITA Y EL INICIO DEL
EXTERMINIO
El punto de quiebre se había
producido el 7 de diciembre de 1921 en la Estancia La Anita, cerca de El
Calafate. Allí se concentraban cientos de huelguistas rurales organizados en
torno a la Federación Obrera Regional Argentina y la Sociedad Obrera de Río
Gallegos.
Los peones reclamaban pago en
moneda y no en vales, reducción de jornadas extenuantes, mejores condiciones de
vivienda y respeto básico en las estancias ovinas.
Tras negociaciones tensas,
muchos trabajadores depusieron las armas con la expectativa de que se respetara
su vida. La promesa no se cumplió. En los días siguientes comenzaron los
fusilamientos sistemáticos.
Las ejecuciones continuaron en
distintos puntos del territorio, incluyendo zonas cercanas a Jaramillo, Río
Gallegos y otras estancias como Bella Vista. Las estimaciones históricas hablan
de entre 300 y 1.500 trabajadores fusilados.
Muchos fueron enterrados en
fosas comunes. No hubo juicios formales ni registros exhaustivos. Santa Cruz
era entonces Territorio Nacional, dependiente directamente del gobierno
central, lo que facilitó la intervención militar sin contrapesos institucionales
locales.
EL FUSILAMIENTO DE FACÓN GRANDE
El 10 de noviembre de 1921, en
Jaramillo, fue fusilado el dirigente obrero José Font, conocido como “Facón
Grande”. Su ejecución marcó un mensaje claro: la represión no apuntaba sólo a
disolver la huelga sino a eliminar su conducción.
Para entonces el presidente
Hipólito Yrigoyen había ordenado el envío de tropas para “restablecer el orden”
en la región. La segunda campaña militar, a fines de 1921, fue abiertamente
represiva y culminó con el aniquilamiento del movimiento huelguístico.
Si bien no existe documento
público que contenga una orden escrita de fusilamientos firmada por el
presidente, la responsabilidad política del gobierno nacional resulta
ineludible: el Poder Ejecutivo dispuso la intervención militar, sostuvo la
campaña y no impulsó investigación ni sanción posterior frente a las
ejecuciones sin juicio.
Como comandante en jefe de las
Fuerzas Armadas, el presidente era la máxima autoridad política sobre la
operación desarrollada en territorio santacruceño.
Durante el conflicto también se
registraron episodios de violencia en el marco de la huelga —tomas de
estancias, enfrentamientos armados y muertes—, pero la represión posterior fue
sistemática y desproporcionada, alcanzando incluso a trabajadores que ya se
habían rendido. Allí radica el núcleo de la controversia histórica.
LA CADENA DE VIOLENCIA
El 27 de enero de 1923, en
Buenos Aires, el anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens asesinó a Varela en
represalia por las ejecuciones en Santa Cruz. Meses más tarde, el 15 de junio
de 1923, Wilckens fue asesinado en la Penitenciaría Nacional por Jorge Pérez
Millán, vinculado a la Liga Patriótica Argentina.
A su vez, en 1925, Pérez Millán
fue muerto en el Hospicio de las Mercedes por el interno anarquista Boris
Wladimirovich, quien según testimonios de la época le habría dicho antes de
disparar: “Esto te lo manda Wilckens”.
La espiral de represalias mostró
que la herida seguía abierta y que la violencia generada en la Patagonia no
había concluido con los fusilamientos.
En el Cementerio de la
Chacarita, donde fueron sepultados los restos de Varela, circuló durante años
la referencia a una placa de homenaje que agradecía los “servicios prestados”.
Esa mención generó polémica y versiones sobre su posterior desaparición.
Más allá de las controversias en
torno a su redacción exacta, el dato ilustra el clima político y social de la
época, en el que sectores nacionalistas reivindicaban la represión mientras
amplios sectores obreros la denunciaban como masacre.
