HISTORIA & EFEMÉRIDE
BATALLA DE ITUZAINGÓ
LA VICTORIA QUE NO QUISIERON
CONSAGRAR
El nombre de Ituzaingó no es
solamente el de una batalla. Es también el de una marcha cuya partitura fue
hallada en el cuartel general del ejército imperial tras la derrota brasileña
del 20 de febrero de 1827. Pensada para celebrar el desfile triunfal de Pedro I
en Buenos Aires, terminó convertida en símbolo de la victoria
argentino-oriental y, con el tiempo, en marcha presidencial. Ironías de la
historia: lo que debía glorificar al Imperio pasó a honrar a quienes lo
derrotaron.
El llamado Ejército Republicano,
compuesto por tropas y oficiales argentinos y orientales, estaba al mando de
Carlos María de Alvear. Entre sus jefes figuraban José María Paz, Juan Lavalle,
Ángel Pacheco y Federico de Brandsen. La oficialidad era de primer nivel. La
tropa, curtida. El enemigo, superior en número. El resultado fue una victoria
patriota en campo abierto, en territorio brasileño.
Sin embargo, alrededor de la
figura de Alvear siempre hubo controversias. No sólo por su desempeño táctico
—duramente cuestionado por varios de sus propios oficiales— sino por sus
antecedentes políticos. Fue Director Supremo en 1815 y su breve paso por el
poder dejó huellas: centralismo, enfrentamiento con las provincias y aquella
célebre carta ofreciendo el país como protectorado británico. Su canciller
entonces era Manuel José García, el mismo que reaparecería en 1827 como
negociador de la paz con el Brasil.
ITUZAINGÓ: TRIUNFO MILITAR,
DIRECCIÓN DISCUTIDA
La batalla, conocida en Brasil
como Paso del Rosario, fue sangrienta y extensa. Doce horas de combate. Cargas
de caballería, fuego de artillería, infantería resistiendo posiciones clave.
Los imperiales se retiraron dejando parque y trofeos. Pero no fueron
perseguidos a fondo.
Ahí está el punto que el
revisionismo subraya. Paz escribió que la victoria fue fruto de las
“inspiraciones individuales del momento” más que de una conducción estratégica
brillante. Oficiales como Lavalle, Brandsen y otros dejaron testimonios
críticos.
Cecilia González Espul recoge la
coincidencia de Fregeiro, Quesada y Beverina en señalar como error grave la
falta de persecución decisiva que hubiera destruido al enemigo.
¿Fue ineptitud o decisión
deliberada? La pregunta no es caprichosa. Porque si la derrota imperial hubiera
sido total, el camino hacia una solución favorable a las Provincias Unidas
quedaba abierto.
RIVADAVIA, LA PAZ Y EL INTERÉS
BRITÁNICO
Mientras los soldados peleaban,
en Buenos Aires gobernaba Bernardino Rivadavia, elegido en medio de la guerra
por maniobra unitaria. La causa oriental era popular en las provincias: la
reincorporación votada por el Congreso de la Florida tras la gesta de los
Treinta y Tres Orientales encabezados por Juan Antonio Lavalleja había sido
aceptada por el Congreso Nacional, provocando la declaración formal de guerra
del Brasil.
Pero Rivadavia y su círculo
veían el conflicto desde otra óptica: puerto, comercio, vínculos con
Inglaterra, rechazo a la presión de los gobernadores federales. En ese contexto
designó nuevamente a Manuel José García para negociar la paz bajo mediación británica,
representada por John Ponsonby.
Ponsonby no ocultaba su
coincidencia con García. Inglaterra necesitaba que la desembocadura del Plata
no quedara en manos de un solo Estado fuerte. Ni un Brasil extendido hasta el
estuario ni una Argentina que reincorporara la Banda Oriental. La solución era
la creación de un Estado independiente que funcionara como tapón comercial y
geopolítico.
Para que ese diseño prosperara,
ninguna de las partes debía obtener una victoria aplastante.
DE JUNCAL A LA CONVENCIÓN
PRELIMINAR
Poco antes de Ituzaingó,
Guillermo Brown había destrozado a la escuadra brasileña en Juncal. Luego vino
la victoria terrestre en territorio imperial. El escenario militar era
favorable.
Sin embargo, tras la batalla se
ordenó el repliegue. El ejército quedó estacionado, agotado y sin recursos
suficientes. En mayo de 1827, García firmó un tratado preliminar que reconocía
la Banda Oriental como parte del Brasil y aceptaba indemnizaciones. El
escándalo fue mayúsculo. Rivadavia rechazó el acuerdo y renunció, pero el daño
político ya estaba hecho.
Finalmente, en 1828, la
Convención Preliminar de Paz consagró la independencia del Estado Oriental del
Uruguay. Se evitó la anexión brasileña, pero también se frustró la
reincorporación a las Provincias Unidas. Inglaterra obtuvo lo que buscaba:
equilibrio fragmentado en la cuenca del Plata.
LA BALCANIZACIÓN DEL RÍO DE LA
PLATA
Con la independencia oriental se
consolidó la fragmentación del antiguo Virreinato. Bolivia ya se había
separado; Paraguay permanecía aislado. La unidad territorial quedó
definitivamente quebrada.
Desde una mirada revisionista
clásica, Ituzaingó demuestra dos cosas. Primero, que los pueblos rioplatenses
podían derrotar a un Imperio en su propio territorio. Segundo, que las
victorias militares pueden diluirse cuando la conducción política no comparte
el mismo objetivo estratégico que los soldados que combaten.
Ituzaingó fue grande en el campo
de batalla. Pero su fruto fue administrado en despachos donde pesaron más los
equilibrios diplomáticos que la sangre derramada. Esa es la verdadera tragedia
de aquella jornada gloriosa del 20 de febrero de 1827.
Fuente consultada