HISTORIA
San Martín y el desafío a duelo a
Rivadavia
La historia oficial prefirió un
San Martín inmóvil, sin aristas, despojado de conflicto político. Pero el
hombre real, el Libertador de América, fue todo lo contrario: tuvo convicciones
firmes, enemigos definidos y un sentido del honor que no admitía medias tintas.
En ese marco debe entenderse el episodio silenciado durante décadas del desafío
a duelo que José de San Martín dirigió a Bernardino Rivadavia.
El enfrentamiento no fue
producto de un arrebato ni de una disputa menor. Fue la consecuencia lógica de
una enemistad profunda, política y moral. San Martín nunca ignoró el papel que
Rivadavia había desempeñado en Buenos Aires: la negativa sistemática a apoyar
la campaña libertadora, las intrigas en su contra, el desprecio por la causa
americana y la adhesión a un proyecto centralista, porteño y dependiente de
intereses extranjeros.
Años después, ya en Europa,
ambos coincidieron en el exilio. Rivadavia, desplazado del poder y sin respaldo
político, continuaba sin embargo expresándose con ligereza y desprecio sobre la
figura del Libertador. Esas expresiones llegaron a oídos de San Martín. Y el
general, fiel al código de honor de su tiempo, decidió no dejarlas pasar.
No hubo cartas públicas ni
diatribas. San Martín actuó como lo hacían los hombres de su época cuando se
consideraban agraviados: envió un emisario para exigir reparación personal. El
mensaje fue claro. Rivadavia había ofendido su honor y debía responder.
El desafío fue transmitido por
un intermediario de absoluta confianza, un militar que conocía a ambos y cuya
palabra no admitía dudas. No era una amenaza ni una bravuconada: era un acto
formal, conforme a las reglas del duelo vigentes entre caballeros.
Rivadavia rehusó el desafío.
Alegó motivos personales, de salud y de conveniencia. Pero en el lenguaje de la
época, la negativa equivalía a un reconocimiento tácito. El duelo no se
realizó. San Martín no insistió. Había cumplido con lo que su honor le exigía.
El episodio no tuvo
consecuencias públicas inmediatas, pero dice mucho más de lo que parece. Revela
a un San Martín consciente del daño político causado por Rivadavia y dispuesto
a exigir cuentas, incluso lejos de su patria. Revela también que el Libertador
no fue neutral ni indiferente frente a quienes consideró responsables de la
desunión y la dependencia.
Mientras Rivadavia encarnó el
proyecto de una Argentina reducida a puerto y aduana, endeudada y subordinada,
San Martín sostuvo hasta el final la idea de una nación americana soberana,
integrada y digna. Esa diferencia no fue solo ideológica: fue moral.
Que este episodio haya sido
omitido o minimizado no es casual. Incomoda. Porque rompe con la imagen
edulcorada del prócer mudo y expone a un San Martín político, juez severo de su
tiempo, capaz de señalar a sus adversarios con nombre y apellido.
El desafío a duelo no engrandece
ni empequeñece al Libertador. Lo humaniza. Lo devuelve a su tiempo. Y, sobre
todo, confirma que San Martín jamás transó con lo que consideró una traición a
la Patria, ni siquiera cuando la traición vestía levita, hablaba francés y se
decía ilustrada.
Cómo dijo Scalabrini Ortiz:
"Es falsa la historia que
nos enseñaron. Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsas
las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que
nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran",
Guillermo Falavigna
Fuente consultada
Revisionismo Histórico Argentino