LA HERIDA ABIERTA
Los hechos serían conocidos como
la Patagonia Rebelde o Patagonia Trágica. Durante décadas quedaron relegados al
silencio oficial, hasta que investigaciones históricas los devolvieron al
debate público.
La discusión sobre el papel del
gobierno radical, del presidente Yrigoyen y de los mandos militares forma parte
de ese debate pendiente en la memoria argentina.
Por eso el 17 de febrero no es
una anécdota marginal. Es la fecha en que, en medio del miedo y la sangre
todavía fresca en la memoria colectiva de Santa Cruz, cinco mujeres comunes
dijeron en voz alta lo que muchos callaban.
Su gesto no detuvo la represión
ni reparó la injusticia, pero dejó constancia de que incluso en el momento más
oscuro hubo quien señaló a los responsables y se negó a legitimarlos con el
silencio.
Fuente consultada
Revisionismo Histórico Argentino
HISTORIA & EFEMÉRIDE
Revisionismo Histórico Argentino
EL ASESINATO DE JUAN FACUNDO QUIROGA
BARRANCA YACO 16 DE FEBRERO DE 1835
EL VIAJE FINAL DEL TIGRE DE LOS
LLANOS
El 16 de febrero de 1835, en el
paraje cordobés de Barranca Yaco, al norte de la provincia de Córdoba, fue
asesinado de manera alevosa el brigadier general Juan Facundo Quiroga, conocido
como el Tigre de los Llanos, una de las máximas figuras del federalismo del
interior argentino. Había nacido en 1788 en San Antonio, La Rioja, y su nombre
se había convertido, tras años de guerras civiles, en sinónimo de autoridad y
de poder real en vastas regiones del país.
Quiroga partió de Buenos Aires
el 18 de diciembre de 1834 en misión oficial de mediación. El conflicto que
motivó su viaje enfrentaba directamente a las provincias de Salta y Tucumán, a
raíz de la invasión tucumana sobre territorio salteño y la derrota del
gobernador salteño Pablo Latorre en la batalla de Castañares, el 13 de
noviembre de 1834. Latorre, hecho prisionero, sería asesinado en enero de 1835,
hecho que agravó aún más la crisis. Santiago del Estero, bajo el mando de
Felipe Ibarra, también se encontraba involucrada en el delicado equilibrio
regional.
Quiroga no viajaba como jefe de
una campaña militar, sino como árbitro político del federalismo. Su autoridad
personal era el instrumento de pacificación. Esa precisión es fundamental: el
Tigre de los Llanos no marchaba a combatir, sino a evitar una guerra entre
provincias federales. Cumplida la misión y restablecida una paz precaria en el
Norte, emprendió el regreso hacia Buenos Aires.
En ese contexto, y según
diversas fuentes de la época, desde Buenos Aires se le habrían transmitido
advertencias para que demorara el regreso o extremara precauciones ante el
clima enrarecido que se vivía en Córdoba. Entre quienes le aconsejaron prudencia
se menciona al entonces gobernador bonaerense Juan Manuel de Rosas, quien
conocía las tensiones existentes con el grupo gobernante cordobés. No obstante,
Quiroga decidió regresar por la ruta habitual, confiando en su investidura y en
el respeto que su figura imponía en el interior.
LAS ADVERTENCIAS DESOÍDAS
Antes de alcanzar la posta del
Ojo de Agua, un joven salió del monte para advertir al doctor José Santos
Ortiz, secretario de Quiroga, que en las inmediaciones de Barranca Yaco estaba
apostada una partida armada al mando del capitán Santos Pérez con instrucciones
de emboscar la galera y matar a Quiroga y a todos sus acompañantes.
Ortiz transmitió la noticia.
Quiroga escuchó con atención, interrogó al mensajero y agradeció el aviso. Pero
fiel a su carácter, respondió con la frase que quedaría en la memoria: “No ha
nacido todavía el hombre que ha de matar a Facundo Quiroga”. Confiaba en el
peso de su nombre y en el ascendiente que ejercía sobre la campaña. Ordenó
simplemente revisar y cargar las armas de la galera. No aceptó desviarse ni
pedir escolta.
