HISTORIA
& REFLEXIÓN
Irlanda – Sindicato Agrario
“Nadie le atacaría. Nadie le insultaría. Pero nadie
reconocería su existencia.”
BOICOT
El hombre tan odiado que su apellido acabó en el diccionario
Hay pocas venganzas más elegantes que conseguir que el nombre de alguien
quede asociado para siempre a una práctica que todo el mundo considera un
castigo. Y no, no fue un revolucionario, ni un criminal, ni un rey
especialmente incompetente. Fue algo mucho más peligroso en la Irlanda
del siglo
XIX: un administrador de fincas convencido de que podía exprimir a sus
arrendatarios sin consecuencias.
Charles Cunningham Boycott era un antiguo
capitán del ejército británico que trabajaba gestionando las tierras de un gran
terrateniente inglés, Lord Erne, en el condado
de Mayo, al oeste de Irlanda. Irlanda vivía tiempos de enorme tensión
social. La tierra estaba en manos de grandes propietarios, muchos de ellos
ausentes, mientras miles de campesinos sobrevivían cultivando parcelas
alquiladas y pagando rentas que podían arruinar a una familia entera.
En 1880 la cosecha fue mala y
los arrendatarios pidieron una reducción de los alquileres. No estaban
reclamando una vida de lujo. Simplemente querían evitar el hambre. Boycott
respondió con la sensibilidad de una piedra de molino: rechazó las peticiones y
comenzó a expulsar a quienes no podían pagar.
Entonces ocurrió algo extraordinario. Los campesinos podrían haber
recurrido a la violencia; la Irlanda de la época no era precisamente un remanso
de paz y los pajares ardían con facilidad. Sin embargo, la recién creada Irish
National Land League, el sindicato agrario liderado por el astuto Charles
Stewart Parnell, propuso una idea mucho más original: convertir
a Boycott en un fantasma.
Parnell sabía que la violencia directa justificaría la ley marcial
británica, pero "hacerle el vacío" era
completamente legal. Nadie le atacaría. Nadie le insultaría. Pero nadie
reconocería su existencia.
Bajo la consigna oficial de la resistencia pacífica (y el sutil temor a
ser señalado por la comunidad si alguien rompía el cerco), el aislamiento fue
total. Los jornaleros abandonaron sus campos. Los comerciantes dejaron de
venderle alimentos. El cartero evitaba su correspondencia. Los herreros no
reparaban sus herramientas. Los vecinos le daban la espalda en la iglesia.
Hasta el servicio doméstico de su casa se marchó.
De repente, un hombre acostumbrado a dar órdenes descubrió que la autoridad
sirve de muy poco cuando nadie está dispuesto a obedecer. Boycott seguía
viviendo allí, pero era como si hubiera sido borrado del mapa.
La situación llegó a tal extremo que, para recoger una cosecha de patatas,
que no valdrían más de 350 libras, el Gobierno británico tuvo que
movilizar a cincuenta voluntarios de Ulster escoltados por un aparatoso
contingente de mil soldados y policías. La "Expedición Boycott"
costó unas 10.000 libras de la época.
Aquello ya no era una cuestión económica; era un desastre propagandístico
para Londres y una demostración pública de la fuerza del pueblo. Finalmente,
Boycott tuvo que abandonar la zona en un carruaje blindado.
Y aquí llega la mejor parte de la historia. Los periódicos internacionales,
fascinados por este nuevo método de asfixia social, necesitaban una palabra
para describirlo, y fue entonces cuando el párroco local, el padre John
O'Malley, le sugirió al periodista estadounidense James Redpath
que dejaran de buscar sinónimos complejos. ¿Por qué no usar el apellido del
administrador? Redpath lo plasmó en sus columnas y el prestigioso diario The Times
de Londres lo popularizó de inmediato.
Antes de que terminara 1880, el apellido ya era un verbo. Desde entonces, "boycott" (o boicot) pasó a significar exactamente eso: aislar, ignorar y privar de colaboración a una persona, empresa o institución para forzar un cambio de comportamiento.
