HISTORIA
LA DESCULTURIZACIÓN IMPULSADA POR ESTADOS
UNIDOS:
DEL CATOLICISMO POPULAR A LA IMPOSICIÓN
EVANGELISTA
LOS DOCUMENTOS DE SANTA FE Y LA
GUERRA CULTURAL EN AMÉRICA LATINA
Durante la segunda mitad del
siglo XX, en pleno contexto de la Guerra Fría, América Latina se convirtió en
un escenario clave de disputa ideológica. Tras el impacto de la Revolución
Cubana, los Estados Unidos intensificaron su preocupación por el avance de
movimientos populares, revolucionarios y, especialmente, por el desarrollo de
la Teología de la Liberación, que combinaba el cristianismo con una fuerte
crítica social y una opción preferencial por los pobres. Para sectores del
poder norteamericano, esto no era solo una corriente religiosa: era una amenaza
política concreta.
En ese marco surgen los llamados
Documentos de Santa Fe I (1980) y II (1988), elaborados por asesores vinculados
al entorno de Ronald Reagan. Estos textos no eran simples análisis: funcionaban
como hojas de ruta estratégicas para redefinir la política exterior hacia la
región. Allí se planteaba con claridad la necesidad de frenar la “ofensiva
cultural marxista” y de disputar el terreno ideológico, no solo en lo político
y económico, sino también en lo religioso.
LA RELIGIÓN COMO HERRAMIENTA
GEOPOLÍTICA
Los documentos proponían una
“reorientación cultural” en América Latina. En términos concretos, esto
implicaba debilitar las corrientes católicas comprometidas con la
transformación social y promover formas de religiosidad funcionales a los
intereses del bloque occidental. Si bien no se menciona explícitamente un plan
directo, en la práctica distintas agencias, fundaciones y organizaciones
vinculadas a los Estados Unidos incluyendo sectores asociados a la CIA
impulsaron el crecimiento de iglesias evangélicas, especialmente pentecostales.
Estas iglesias ofrecían un
mensaje completamente distinto: salvación individual, prosperidad personal,
obediencia y rechazo a la política como herramienta de cambio estructural. En
lugar de organizar comunidades para luchar contra la injusticia, el foco se
desplazaba hacia la experiencia espiritual privada. Para la lógica de la Guerra
Fría, esto resultaba funcional: desmovilizaba a los sectores populares y
neutralizaba el potencial transformador de las bases.
EL CRECIMIENTO EVANGÉLICO Y EL
RETROCESO CATÓLICO
A partir de los años 70 y, sobre
todo, en los 80 y 90, América Latina experimentó un crecimiento exponencial de
iglesias evangélicas. Misiones religiosas provenientes de Estados Unidos, como
el Instituto Lingüístico de Verano y organizaciones pentecostales, se
expandieron en zonas pobres e indígenas, donde el Estado y muchas veces la
Iglesia Católica tenían escasa presencia.
El fenómeno no fue casual. Hubo
incentivos concretos: financiamiento, facilidades migratorias para misioneros,
apoyo logístico y una fuerte estructura comunicacional basada en el modelo del
televangelismo norteamericano. Con el tiempo, estas iglesias perfeccionaron su
llegada a las masas utilizando televisión, telenovelas religiosas especialmente
en Brasil y, más recientemente, redes sociales.
El resultado fue una
transformación profunda del mapa religioso. En América Central, los evangélicos
pasaron a ser mayoría en varios países como Costa Rica y Panamá. En contraste,
países como Argentina, Uruguay y México mantuvieron una mayor presencia católica,
aunque también con crecimiento evangélico sostenido.
EL ATAQUE A LA TEOLOGÍA DE LA
LIBERACIÓN
El blanco central de esta
estrategia fue la Teología de la Liberación. Los Documentos de Santa Fe la
definían como una “doctrina política disfrazada de religión”, acusándola de
promover la lucha de clases y desestabilizar el orden social. Esta visión coincidía
con la postura del Vaticano durante el papado de Juan Pablo II, que impulsó una
fuerte disciplina interna contra sacerdotes y obispos vinculados a estas
corrientes.
Entre la presión externa, la
represión de las dictaduras latinoamericanas y la reconfiguración interna de la
Iglesia, la Teología de la Liberación fue perdiendo terreno. En paralelo, el
avance evangélico ocupó ese espacio vacío, proponiendo una espiritualidad
despolitizada y alineada con valores conservadores.
