HISTORIA &
EFEMÉRIDE
Gas del Estado y el Gran Gasoducto
LA ARGENTINA INICIA LA CONSTRUCCIÓN DEL
GASODUCTO MÁS EXTENSO DEL MUNDO
El 21 de febrero de 1947 comenzó
la construcción del gasoducto que uniría Comodoro Rivadavia con Buenos Aires,
una obra de casi 1.700 kilómetros que, al momento de su inauguración en 1949,
se convertiría en el gasoducto más largo del mundo y el más importante
realizado hasta entonces en su tipo. No fue simplemente una infraestructura
técnica: fue la expresión material de un país que buscaba afirmarse en el
dominio de sus propios recursos estratégicos.
Bajo la dirección del ingeniero
Julio Vicente Canessa, titular de Gas del Estado, la obra avanzó en un contexto
internacional complejo, con restricciones comerciales y limitaciones
tecnológicas. La magnitud del desafío obligó a soluciones creativas: ante la
falta de instrumental sofisticado para detectar fugas, se entrenó a perros
alimentándolos con carne impregnada con pequeñas dosis de mercaptán —la
sustancia que da olor al gas— para que pudieran rastrear pérdidas a lo largo
del tendido. Ese episodio, casi artesanal, refleja mejor que cualquier discurso
el espíritu de la empresa: decisión, ingenio y confianza en la capacidad
técnica nacional.
LA CONSTRUCCIÓN DE UNA POLÍTICA
ENERGÉTICA DE SOBERANÍA NACIONAL
La cuestión energética había
comenzado a ocupar un lugar central desde el descubrimiento de petróleo en
Comodoro Rivadavia en 1907. A partir de entonces, el subsuelo dejó de ser una
incógnita geológica para convertirse en un recurso estratégico. La creación de
Yacimientos Petrolíferos Fiscales en 1922, durante la presidencia de Hipólito
Yrigoyen, marcó un punto de inflexión: por primera vez el Estado asumía de
manera integral la exploración, producción y comercialización de hidrocarburos.
La gestión de Enrique Mosconi
consolidó la idea de que el control de la energía no era una cuestión meramente
económica, sino un requisito para la independencia real. Su planteo fue claro:
un país que depende de combustibles externos compromete su desarrollo y su
autonomía.
Los vaivenes políticos de la
década del treinta afectaron esa planificación, pero la idea de que la energía
debía ser pensada como política de Estado no desapareció. A partir de 1943 se
retomó una concepción integral del desarrollo, donde la infraestructura
energética era considerada parte de la defensa nacional y del crecimiento
industrial. En ese marco, la planificación impulsada desde el Consejo Nacional
de Posguerra, bajo la conducción de Juan Domingo Perón y con asesoramiento
técnico de José Figuerola, buscó articular producción, industria e
infraestructura en un mismo proyecto.
El problema era concreto: el
consumo energético crecía aceleradamente y el país desperdiciaba gas natural en
los yacimientos mientras importaba combustibles más caros. La nacionalización
de la Compañía Primitiva de Gas y la creación de Gas del Estado en 1946
permitieron reorganizar el sector bajo criterios públicos y estratégicos.
Canessa comprendió que el gas no
debía ser considerado un subproducto secundario del petróleo, sino una fuente
de energía capaz de transformar la matriz productiva. Su propuesta de unir
Comodoro Rivadavia con Buenos Aires mediante un gasoducto de escala continental
parecía, para muchos, desmesurada. Sin embargo, la decisión política de
ejecutarlo convirtió esa visión en realidad.
La construcción del gasoducto no
solo implicó tender caños a lo largo de más de mil seiscientos kilómetros;
significó integrar regiones, reducir la dependencia de combustibles importados
y abaratar costos para hogares e industrias. Cuando fue inaugurado el 29 de
diciembre de 1949, la Argentina no solo había terminado el gasoducto más
extenso del planeta hasta ese momento, sino que había demostrado que podía
concebir, financiar y ejecutar una obra de envergadura mundial con recursos
propios.
Los efectos fueron inmediatos:
el número de usuarios creció rápidamente, la producción de gas natural se
multiplicó y se sustituyeron importaciones costosas. Más allá de las cifras, la
obra consolidó una idea de país: la energía como servicio público, como
herramienta de integración territorial y como base material del desarrollo.
Julio V. Canessa quedó asociado
a ese proceso no como figura aislada, sino como representante de una generación
de ingenieros y técnicos que entendieron su tarea como parte de un proyecto
nacional. El gasoducto fue, en definitiva, una expresión concreta de soberanía.
No desde la confrontación partidaria, sino desde la convicción de que un país
que controla su energía fortalece su independencia económica y amplía sus
posibilidades de crecimiento.
Aquella obra iniciada el 21 de
febrero de 1947 no fue solo una infraestructura: fue una señal de época.
Demostró que la Argentina podía pensar en grande, actuar en grande y concluir
en grande. Y que la soberanía, cuando se traduce en obras concretas, deja de
ser una consigna para convertirse en realidad tangible.
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