REFLEXIÓN
Me ofrecieron limpiar todo el
jardín por $150 pesos… y terminé dándoles una lección que ojalá alguien me
hubiera dado a mí.
Era sábado. Yo solo quería
descansar, ver el fútbol y olvidarme del mundo. Sonó el timbre. Abrí y vi a dos
niños, Mateo y Santi. Tendrían unos 11 o 12 años. Flacos, quemados por el sol,
cargando herramientas que se veían más pesadas que ellos.
El mayor, Mateo, se quitó la
gorra con esa educación antigua que ya casi no se ve: —“Buenas tardes, jefe…
¿le limpiamos el jardín? Quitamos la hierba, barremos y recogemos todo. Por
$150 pesitos”.
Hice el cálculo mental rápido.
El jardín es grande. Eso era trabajo de tres horas bajo el sol. Pensé:
"¿$75 pesos cada uno? Eso no paga ni el esfuerzo".
Les pregunté: —“¿$150 cada uno?”
Santi, el más pequeño, negó con el cabeza rápido, con miedo a perder el
cliente: —“No, no… $150 en total, jefe. Ya nosotros nos arreglamos”.
Sentí un golpe en el estómago.
Vi en sus ojos esa hambre de salir adelante que muchos adultos con título ya
perdieron. No estaban pidiendo monedas. Estaban vendiendo su sudor a precio de
remate.
—“Trato hecho” —les dije—.
“Denle”.
Y hermano… cómo trabajaron.
No se sentaron a ver el celular.
No "hicieron como que hacían". Arrancaron la hierba de raíz.
Barrieron hasta las esquinas que nadie ve. Incluso limpiaron la parte de la
banqueta que no les correspondía.
Lo hicieron con una dignidad que
me dejó callado. En un mundo donde todos buscan el "dinero fácil",
los atajos y el "mínimo esfuerzo", estos dos niños estaban dando una
clase magistral de excelencia por unos cuantos pesos.
Cuando terminaron, tocaron la
puerta. Estaban empapados de sudor, con las manos sucias de tierra, pero con la
espalda recta. Orgullosos.
Saqué la cartera. Les di $600
pesos. (Cuatro veces lo que pidieron).
Mateo vio los billetes y se
asustó. Retrocedió un paso. —“Oiga jefe… se equivocó. Dijimos $150”.
Me agaché para verlos a los ojos
y les dije lo que nadie les había dicho: —“No me equivoqué. Ustedes cobraron
por limpiar… pero trabajaron como profesionales. Escúchenme bien: Nunca regalen
su trabajo. Si son buenos, cóbrenlo bien. El mundo está lleno de gente que va a
querer pagarles menos, no sean ustedes los que se pongan el precio bajo”.
Santi apretó los billetes con
sus manos sucias. Se le llenaron los ojos de agua. —“Gracias… neta, gracias
jefe”.
Se fueron caminando, y los
escuché haciendo cuentas, no para gastarlo en tonterías, sino hablando de
"llevar algo a la casa".
Ahí entendí todo: No basta con
decirle a los jóvenes "échale ganas". Hay que demostrarles que
echarle ganas SÍ paga.
Si dejamos que los niños
honestos crean que el trabajo duro no vale nada, los empujamos a buscar el
dinero fácil en lugares oscuros.
Hoy no pagué jardinería. Hoy
invertí en que dos niños sigan creyendo que ser honesto y trabajador, todavía
es el mejor negocio del mundo.
MORALEJA
Cuando veas a alguien
esforzándose de verdad, no regatees.
Valora. A veces, un pago justo a
tiempo puede cambiar el destino de una persona.
Fuente consultada