LA EMBOSCADA EN BARRANCA YACO
En la mañana del 16 de febrero
de 1835, la galera ingresó en el paso estrecho de Barranca Yaco, un punto de
barrancas cerradas y monte espeso, ideal para una emboscada. Dos descargas
cerradas atravesaron el carruaje desde ambos lados. Los caballos cayeron. Los
atacantes avanzaron sable en mano.
Quiroga asomó la cabeza por la
portezuela y exigió hablar con el jefe de la partida. Por un instante, su
presencia impuso silencio. Preguntó: “¿Qué significa esto?”. La respuesta fue
un balazo en el ojo que lo dejó muerto en el acto.
La matanza fue total. Murieron
el doctor Ortiz, el postillón, los correos y el asistente. Incluso un niño de
posta fue degollado para no dejar testigos. No fue un enfrentamiento armado
entre fuerzas equivalentes. Fue un asesinato premeditado.
RESPONSABILIDADES Y JUICIO
Las investigaciones posteriores
establecieron la responsabilidad material de Santos Pérez y la implicación
política de los hermanos Reinafé, gobernantes de Córdoba al momento del crimen.
El proceso judicial, iniciado en 1835 y sustanciado en Buenos Aires, culminó en
1837 con la condena y ejecución de los responsables principales.
No existen pruebas documentales
concluyentes que involucren formalmente a otros caudillos federales en la
planificación directa del crimen. La responsabilidad jurídica recayó sobre las
autoridades cordobesas y sobre el ejecutor de la emboscada.
Con el tiempo, y especialmente a
partir de la segunda mitad del siglo XIX, surgió una interpretación que insinuó
o afirmó la responsabilidad indirecta de Rosas en el asesinato. Esa lectura se
vinculó en gran medida con la obra y la perspectiva política de Domingo
Faustino Sarmiento y con la historiografía liberal posterior, que interpretó el
crimen dentro de la lógica de las luchas internas del federalismo. Sin embargo,
en el proceso judicial contemporáneo a los hechos no se probó participación ni
orden directa del gobernador bonaerense, y no se conserva documentación que
acredite una instrucción suya en tal sentido.
EL IMPACTO POLÍTICO
La noticia llegó a Buenos Aires
el 2 de marzo de 1835 y produjo una conmoción inmediata. Se suspendieron los
festejos de Carnaval. El temor a una nueva etapa de anarquía se extendió
rápidamente.
Quiroga era el único caudillo
del interior con autoridad suficiente para influir simultáneamente en el
Noroeste, Cuyo y el Litoral. Su desaparición dejó un vacío de poder que alteró
el equilibrio del federalismo y aceleró la concentración política en Buenos
Aires.
El 7 de marzo de 1835, la
Legislatura porteña otorgó la suma del poder público a Juan Manuel de Rosas,
medida ratificada por consulta popular. La conmoción causada por Barranca Yaco
fue uno de los factores determinantes de esa decisión, en un contexto donde se
temía el resurgimiento de la guerra civil generalizada.
FACUNDO EN LA HISTORIA
Años más tarde, Domingo Faustino
Sarmiento publicaría Facundo o Civilización y Barbarie, obra literariamente
brillante pero políticamente orientada contra el federalismo. Sin embargo,
incluso en su crítica, dejó testimonio involuntario de la magnitud histórica
del personaje.
Facundo Quiroga no fue un
accidente ni una anomalía. Fue la expresión de una etapa de la organización
nacional en la que la autoridad real no residía en constituciones escritas sino
en hombres capaces de imponer orden en territorios vastísimos y escasamente
institucionalizados.
A 191 AÑOS DEL CRIMEN
El 16 de febrero de 1835 marcó
un punto de inflexión en la historia argentina. La emboscada de Barranca Yaco
no eliminó solamente a un caudillo; modificó el rumbo del federalismo y abrió
una nueva etapa política en la Confederación.
