HISTORIA
EL ORIGEN DEL PROBLEMA NACIONAL
Juan Bautista Alberdi sostuvo,
con una claridad que incomodó a generaciones enteras de historiadores
oficiales, que la Revolución de Mayo no fue un acto puro de emancipación
nacional, sino el inicio de un nuevo tipo de dominación.
No una liberación integral de
los pueblos del antiguo Virreinato, sino la sustitución de una autoridad por
otra. Lo dijo sin rodeos:
“La revolución de mayo de 1810,
hecha por la provincia de Buenos Aires, creó un gobierno provincial, creó el
provincialismo, el localismo de Buenos Aires, que dura hasta hoy.”
Desde el primer día, Buenos
Aires actuó como metrópoli. Mientras invocaba la soberanía del pueblo, se
arrogaba la representación exclusiva de toda la Nación. Cuando ese derecho fue
cuestionado por las provincias, Buenos Aires llamó a su propio localismo “centralismo”
y a la resistencia del interior “federalismo”. Alberdi fue tajante:
“A la aspiración de imponer la
autoridad de su localidad a toda la nación llamó centralismo, unitarismo; y
sólo así quiso la unidad.”
Y agregó una definición
demoledora del verdadero sentido de Mayo:
“Fue la sustitución de la
autoridad metropolitana de España por la de Buenos Aires sobre las provincias
argentinas: el coloniaje porteño sustituyendo al coloniaje español.”
No se trató solo de un conflicto
político, sino de una estructura de poder que se prolongó durante décadas.
RIVADAVIA, MITRE Y EL SISTEMA
PORTEÑO
Alberdi desmontó la figura
sagrada de Bernardino Rivadavia, presentada por la historiografía liberal como
el gran organizador. Lo mostró como el hombre de Buenos Aires, no de la Nación.
Recordó su incoherencia política, su desprecio por las provincias y su vocación
autoritaria:
“El gobierno de tres, hijo de sí
mismo, abolió las juntas que representaban a las provincias, y se proclamó
representante único de todas ellas, por la voluntad de la municipalidad de
Buenos Aires.”
La famosa “protección” a las
provincias no fue otra cosa que una campaña de conquista interna. Alberdi lo
escribió sin eufemismos:
“Proteger la libertad de las
provincias quería decir imponerles la autoridad de la Junta local de Buenos
Aires, por la espada.”
No es casual —subrayó— que
Montevideo, Paraguay y el Alto Perú no hayan quedado dentro de la Argentina. Ni
tampoco que las provincias que sí quedaron hayan soportado durante décadas el
“protectorado” intermitente de Buenos Aires.
Por eso afirmaba con ironía
amarga:
“Con razón quiere tanto Buenos
Aires el 25 de mayo, y con razón las provincias prefieren el 9 de julio.”
LA HISTORIA COMO INSTRUMENTO DE
PODER
Para Alberdi, el dominio porteño
no se sostuvo solo con ejércitos y rentas, sino también con relatos. Aquí
aparece Bartolomé Mitre, no solo como político y militar, sino como constructor
de una historia funcional al poder.
Alberdi denunció el parasitismo
republicano, una forma de apropiación simbólica de los héroes nacionales:
“Mitre entonces se apoderó de
Belgrano y se constituyó su hijo adoptivo escribiendo su vida y haciéndole su
hombre y su propiedad.”
Belgrano fue convertido en
pedestal. Mitre y Sarmiento se subieron a su estatua para hacerse visibles. No
para elevarlo, sino para rebajarlo y presentarse como superiores. Alberdi lo
dijo con crueldad precisa:
“De su estatua hacen su
pedestal, y no se paran en ella sino para hacerse visibles.”
Y fue más lejos aún al definir
el liberalismo argentino:
“Ser libre para los liberales
argentinos consiste en gobernar a los otros. El monopolio del gobierno: he ahí
todo su liberalismo.”
La historia oficial se volvió
dogma. Alberdi la comparó con una religión autoritaria:
“Ellos tienen un Alcorán que es
ley aceptar, creer y profesar, so pena de excomunión.”
LA GUERRA DEL PARAGUAY:
CONTINUIDAD DE LA GUERRA CIVIL
Nada revela mejor la naturaleza
del régimen mitrista que la Guerra de la Triple Alianza. Alberdi la combatió
con la pluma desde Europa, mientras Buenos Aires la justificaba en nombre de la
civilización.
Para él, la guerra no era
exterior: era interna.
“No es una nueva guerra
exterior; es la vieja guerra civil ya conocida, entre Buenos Aires y las
provincias argentinas.”
Desnudó la hipocresía del
tratado:
“La guerra es hecha en nombre de
la civilización… pero el tratado admite que el Paraguay puede ser saqueado y
devastado.”
Y explicó por qué Paraguay era
clave para América del Sur:
“El Paraguay representa la
civilización, pues pelea por la libertad de los ríos, por la emancipación de
los países mediterráneos y por el equilibrio de la América del Sud.”
No defendía a un hombre,
defendía una posición geopolítica y nacional. Por eso lanzó una de sus frases
más lúcidas:
“Si López es un déspota, la
geografía lo convierte en un libertador.”
MITRE, BRASIL Y LA ENTREGA DE LA
SOBERANÍA
Alberdi denunció que la alianza
con Brasil convertía a la Argentina en un feudo:
“Para rescatar la libertad del
Paraguay, el gobierno del general Mitre empeñó la de su país en un montepío
brasilero.”
La guerra sirvió como excusa
para consolidar el centralismo porteño, imponer el estado de sitio y acallar al
interior. El resultado fue claro: más muertos argentinos que en toda la época
de Rosas, provincias devastadas y un Brasil fortalecido.
ALBERDI CONTRA LA MENTIRA
FUNDACIONAL
Alberdi no fue un traidor ni un
ingenuo. Fue uno de los pocos que se animó a decir que el problema argentino no
era la barbarie del interior, sino el coloniaje porteño disfrazado de
liberalismo.
Su obra fue silenciada porque
atacaba el corazón del poder: la historia oficial, el centralismo y la falsa
idea de Nación construida desde el puerto.
Leer a Alberdi hoy no es un
ejercicio académico.
Es un acto político.
Porque como él mismo advirtió,
mientras Buenos Aires no salga de su 25 de mayo, la Argentina seguirá siendo
dos países bajo la apariencia de uno solo.
Fuentes consultadas
Alberdi, Juan Bautista – Grandes
y pequeños hombres del Plata.
Alberdi, Juan Bautista – Los
intereses argentinos en la guerra.
Alberdi, Juan Bautista –
Historia de la Guerra del Paraguay.