HISTORIA & EFEMÉRIDE
Revisionismo Histórico Argentino
15 DE FEBRERO DE 1811
NATALICIO DE DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO
UNA FIGURA QUE TODAVÍA DIVIDE A
LA ARGENTINA
El 15 de febrero de 1811 nació
en San Juan Domingo Faustino Sarmiento. Cada aniversario reactiva la postal
escolar del prócer del guardapolvo blanco, el “Padre del Aula”, el civilizador
incansable. Pero detrás de esa imagen ordenada hay un personaje áspero,
contradictorio y profundamente político. Sacarlo del bronce no es negarlo. Es
devolverlo a la historia real, la de las disputas, las pasiones y los proyectos
de poder.
EL EXILIO, ROSAS Y LA POLÍTICA
DESDE AFUERA
Enfrentado a Juan Manuel de
Rosas, Sarmiento partió al exilio en Chile y desde allí convirtió el periodismo
en arma. No escribió como espectador sino como combatiente. Desde el diario “El
Progreso” sostuvo que el Estrecho de Magallanes debía ser ocupado por Chile
porque Buenos Aires no lo aprovechaba. Argumentaba que la soberanía debía
corresponder a quien supiera explotar el territorio. La ocupación chilena de
1843 coincidió con esa prédica. Más tarde relativizaría el alcance de sus
artículos, pero la polémica quedó instalada y sus adversarios la recordaron
como prueba de su distancia con una concepción tradicional de la soberanía.
Su pelea con Rosas no era solo
institucional. Era cultural. Veía en el rosismo la expresión del país que
quería superar: el predominio de la campaña, las montoneras, la autoridad
personal. Para él, esa Argentina debía ser reemplazada por otra fundada en la
ciudad, la ley escrita y la educación a disposición del pensamiento
unitario-liberal.
FACUNDO Y LA MATRIZ DEL PROYECTO
En 1845 publicó Facundo. Allí
formuló la oposición que marcó su pensamiento: civilización o barbarie. Europa
y Estados Unidos como horizonte; el interior rural como atraso. El gaucho dejó
de ser sujeto histórico para convertirse en problema. El caudillo dejó de ser
líder popular para transformarse en síntoma de regresión. El “desierto”
apareció como vacío, aun cuando estaba habitado.
No era solo literatura. Era una
arquitectura ideológica. En esa división quedaban definidos los incluidos y los
excluidos del proyecto nacional. Modernizar implicaba transformar la
composición cultural del país. Inmigración europea, escuela pública, urbanización
acelerada y disciplina social eran los pilares de esa operación.
LA VISIÓN DE ALBERDI: UN
“CAUDILLO DE FRAC”
Mientras Sarmiento desplegaba
esa retórica encendida, Juan Bautista Alberdi lo observaba con escepticismo.
Alberdi lo describió como un “bárbaro civilizado”, un “caudillo de frac”. Veía
en él una paradoja: denunciaba la barbarie mientras actuaba con la vehemencia
de aquello que decía combatir. Para Alberdi, Sarmiento no había superado el
espíritu caudillesco, simplemente lo había revestido con modales urbanos y
citas europeas. Su liberalismo, a ojos de Alberdi, tenía algo de fanatismo
ilustrado, más preocupado por imponer una visión que por comprender la
complejidad social del país.
Esa crítica no era menor.
Provenía de uno de los arquitectos intelectuales de la Constitución de 1853. La
disputa entre ambos revela que el proyecto liberal no era homogéneo y que
incluso dentro de sus filas Sarmiento generaba incomodidad.
VIOLENCIA, ORDEN Y CONSTRUCCIÓN
DEL ESTADO
Las frases de Sarmiento sobre la
sangre de gauchos y la eliminación de resistencias no fueron simples excesos
verbales. Su visión política justificó la represión de las montoneras federales
y celebró la eliminación de figuras como Ángel Vicente Peñaloza. El orden no
era negociación sino imposición.
Durante su presidencia, iniciada
en 1868 con el respaldo de Bartolomé Mitre, expandió el sistema educativo,
promovió la llegada de maestras estadounidenses, impulsó el telégrafo y apoyó
el desarrollo ferroviario. Modernizó estructuras estatales con energía
indiscutible. Pero esa modernización convivió con la continuidad de la Guerra
del Paraguay y con políticas de disciplinamiento interno que consolidaron un
Estado fuerte al servicio del proyecto liberal.
La escuela que fundaba no era
solamente alfabetización. Era un dispositivo de construcción de ciudadanía bajo
un molde preciso. Enseñaba normas, valores y obediencia a un orden que no todos
habían elegido.
EL INDIO, EL GAUCHO Y EL
“DESIERTO”
La representación de los pueblos
originarios en sus escritos resulta hoy brutal. El “desierto” como categoría
legitimó la idea de que esos territorios debían ser ocupados en nombre del
progreso. El discurso precedió a la política. La idea de que la civilización
debía avanzar sobre lo que consideraba atraso preparó el terreno para campañas
militares posteriores contra comunidades indígenas.
El gaucho, por su parte, fue
presentado como obstáculo histórico. No como sujeto a integrar sino como figura
a reemplazar por el inmigrante europeo. En esa lógica, el país debía modificar
su composición social para volverse moderno.
EL PROGRESO, LA DEPENDENCIA Y EL
MODELO ECONÓMICO
Sarmiento admiraba a Estados
Unidos y soñaba con una Argentina de pequeños propietarios y educación masiva.
Sin embargo, el modelo que terminó consolidándose fue agroexportador y
dependiente del capital británico. El Estado se fortaleció, pero la estructura
económica quedó atada al puerto y al latifundio. La modernización institucional
convivió con una fuerte desigualdad social.
No fue un simple ejecutor de
intereses extranjeros, pero su proyecto se integró sin grandes resistencias a
una estructura de dependencia que benefició a las élites terratenientes y
comerciales.
LA FABRICACIÓN DEL “PADRE DEL
AULA”
Con el paso del tiempo, la
Historia Oficial construyó la figura de Sarmiento como símbolo indiscutido de
la educación nacional. Esa construcción no fue inocente. Investigaciones
críticas como las publicadas en la revista Margen señalan que muchas escuelas
atribuidas a su gestión no fueron fundadas directamente por él y que el relato
heroico exageró su papel para consolidar un mito funcional al Estado liberal.
La exaltación del “Padre del
Aula” permitió presentar el proyecto sarmientino como sinónimo de
democratización del saber, cuando en realidad formaba parte de una estrategia
más amplia de homogeneización cultural y consolidación de poder. La escuela fue
herramienta de alfabetización, pero también de disciplinamiento.
MÁS ALLÁ DEL BRONCE
Reducirlo a santo laico es una
simplificación. Convertirlo en villano absoluto también lo es. Sarmiento
encarna la tensión estructural de la Argentina moderna: educar y excluir,
modernizar y violentar, integrar y disciplinar. Fundó escuelas y legitimó represiones.
Amplió horizontes culturales y despreció tradiciones populares. Impulsó el
Estado nacional y sostuvo ideas que hoy resultan abiertamente elitistas.
Su figura, su pensamiento y su
actividad reactivan una discusión sobre el modelo de país que se impuso en el
siglo XIX y sobre las marcas que todavía persisten. Porque detrás del prócer
escolar hubo un político decidido a transformar la Argentina, aunque esa
transformación implicara fracturas profundas.
Y esa discusión, lejos de
cerrarse, sigue abierta.
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