Quiroga murió sin huir, sin
negociar su seguridad, sin alterar su camino. Murió como había vivido:
afirmando su autoridad hasta el último instante. Y por eso su figura, más allá
de polémicas historiográficas, sigue ocupando un lugar central en la memoria
política argentina.
Fuente consultada
HISTORIA & EFEMÉRIDE
Revisionismo Histórico Argentino
15 DE FEBRERO DE 1811
NATALICIO DE DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO
UNA FIGURA QUE TODAVÍA DIVIDE A
LA ARGENTINA
El 15 de febrero de 1811 nació
en San Juan Domingo Faustino Sarmiento. Cada aniversario reactiva la postal
escolar del prócer del guardapolvo blanco, el “Padre del Aula”, el civilizador
incansable. Pero detrás de esa imagen ordenada hay un personaje áspero,
contradictorio y profundamente político. Sacarlo del bronce no es negarlo. Es
devolverlo a la historia real, la de las disputas, las pasiones y los proyectos
de poder.
EL EXILIO, ROSAS Y LA POLÍTICA
DESDE AFUERA
Enfrentado a Juan Manuel de
Rosas, Sarmiento partió al exilio en Chile y desde allí convirtió el periodismo
en arma. No escribió como espectador sino como combatiente. Desde el diario “El
Progreso” sostuvo que el Estrecho de Magallanes debía ser ocupado por Chile
porque Buenos Aires no lo aprovechaba. Argumentaba que la soberanía debía
corresponder a quien supiera explotar el territorio. La ocupación chilena de
1843 coincidió con esa prédica. Más tarde relativizaría el alcance de sus
artículos, pero la polémica quedó instalada y sus adversarios la recordaron
como prueba de su distancia con una concepción tradicional de la soberanía.
Su pelea con Rosas no era solo
institucional. Era cultural. Veía en el rosismo la expresión del país que
quería superar: el predominio de la campaña, las montoneras, la autoridad
personal. Para él, esa Argentina debía ser reemplazada por otra fundada en la
ciudad, la ley escrita y la educación a disposición del pensamiento
unitario-liberal.
FACUNDO Y LA MATRIZ DEL PROYECTO
En 1845 publicó Facundo. Allí
formuló la oposición que marcó su pensamiento: civilización o barbarie. Europa
y Estados Unidos como horizonte; el interior rural como atraso. El gaucho dejó
de ser sujeto histórico para convertirse en problema. El caudillo dejó de ser
líder popular para transformarse en síntoma de regresión. El “desierto”
apareció como vacío, aun cuando estaba habitado.
No era solo literatura. Era una
arquitectura ideológica. En esa división quedaban definidos los incluidos y los
excluidos del proyecto nacional. Modernizar implicaba transformar la
composición cultural del país. Inmigración europea, escuela pública, urbanización
acelerada y disciplina social eran los pilares de esa operación.
LA VISIÓN DE ALBERDI: UN
“CAUDILLO DE FRAC”
Mientras Sarmiento desplegaba
esa retórica encendida, Juan Bautista Alberdi lo observaba con escepticismo.
Alberdi lo describió como un “bárbaro civilizado”, un “caudillo de frac”. Veía
en él una paradoja: denunciaba la barbarie mientras actuaba con la vehemencia
de aquello que decía combatir. Para Alberdi, Sarmiento no había superado el
espíritu caudillesco, simplemente lo había revestido con modales urbanos y
citas europeas. Su liberalismo, a ojos de Alberdi, tenía algo de fanatismo
ilustrado, más preocupado por imponer una visión que por comprender la
complejidad social del país.
Esa crítica no era menor.
Provenía de uno de los arquitectos intelectuales de la Constitución de 1853. La
disputa entre ambos revela que el proyecto liberal no era homogéneo y que
incluso dentro de sus filas Sarmiento generaba incomodidad.