PLAN CÓNDOR Y REPRESIÓN: LA
DIMENSIÓN MILITAR DE LA ESTRATEGIA
Este proceso no puede entenderse
sin incorporar la dimensión represiva que se desplegó en simultáneo. En el
marco de la Operación Cóndor, los Estados Unidos impulsaron junto a dictaduras
latinoamericanas un sistema de persecución, coordinación de inteligencia y
eliminación de opositores políticos. Basado en la Doctrina de Seguridad
Nacional y en la lógica de la contención del comunismo, este engranaje operó
como complemento directo de la guerra cultural.
Países como Brasil (1964),
Bolivia (1971), Chile y Uruguay (1973) y Argentina (1976) fueron incorporándose
a este esquema, donde las Fuerzas Armadas actuaron como garantes del “orden
occidental y cristiano”. La coordinación represiva permitió secuestros,
desapariciones forzadas, torturas, apropiación de menores y ejecuciones en toda
la región.
En este contexto, no solo fueron
perseguidas organizaciones armadas, sino también movimientos sociales,
intelectuales, estudiantes y sectores religiosos comprometidos con los pobres,
muchos de ellos vinculados a la Teología de la Liberación. La represión no fue
únicamente militar: también fue ideológica, cultural y espiritual.
El propio presidente John F.
Kennedy, en conversaciones con funcionarios como el embajador Lincoln Gordon,
dejó en evidencia la preocupación de Washington por el avance de sectores de
izquierda en países como Brasil, y la necesidad de fortalecer a las Fuerzas
Armadas para frenar ese proceso. La región era vista como un territorio
estratégico que debía permanecer bajo control.
A su vez, figuras como Nelson
Rockefeller recomendaron explícitamente fomentar el crecimiento de iglesias
protestantes para contrarrestar la influencia del catolicismo comprometido
socialmente. De este modo, la represión directa del Plan Cóndor se complementó
con una estrategia más silenciosa pero igual de eficaz: la transformación del
sentido religioso de las masas.
ACTUALIDAD: DEL CONTROL MILITAR
AL CONTROL CULTURAL
Lejos de haber desaparecido,
esta lógica se transformó. Si durante la Guerra Fría el disciplinamiento social
se ejercía mediante golpes de Estado y terrorismo de Estado, hoy el control se
despliega con herramientas más sofisticadas, donde la cultura, la comunicación
y la religión ocupan un lugar central.
El crecimiento de iglesias
evangélicas con fuerte estructura mediática y financiera consolidó un nuevo
actor político en la región. Ya no se trata solamente de fe, sino de poder.
Líderes como Nayib Bukele o figuras internacionales como Donald Trump han utilizado
discursos religiosos para legitimar decisiones políticas, construir liderazgo y
reforzar mecanismos de control social.
En muchos casos, estas
corrientes promueven una visión donde la desigualdad no debe ser transformada
colectivamente, sino aceptada como parte de un orden divino, desplazando así
cualquier intento de organización popular. A esto se suma una lógica económica
donde la fe también se convierte en negocio: el diezmo, las donaciones y las
estructuras eclesiásticas funcionan como verdaderos circuitos financieros.
Así, el viejo objetivo de
desactivar la capacidad de lucha de los pueblos no desapareció: simplemente
cambió de forma. Donde antes hubo represión abierta, hoy muchas veces hay
construcción de subjetividad.
CONCLUSIÓN: FE, PODER Y
DOMINACIÓN
Los Documentos de Santa Fe no
pueden entenderse como textos aislados. Formaron parte de una estrategia más
amplia de dominación cultural en América Latina, donde la religión fue
utilizada como herramienta geopolítica. Al debilitar una Iglesia comprometida
con la justicia social y fomentar formas de fe centradas en lo individual, se
modificó el vínculo entre religión y política en toda la región.
El crecimiento de las iglesias
evangélicas no tiene una única causa, pero la influencia de estas políticas fue
determinante. Lo que estaba en juego no era solo la fe, sino el sentido mismo
de la organización social: comunidad o individualismo, justicia social o
resignación espiritual.
Porque, en definitiva, no se
trató solamente de cambiar de religión. Se trató de algo mucho más profundo:
disciplinar a los pueblos, domesticar la rebeldía y reemplazar la lucha
colectiva por la resignación individual. Y esa disputa, todavía hoy, sigue completamente
abierta.
Fuente consultada
https://www.facebook.com/revisionismohistoricoargentino