viernes, 20 de febrero de 2026

20 de Febrero de 1827

HISTORIA & EFEMÉRIDE

BATALLA DE ITUZAINGÓ

LA VICTORIA QUE NO QUISIERON CONSAGRAR

El nombre de Ituzaingó no es solamente el de una batalla. Es también el de una marcha cuya partitura fue hallada en el cuartel general del ejército imperial tras la derrota brasileña del 20 de febrero de 1827. Pensada para celebrar el desfile triunfal de Pedro I en Buenos Aires, terminó convertida en símbolo de la victoria argentino-oriental y, con el tiempo, en marcha presidencial. Ironías de la historia: lo que debía glorificar al Imperio pasó a honrar a quienes lo derrotaron.

El llamado Ejército Republicano, compuesto por tropas y oficiales argentinos y orientales, estaba al mando de Carlos María de Alvear. Entre sus jefes figuraban José María Paz, Juan Lavalle, Ángel Pacheco y Federico de Brandsen. La oficialidad era de primer nivel. La tropa, curtida. El enemigo, superior en número. El resultado fue una victoria patriota en campo abierto, en territorio brasileño.

Sin embargo, alrededor de la figura de Alvear siempre hubo controversias. No sólo por su desempeño táctico —duramente cuestionado por varios de sus propios oficiales— sino por sus antecedentes políticos. Fue Director Supremo en 1815 y su breve paso por el poder dejó huellas: centralismo, enfrentamiento con las provincias y aquella célebre carta ofreciendo el país como protectorado británico. Su canciller entonces era Manuel José García, el mismo que reaparecería en 1827 como negociador de la paz con el Brasil.

ITUZAINGÓ: TRIUNFO MILITAR, DIRECCIÓN DISCUTIDA

La batalla, conocida en Brasil como Paso del Rosario, fue sangrienta y extensa. Doce horas de combate. Cargas de caballería, fuego de artillería, infantería resistiendo posiciones clave. Los imperiales se retiraron dejando parque y trofeos. Pero no fueron perseguidos a fondo.

Ahí está el punto que el revisionismo subraya. Paz escribió que la victoria fue fruto de las “inspiraciones individuales del momento” más que de una conducción estratégica brillante. Oficiales como Lavalle, Brandsen y otros dejaron testimonios críticos.

Cecilia González Espul recoge la coincidencia de Fregeiro, Quesada y Beverina en señalar como error grave la falta de persecución decisiva que hubiera destruido al enemigo.

¿Fue ineptitud o decisión deliberada? La pregunta no es caprichosa. Porque si la derrota imperial hubiera sido total, el camino hacia una solución favorable a las Provincias Unidas quedaba abierto.

RIVADAVIA, LA PAZ Y EL INTERÉS BRITÁNICO

Mientras los soldados peleaban, en Buenos Aires gobernaba Bernardino Rivadavia, elegido en medio de la guerra por maniobra unitaria. La causa oriental era popular en las provincias: la reincorporación votada por el Congreso de la Florida tras la gesta de los Treinta y Tres Orientales encabezados por Juan Antonio Lavalleja había sido aceptada por el Congreso Nacional, provocando la declaración formal de guerra del Brasil.

Pero Rivadavia y su círculo veían el conflicto desde otra óptica: puerto, comercio, vínculos con Inglaterra, rechazo a la presión de los gobernadores federales. En ese contexto designó nuevamente a Manuel José García para negociar la paz bajo mediación británica, representada por John Ponsonby.

Ponsonby no ocultaba su coincidencia con García. Inglaterra necesitaba que la desembocadura del Plata no quedara en manos de un solo Estado fuerte. Ni un Brasil extendido hasta el estuario ni una Argentina que reincorporara la Banda Oriental. La solución era la creación de un Estado independiente que funcionara como tapón comercial y geopolítico.

Para que ese diseño prosperara, ninguna de las partes debía obtener una victoria aplastante.

DE JUNCAL A LA CONVENCIÓN PRELIMINAR

Poco antes de Ituzaingó, Guillermo Brown había destrozado a la escuadra brasileña en Juncal. Luego vino la victoria terrestre en territorio imperial. El escenario militar era favorable.

Sin embargo, tras la batalla se ordenó el repliegue. El ejército quedó estacionado, agotado y sin recursos suficientes. En mayo de 1827, García firmó un tratado preliminar que reconocía la Banda Oriental como parte del Brasil y aceptaba indemnizaciones. El escándalo fue mayúsculo. Rivadavia rechazó el acuerdo y renunció, pero el daño político ya estaba hecho.

Finalmente, en 1828, la Convención Preliminar de Paz consagró la independencia del Estado Oriental del Uruguay. Se evitó la anexión brasileña, pero también se frustró la reincorporación a las Provincias Unidas. Inglaterra obtuvo lo que buscaba: equilibrio fragmentado en la cuenca del Plata.

LA BALCANIZACIÓN DEL RÍO DE LA PLATA

Con la independencia oriental se consolidó la fragmentación del antiguo Virreinato. Bolivia ya se había separado; Paraguay permanecía aislado. La unidad territorial quedó definitivamente quebrada.

Desde una mirada revisionista clásica, Ituzaingó demuestra dos cosas. Primero, que los pueblos rioplatenses podían derrotar a un Imperio en su propio territorio. Segundo, que las victorias militares pueden diluirse cuando la conducción política no comparte el mismo objetivo estratégico que los soldados que combaten.

Ituzaingó fue grande en el campo de batalla. Pero su fruto fue administrado en despachos donde pesaron más los equilibrios diplomáticos que la sangre derramada. Esa es la verdadera tragedia de aquella jornada gloriosa del 20 de febrero de 1827.

Fuente consultada

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