VIOLENCIA, ORDEN Y CONSTRUCCIÓN
DEL ESTADO
Las frases de Sarmiento sobre la
sangre de gauchos y la eliminación de resistencias no fueron simples excesos
verbales. Su visión política justificó la represión de las montoneras federales
y celebró la eliminación de figuras como Ángel Vicente Peñaloza. El orden no
era negociación sino imposición.
Durante su presidencia, iniciada
en 1868 con el respaldo de Bartolomé Mitre, expandió el sistema educativo,
promovió la llegada de maestras estadounidenses, impulsó el telégrafo y apoyó
el desarrollo ferroviario. Modernizó estructuras estatales con energía
indiscutible. Pero esa modernización convivió con la continuidad de la Guerra
del Paraguay y con políticas de disciplinamiento interno que consolidaron un
Estado fuerte al servicio del proyecto liberal.
La escuela que fundaba no era
solamente alfabetización. Era un dispositivo de construcción de ciudadanía bajo
un molde preciso. Enseñaba normas, valores y obediencia a un orden que no todos
habían elegido.
EL INDIO, EL GAUCHO Y EL
“DESIERTO”
La representación de los pueblos
originarios en sus escritos resulta hoy brutal. El “desierto” como categoría
legitimó la idea de que esos territorios debían ser ocupados en nombre del
progreso. El discurso precedió a la política. La idea de que la civilización
debía avanzar sobre lo que consideraba atraso preparó el terreno para campañas
militares posteriores contra comunidades indígenas.
El gaucho, por su parte, fue
presentado como obstáculo histórico. No como sujeto a integrar sino como figura
a reemplazar por el inmigrante europeo. En esa lógica, el país debía modificar
su composición social para volverse moderno.
EL PROGRESO, LA DEPENDENCIA Y EL
MODELO ECONÓMICO
Sarmiento admiraba a Estados
Unidos y soñaba con una Argentina de pequeños propietarios y educación masiva.
Sin embargo, el modelo que terminó consolidándose fue agroexportador y
dependiente del capital británico. El Estado se fortaleció, pero la estructura
económica quedó atada al puerto y al latifundio. La modernización institucional
convivió con una fuerte desigualdad social.
No fue un simple ejecutor de
intereses extranjeros, pero su proyecto se integró sin grandes resistencias a
una estructura de dependencia que benefició a las élites terratenientes y
comerciales.
LA FABRICACIÓN DEL “PADRE DEL
AULA”
Con el paso del tiempo, la
Historia Oficial construyó la figura de Sarmiento como símbolo indiscutido de
la educación nacional. Esa construcción no fue inocente. Investigaciones
críticas como las publicadas en la revista Margen señalan que muchas escuelas
atribuidas a su gestión no fueron fundadas directamente por él y que el relato
heroico exageró su papel para consolidar un mito funcional al Estado liberal.
La exaltación del “Padre del
Aula” permitió presentar el proyecto sarmientino como sinónimo de
democratización del saber, cuando en realidad formaba parte de una estrategia
más amplia de homogeneización cultural y consolidación de poder. La escuela fue
herramienta de alfabetización, pero también de disciplinamiento.
MÁS ALLÁ DEL BRONCE
Reducirlo a santo laico es una
simplificación. Convertirlo en villano absoluto también lo es. Sarmiento
encarna la tensión estructural de la Argentina moderna: educar y excluir,
modernizar y violentar, integrar y disciplinar. Fundó escuelas y legitimó represiones.
Amplió horizontes culturales y despreció tradiciones populares. Impulsó el
Estado nacional y sostuvo ideas que hoy resultan abiertamente elitistas.
Su figura, su pensamiento y su
actividad reactivan una discusión sobre el modelo de país que se impuso en el
siglo XIX y sobre las marcas que todavía persisten. Porque detrás del prócer
escolar hubo un político decidido a transformar la Argentina, aunque esa
transformación implicara fracturas profundas.
Y esa discusión, lejos de
cerrarse, sigue abierta.
