HISTORIA & REFLEXIÓN
¿Belgrano era liberal?
Cada cierto
tiempo reaparece una pregunta que parece sencilla, pero que encierra un
problema histórico: ¿Manuel Belgrano era liberal?
La respuesta depende, antes que nada, de otra
pregunta: ¿qué significa ser liberal? Si utilizamos el significado
que esa palabra tiene en el siglo XXI, obtendremos una respuesta. Si empleamos
el sentido que tenía a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, llegaremos a
una conclusión diferente.
Ese es el error más frecuente cuando se
analiza el pensamiento de Belgrano: aplicar categorías políticas actuales a un
hombre que vivió hace más de doscientos años.
Hoy, cuando alguien se define como liberal,
suele identificarse con la defensa de la libertad económica, la reducción de la
intervención del Estado, la baja presión impositiva, la protección de la
propiedad privada y el libre funcionamiento del mercado. Existen diversas
corrientes dentro del liberalismo contemporáneo, pero esos principios
representan, en términos generales, la idea que la mayoría de las personas
asocia con esa palabra.
A fines del
siglo XVIII y comienzos del XIX, en cambio, el liberalismo significaba algo
distinto.
Los liberales de aquella época se enfrentaban
al absolutismo monárquico y defendían gobiernos sometidos a la ley, la división
de poderes, la igualdad jurídica, la libertad de imprenta, la libertad de
comercio frente a los monopolios y la eliminación de muchos privilegios
heredados del Antiguo Régimen. El gran debate no giraba alrededor de un Estado
grande o pequeño, sino sobre cómo modernizar las instituciones y generar
prosperidad.
Muchos de esos mismos liberales consideraban
que el Estado debía construir caminos, abrir puertos, promover la educación,
estimular la agricultura y favorecer el desarrollo de la industria. Es decir,
no concebían un Estado ausente, sino un Estado capaz de impulsar el progreso.
Ese era el
mundo intelectual en el que se formó Belgrano.
Durante sus años de estudio en Salamanca,
Valladolid y Madrid conoció las obras de Adam Smith, François Quesnay,
Campomanes y, especialmente, Gaspar Melchor de Jovellanos. De cada uno tomó
ideas que luego adaptó a la realidad del Río de la Plata.
De Adam Smith incorporó la importancia del
trabajo, la productividad y el comercio. De los fisiócratas aprendió el valor
estratégico de la agricultura. De Jovellanos adoptó la convicción de que la
educación, las obras públicas, la producción y el conocimiento constituían los
pilares del desarrollo nacional.
Sin embargo, Belgrano nunca siguió una escuela
económica de manera dogmática. Su preocupación no era defender una teoría, sino
encontrar soluciones para los problemas concretos de su tierra.
Por eso criticó el monopolio comercial
español, que impedía el crecimiento económico del Virreinato. Defendió una
mayor libertad para producir y comerciar, impulsó la iniciativa privada y
sostuvo que el trabajo era la verdadera fuente de la riqueza.
Hasta aquí,
muchos podrían concluir que Belgrano era liberal.
Sin embargo, basta recorrer sus Memorias del
Consulado para advertir que su pensamiento iba mucho más allá de esa
definición.
Desde el Consulado propuso crear escuelas de
agricultura, comercio, náutica y dibujo; fomentar la enseñanza técnica; mejorar
la producción rural mediante nuevas herramientas y conocimientos; construir
caminos, puentes, canales y puertos; promover las manufacturas locales y
facilitar el desarrollo del comercio.
En su proyecto, el Estado tenía un papel
activo. No debía reemplazar la iniciativa de los particulares, pero sí crear
las condiciones necesarias para que la sociedad pudiera prosperar.
Belgrano tampoco concebía la economía separada
de la educación o de la ética. Estaba convencido de que ninguna nación
alcanzaría un desarrollo duradero sin ciudadanos instruidos y sin funcionarios
honestos. Por eso repetía una idea que atraviesa toda su obra: la educación era
el fundamento de la prosperidad y la moral pública era la garantía de su
continuidad.
Su propuesta era integral. Comprendía que una
buena cosecha servía de poco si no existían caminos para transportarla; que
abrir el comercio resultaba insuficiente sin productores capacitados; que la
industria no podía crecer sin educación técnica y que ninguna política
económica tendría éxito sin instituciones sólidas.
Por esa
razón, resulta difícil ubicarlo dentro de las categorías políticas actuales.
¿Era liberal según el significado que esa
palabra tenía a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX? Sin duda, sí.
Defendía la libertad frente al monopolio colonial, el gobierno sometido a las
leyes, la igualdad jurídica y las reformas inspiradas por la Ilustración.
¿Era liberal según el significado que muchos
atribuyen hoy al término? La respuesta exige más cautela. Su pensamiento
otorgaba al Estado responsabilidades esenciales en la educación, la
infraestructura, la promoción de la producción y el desarrollo nacional.
Más que un liberal en el sentido
contemporáneo, Belgrano fue un reformista ilustrado. No escribió para sostener
una ideología, sino para construir un proyecto de país. Tomó las ideas más
avanzadas de su tiempo, las adaptó a las necesidades del Río de la Plata y las
convirtió en un programa de gobierno basado en la educación, el trabajo, la
producción y la moral pública.
Quizás, entonces, la pregunta correcta no sea
si Belgrano era liberal. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a
comprenderlo en el contexto de su tiempo o si seguiremos intentando
encasillarlo dentro de debates políticos nacidos dos siglos después.
Roberto
Arnaiz
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