HISTORIA
Revisionismo Histórico
Argentino
SAN MARTÍN Y LAVALLE: DE
SUBORDINADO EN LOS ANDES A RESPONSABLE DEL CRIMEN POLÍTICO
LA RELACIÓN MILITAR PREVIA: JEFE
Y SUBORDINADO
Antes de 1828, la relación entre
José de San Martín y Juan Lavalle fue exclusivamente profesional y militar,
clara en términos de jerarquía. Lavalle fue oficial subordinado a San Martín
durante la guerra de la Independencia, integrando el Ejército de los Andes. San
Martín valoró su valentía personal y su arrojo en combate, virtudes del soldado
de línea, pero nunca lo consideró un hombre de conducción política ni de
pensamiento estratégico. No existió entre ellos una relación de pares ni de
afinidad doctrinaria: fue la relación clásica entre un jefe y un subordinado
eficaz en el campo de batalla.
EL
FUSILAMIENTO DE DORREGO Y EL QUIEBRE DEFINITIVO
El golpe de Estado de diciembre
de 1828 y el fusilamiento del gobernador Manuel Dorrego marcaron el quiebre
definitivo. San Martín regresaba entonces al Río de la Plata con la intención
expresa de no intervenir en las guerras civiles, pero el crimen político lo
obligó a fijar una posición moral tajante. Para el Libertador, el asesinato de
un gobernador legítimo no era un “exceso” ni un “error”: era una frontera ética
que no se podía cruzar sin destruir la patria.
SAN MARTÍN SOBRE LA GUERRA CIVIL
Y LA SANGRE ARGENTINA
Carta de José de San Martín a
Tomás Guido, 1829, contexto del golpe de Lavalle
“No desenvainaré jamás mi espada
para derramar sangre de hermanos.”
Esta frase resume toda la
actitud de San Martín frente a Lavalle. No fue neutralidad ni cobardía: fue una
decisión política consciente. El Libertador se negó a legitimar con su nombre
una guerra entre argentinos iniciada por un fusilamiento.
LA RESPUESTA A LAVALLE: CONDENA
MORAL, NO CONSEJO TÁCTICO
Lavalle, consciente del peso
simbólico de San Martín, intentó obtener su respaldo. San Martín le respondió,
pero no para apoyarlo, sino para marcarle un límite infranqueable.
Carta de José de San Martín a
Juan Lavalle, comienzos de 1829
“Economice usted víctimas,
pues la sangre de los ciudadanos es un capital que no se debe malgastar.”
Lejos de ser un consejo militar,
fue una advertencia ética. San Martín estaba señalando que Lavalle había
entrado en una lógica criminal, donde el poder se sostenía sobre cadáveres
argentinos.
EL JUICIO PRIVADO DE SAN MARTÍN
SOBRE LAVALLE
En su correspondencia privada,
San Martín fue todavía más severo. Allí aparece su verdadero juicio político
sobre Lavalle, sin eufemismos ni diplomacia.
Carta de José de San Martín a
Tomás Guido, 1829
“Lavalle es un calavera.”
En el lenguaje de la época, la
expresión no era menor: significaba imprudente, irresponsable, temerario,
alguien peligroso para el orden político. Para San Martín, Lavalle podía servir
como soldado, pero era incapaz de gobernar y mucho menos de conducir una nación
desgarrada.
EL RETIRO COMO DECISIÓN POLÍTICA
Ante ese escenario, San Martín
tomó una decisión que la historia liberal suele disfrazar de pasividad, pero
que fue profundamente política: retirarse. Comprendió que su presencia podía
ser usada para legitimar un régimen nacido del crimen político.
Carta de José de San Martín,
1829, contexto de su alejamiento
“La anarquía que reina no me
deja otra alternativa.”
No fue indiferencia: fue
coherencia. San Martín eligió preservar su espada y su nombre del lodazal de la
guerra civil.
AFINIDAD CON LOS CAUDILLOS
FEDERALES
En contraste con su ruptura con
Lavalle, San Martín mostró una mayor identificación con los caudillos
federales, a quienes veía como expresiones reales del interior y del orden
posible. Sus intercambios epistolares con Estanislao López, caudillo santafesino,
fueron respetuosos y directos, y con Juan Manuel de Rosas mantuvo una relación
de mutua consideración, reconociéndole capacidad para restablecer el orden y
defender la soberanía. Esa diferencia no fue casual: San Martín desconfiaba
profundamente de los militares convertidos en instrumentos de facción porteña,
y el fusilamiento de Dorrego confirmó todos sus temores.
La relación entre San Martín y
Lavalle quedó sellada para la historia: de subordinación militar en la gesta
independentista a ruptura moral y política tras el fusilamiento de Dorrego. San
Martín nunca justificó ese crimen, nunca lo avaló y nunca lo perdonó. Eligió
retirarse antes que manchar su espada con sangre argentina. Lavalle, en cambio,
quedó atado para siempre al acto que lo separó definitivamente del Libertador.
Fuente consultada
