HISTORIA & EFEMÉRIDE
1980 – 26 de Junio – 2026
Veinticuatro Toneladas de
Fuego y Memoria
La dictadura genocida comete
otro crimen más: Millones de libros del Centro Editor de América Latina son
quemados
“Esta editorial fue una de las más fuertes del
continente, y sus colecciones fueron formadoras de ciudadanía y fuente de
conocimiento en todas las disciplinas.
La dictadura le había
"apuntado" desde antes incluso de marzo de 1976, resistió como pudo
hasta que aquel día de 1980, los camiones del ejército fueron cargados de
libros por los soldados.
¡24 toneladas de libros!
El operativo que seguramente
estuvo a cargo de algún oficialito de poco rango llevó los libros a un
descampado y ese mismo oficial ordenó la quema, seguramente "que, sin
inmutarse, sin culpa alguna, sin siquiera darse cuenta de la atrocidad que
cometía en ese instante miserable.", dice en la nota titulada:
“VEINTICUATRO TONELADAS DE FUEGO
Y MEMORIA”, el escritor Mempo Giardinelli en Página 12 del 26 de junio de 2013
Hoy, 26 de junio, hacen
exactamente 33 años del día en que la dictadura ordenó quemar millones de
libros del Centro Editor de América Latina.
Ese 26 de junio de 1980 está en
la memoria más horrible de la Argentina y escribo esto pensando una vez más en
todo el dolor que todavía nos deben.
Propongo recordar lo sucedido.
Propongo que imaginemos aquel 26 de junio de aquel 1980. Día frío y gris, pero
no llueve. La acción en Sarandí, partido de Avellaneda, provincia de Buenos
Aires. A corta distancia de lo que entonces se llamaba Capital Federal, vemos
que de un gran depósito sobre las calles O’Higgins y Agüero (hoy Crisólogo
Larralde) entran y salen camiones cargados de libros. Son veinticuatro
toneladas de libros. En silencio, suboficiales, soldados y policías vacían
lentamente el depósito bajo las escrutadoras severas miradas de oficiales del
Ejército Argentino, algunos muy jóvenes.
El depósito –un amplio galpón– y
todos los libros pertenecen a la conocida editorial Centro Editor de América
Latina, una de las más prestigiosas y originales casas editoras de libros del
país y el continente, fundada y dirigida por Boris Spivacow, un respetado
matemático de 65 años, hijo de inmigrantes rusos. Entre 1958 y 1966 había sido
gerente general de Eudeba (la Editorial de la Universidad de Buenos Aires) y la
había colocado en el pináculo de la consideración pública por sus colecciones
de extraordinaria calidad y cuidado a precios populares. Hasta que la
tristemente célebre Noche de los Bastones Largos, el 29 de julio del ’66, junto
con centenares de profesores e investigadores, Spivacow fue forzado a abandonar
Eudeba y la universidad.
Inmediatamente empezó a soñar
con una empresa independiente y autosuficiente. Y así, con toda la experiencia
acumulada, fundó la editorial Centro Editor de América Latina, que llegó a
convertirse en una de las más fuertes editoriales del continente, y sus
colecciones fueron formadoras de ciudadanía y fuente de conocimiento en todas
las disciplinas.
Las fuerzas armadas de la época
tenían a Spivacow, como se decía entonces, “marcado”. La supervivencia casi
milagrosa de la editorial durante los primeros años de la dictadura tenía, por
lo tanto, los días contados. Y el final fue ese día, ese 26 de junio del año
’80, en que llegaron las tropas en sus camiones y empezaron a cargar libros,
paquete por paquete, y en sucesivos viajes llevaron 24 toneladas de cultura y
conocimiento desde el depósito de Agüero y O’Higgins hasta un baldío que había
entonces a muy pocas cuadras, en la calle Ferré, entre Agüero y Lucena.
Allí, una vez descargados los
libros –posiblemente un par de millones de ejemplares– un valiente oficial
habrá dado la marcial y ceremoniosa orden de prenderles fuego. “Procedan”,
habrá dicho con firmeza y yo imagino que, sin inmutarse, sin culpa alguna, sin
siquiera darse cuenta de la atrocidad que cometía en ese instante miserable.
Así se quemaron esos libros,
aquel 26 de junio de 1980, y con ellos se quemaron años de saber, de cultura,
de investigaciones, de sueños y ficciones y poesías. Y se quemó una parte
esencial de la Argentina más hermosa, incinerada por la Argentina más horrenda
y criminal.
El expediente judicial –informan
ahora amigas y amigos que han guardado intacta la memoria de esa jornada
ominosa– dice que aquel día estuvieron presentes allí algunas personas de la
editorial: el fotógrafo Ricardo Figueiras, Amanda Toubes, Alejandro Nociletti,
Hugo Corzo y el propio Boris Spivacow.
Me cuesta imaginarlos, ahora.
Pero no los veo llorando sino concentrados y serios, dignos y elocuentes en su
silencio atronador. Los veo observando con dolor a las bestias de uniforme que
cumplían esa orden infame que algún oficial de alta graduación, algún oscuro
dictador habría dispuesto en algún oscuro lugar del poder. Pero no veo que
ninguno de ellos baje o desvíe la mirada. Como si supieran que algún día y en
una democracia, aunque plena de imperfecciones, esos libros amados iban a
renacer de entre las cenizas.
Y eso es lo que sucede hoy, 26
de junio de 2013 y en Democracia: amigos de la Biblioteca Nacional informan que
hoy por la mañana se hará el primer acto simbólico en el mismo lugar de la
quema, ahí en Sarandí. Lamento estar tan lejos, pero simbólicamente voy a hacer
con mi hija una casita de libros en el jardín de nuestra casa. Y le voy a
explicar cómo es que el fuego destruye todo, libros incluidos, pero nunca puede
destruir los sentimientos, el saber y la memoria. (1)
Más información
Memoria encendida: cómo fue la
quema de libros que hicieron los militares en la localidad de Sarandí (2)
https://www.tiempoar.com.ar/ta_article/memoria-encendida-quema-libros/
Fuentes consultadas
1)-Página 12, Veinticuatro Toneladas de Fuego y Memoria, Mempo Giardinelli, 26/junio/2013.

