HISTORIA &
EFEMÉRIDE
EL FRAUDE DEL 29 DE MARZO DE 1857 Y EL
SEPARATISMO PORTEÑO
El separatismo porteño encontró
en el partido liberal su expresión política más acabada, funcionando como la
continuidad histórica del viejo unitarismo, si no por los hombres, al menos por
las ideas. Allí se alineaban figuras como Valentín Alsina, Bartolomé Mitre,
Pastor Obligado, Rufino de Elizalde, Dalmacio Vélez Sarsfield y el uruguayo
Juan Carlos Gómez, con Domingo Faustino Sarmiento actuando, incluso a disgusto,
como su pluma más agresiva y eficaz. Bajo distintas etiquetas —unitarios,
rosistas reciclados y “jóvenes” de Mayo— se consolidaba un bloque de poder
profundamente ligado a los intereses de Buenos Aires y enfrentado al proyecto
nacional de la Confederación, encabezado por Justo José de Urquiza. No era una
simple disputa política: era el choque entre un puerto que pretendía ser país y
un país que luchaba por existir como Nación.
Esta estructura de poder se
había afirmado tras la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, cuando Buenos
Aires, lejos de integrarse al nuevo orden constitucional, optó por separarse y
constituirse en un Estado autónomo, reteniendo la Aduana y desconociendo la
autoridad de la Confederación. Desde entonces, el liberalismo porteño no solo
fue una corriente ideológica, sino el instrumento político de una secesión
económica y territorial.
EL SURGIMIENTO DE LOS
“CHUPANDINOS”
Sin embargo, no toda Buenos
Aires respondía a ese esquema. En 1856 emerge una corriente opositora nucleada
en torno al periódico “La Reforma Pacífica”, inspirada por Nicolás Calvo. Este
espacio, donde comenzaba a destacarse un joven José Hernández, representaba una
postura nacional: la reincorporación de Buenos Aires al resto del país. El
lenguaje faccioso de la época bautizó a los bandos en pugna: los oficialistas
liberales, violentos y organizados en patotas, fueron llamados “pandilleros”,
mientras que los reformistas, partidarios de la unidad nacional, quedaron
etiquetados como “chupandinos”, en alusión burlona a sus reuniones de debate en
almacenes y su gusto por el vino carlón.
Detrás de esas etiquetas
pintorescas se escondía una discusión de fondo: o Buenos Aires seguía siendo un
enclave privilegiado que vivía de la renta aduanera, o se integraba a una
Nación que buscaba distribuir esos recursos entre todas las provincias. Por
eso, la causa “chupandina” no era menor ni anecdótica: expresaba el federalismo
real dentro de la propia Buenos Aires.
ELECCIONES DE 1857: FRAUDE,
TERROR Y DOMINACIÓN
La disputa alcanzó su punto más
alto en las elecciones del 29 de marzo de 1857, clave porque los diputados
elegidos definirían al gobernador bonaerense. En un contexto donde la Aduana
garantizaba privilegios extraordinarios a la elite porteña, reclamar su
nacionalización exigía un coraje político poco común. El resultado fue
contundente pero ilegítimo: mediante el uso de la policía, la intimidación,
bandas armadas y el aparato estatal, el partido liberal impuso a Valentín
Alsina como gobernador, en lo que constituyó una verdadera declaración de
guerra contra la Confederación Argentina.

El fraude fue escandaloso
incluso para los estándares de la época. Los “pandilleros” controlaron mesas,
padrones y votaciones, haciendo sufragar varias veces a peones e incluso a
niños. Hubo parroquias donde directamente votaron solos. En San Miguel se destruyeron
mesas a golpes, en Montserrat hubo enfrentamientos, y en distintos puntos de la
ciudad la violencia fue la regla. Testigos extranjeros dejaron constancia del
desprecio por las leyes y la Constitución, señalando que las libertades
electorales habían sido abiertamente pisoteadas.
Desde el diario “El Nacional”,
Domingo Faustino Sarmiento acompañaba esta maquinaria con una campaña de
agitación feroz, celebrando en privado el uso del terror como herramienta
política y reconociendo sin tapujos que la “audacia y el terror” habían sido la
base del triunfo. No se trataba de un exceso, sino de un método: el miedo como
instrumento de gobierno.
Así, el 29 de marzo no fue
simplemente una elección, sino la demostración práctica de un régimen que
despreciaba la voluntad popular y utilizaba el fraude sistemático como
herramienta estructural de poder, inaugurando una práctica que luego sería
recurrente en la vida política argentina.
EL ÉXODO HACIA LA CONFEDERACIÓN
El clima de persecución se
volvió asfixiante para quienes defendían la unidad nacional. A diferencia de
los tiempos de Juan Manuel de Rosas, donde el exilio tenía como destino
Montevideo, ahora los opositores huían hacia Paraná, capital de la Confederación.
Más de dos mil porteños abandonaron la ciudad en 1857, entre ellos figuras de
enorme peso intelectual y político como Lucio V. Mansilla, Benjamín Victorica,
Mariano Fragueiro, Juan María Gutiérrez, Vicente G. Quesada, Santiago Derqui,
el general Guido, Nicolás Calvo y, desde Europa, Juan Bautista Alberdi. Allí
también se trasladaron Rafael y José Hernández junto a buena parte del
movimiento reformista.
Paraná se transformó así en el
verdadero centro del pensamiento nacional, el lugar donde se debatía el país
real, mientras Buenos Aires quedaba encerrada en su lógica portuaria, comercial
y excluyente, sostenida por la renta aduanera y por un aparato político
dispuesto a todo para conservar ese privilegio.
MITRISMO, CONTINUIDAD Y
CONSOLIDACIÓN DEL MODELO
Lo ocurrido en 1857 no fue un
hecho aislado, sino la manifestación de un sistema político basado en el
fraude, la violencia y la exclusión, nacido con la secesión porteña de 1852 y
sostenido contra la Confederación. Ese mismo esquema encontraría su consolidación
años más tarde, cuando el mitrismo lograra imponerse a nivel nacional,
trasladando al conjunto del país la lógica del puerto.
De este modo, la llamada
organización nacional no surgió de un consenso armónico, sino de la imposición
de Buenos Aires sobre las provincias, derrotando a quienes, como los hombres de
Justo José de Urquiza y el movimiento reformista, sostenían que la Argentina
debía construirse desde la unidad, la equidad y el federalismo real. Lo que
triunfó, en cambio, fue un proyecto centralista, sostenido en el privilegio
económico, el fraude político y la subordinación del interior, cuyas
consecuencias marcarían profundamente la historia argentina posterior.
Fuente consultada
https://www.facebook.com/revisionismohistoricoargentino