Fuente consultada
HISTORIA & DOCUMENTAL
Los Buscadores
En este capítulo te presentamos la historia de Ciudad
Evita, una investigación de Alejandro Enrique.
Ver: https://www.youtube.com/watch?v=g_flgvXq_oc
Fuente consultada
INSTITUCIONAL
La Biblioteca
Popular Rotaria Está de Vacaciones de Verano
El jueves 12 de febrero, desde las 9 horas, hasta las
10:30 horas se llevó a cabo, la quinta clase del Taller de Memoria para adultos
mayores, a cargo de la profesora Silvana M. Zarate, en nuestra sede de la
Biblioteca Popular Rotaria, la cual se desarrolló en el salón de usos múltiples.
Las próximas clases se realizarán todos los jueves de
febrero y marzo, en el mismo horario de 9 a 10:30 horas.
Algunas imágenes.
Más información
Taller de
Memoria
(para adultos mayores)
Estimular la memoria, la atención y la
concentración, prevenir el deterioro cognitivo, mejorar la autoestima y
fomentar la socialización.
Próxima clase: el jueves
19 de febrero (9 a 10:30 Hs.)
Lugar: Sarrachaga 6198 esquina Madrid – Isidro Casanova
HISTORIA & EFEMÉRIDE
BATALLA DE BACACAY
La batalla de Bacacay fue un enfrentamiento
producido el 13 de febrero de 1827 entre las tropas de las Provincias Unidas
del Río de la Plata y las del Imperio del Brasil, enfrentados por el control de
la Banda Oriental.
La Batalla
El apoyo de Buenos Aires a la insurrección de los Treinta y Tres
Orientales había desembocado en una contienda naval, en la que la armada
comandada por Guillermo Brown se veía en inferioridad frente a las fuerzas
brasileñas.
A
comienzos de 1827, y bajo el mando de Carlos María de Alvear, se iniciaron
las hostilidades terrestres, tomándose la ciudad de Valles el 26 de enero.
Poco
más tarde las fuerzas del general Bento Manuel Ribeiro hicieron
frente a la columna de caballería (el regimiento de Granaderos a Caballo) e
infantería (los Colorados de las Conchas) comandada por Juan Lavalle en Bacacay;
después la siguió la batalla de Ombú, antesala de la de Ituzaingó.
El Barón del Rio Branco describió lo que pasó de la siguiente
manera:
“Acción Vacacaí, citada como una gran victoria argentina por
algunos de los escritores rioplatenses. Consistió en lo siguiente: el teniente
Marcelino Ferreira do Amaral, por delante de 70 milicias de caballería,
sorprendió un destacamento argentino de cien hombres que huyeron, perdiendo dos
oficiales y 20 soldados muertos durante el choque y la persecución.
El coronel Lavalle acudió a los republicanos, con 700 jinetes, y
el teniente Amaral se retiró, incorporándose a su comandante el Mayor Gabriel Gomes Lisboa, que sólo tenía 200
milicianos. Incapaz de hacer frente a Lavalle continuó Lisboa la retirada, para
cumplir con el coronel Bento Manuel Ribeiro, jefe de la brigada a la que
pertenecía. Esa retirada tuvo dos muertos y tres heridos. Lavalle retrocedió
tan pronto vio la columna de Bento Manuel.”
Juan Galo Lavalle a su regreso de la campaña de los andes con
San Martín y haber peleado a las órdenes de Bolívar volvió al país y al poco
tiempo fue incorporado a la guerra del Brasil, como jefe del regimiento de coraceros; hizo la
campaña sobre Río Grande do Sul y venció en los combates de Bacacay (abatiendo
una columna de 1.200 hombres con fuerzas menores) y Ombú.
Unos días más tarde, utilizando una arriesgada maniobra,
logró una parte importante de la victoria en la batalla de Ituzaingó, de
febrero de 1827, arrollando a las fuerzas del general brasileño Abreu, y
ganando su ascenso a general. Luchó también en el combate de Camacúa, en el que
fue herido en un brazo.
Fuente consultada