viernes, 21 de diciembre de 2018

Y entonces, aún sigue allí



El tesoro escondido es uno de los libros de cuentos infantiles, en este caso del autor Luis Daniel Londoño Silva, y la nota periodística es la fantasía del tesoro escondido.
Opinión
Fendrich y la fantasía del tesoro escondido
Contó una mentira que no se creyó ni él. Y repitió: Ojalá algún día se sepa la verdad.
El ex tesorero Mario Fendrich en 2010, durante una entrevista con Clarín en su casa de Santo Tomé, en Santa Fe. FOTO JOSÉ ALMEIDA
Es cierto que hay secretos que se llevan a la tumba.
Mario César Fendrich fue un tipo normal antes y después del robo del siglo, pero aquello extraordinario que hizo en el apogeo de su madurez (extraordinario en el estricto sentido de lo inesperado) lo volvió único. Quizá sólo buscaba eso.
Era el tesorero del Banco Nación de Santa Fe y un viernes fue a la sucursal, esperó el camión con el dinero, abrió el tesoro y se llevó 3,2 millones de dólares porque sí. En su exceso de corrección dejó una nota para asegurarse de que no culparan a nadie más.
Fue en 1994 y pasó 109 días prófugo. Toda una primavera.
Encarnó entonces la fantasía del sueño prohibido: la del tipo común que un día se harta de todo y se va con la plata ajena que se había pasado contando durante 30 años. La plata de los otros que en un minuto hizo propia. 
El debate estalló, en un tiempo sin redes sociales.
¿A usted le hubiese gustado ser Fendrich? En el imaginario popular -y hasta en la visión de algunos expertos- era el robo perfecto donde nadie perdía: no hubo armas ni violencia y el dinero robado sería repuesto por el seguro. No perdían ni los clientes, ni los empleados, ni el banco, ni el seguro (los expertos explicaban, con suficiencia debida, que los seguros necesitan de los robos para mantener su razón de ser y su modelo de negocio).
Pero una cosa es pensarlo y otra hacerlo. Los psicólogos hablaron de fallos en los frenos inhibitorios. ¿Cómo alguien se acuesta oficinista y se levanta ladrón de banco?
Fendrich y su fortuna prohibida interrogaban a todos.
Hasta que el hombre -barba, pelo teñido de oscuro, piel bronceada- apareció un día (se entregó el mismo 9 de enero en que enterraban a Carlos Monzón), fue a la cárcel poco más de cuatro años y volvió a su casa de Santa Fe, aún más humilde que como se había ido. 
Le dijo a la Justicia que había sido secuestrado y que el dinero se lo robaron. Una mentira que no se creyó ni él. Y suspiró: "Ojalá algún día se sepa la verdad".
Siempre creímos que era un acto dramático, una puesta en escena sublime del engaño tras la cual, luego de un tiempo, Fendrich iría con una pala al medio del campo a desenterrar de una buena vez los billetes intactos para vivir la gran vida que imaginó. Que imaginaban todos los que se imaginaron Fendrich.
Pero el día nunca llegó. 
Se dijo que el tesoro efectivamente estaba enterrado en el campo o en un cementerio privado -¿y entonces, aún sigue allí?-; que no le quedaba nada porque había cambiado fortuna por silencio durante los días en que anduvo prófugo; que lo perdió en un casino de Paraguay; que lo repartió entre familiares y amigos en dosis tan prudentes que lo hicieron imperceptible. Se dijo mucho pero no se sabe nada.
Ir a las playas de Cuba, hasta donde fue a buscarlo la muerte este último miércoles, fue lo más ostentoso que hizo Fendrich en toda su vida. Un viaje de un jubilado con un amigo, después de todo. Ahora, a los 77 años, tenía una agencia de quiniela modesta y se guardaba los domingos para ir a la cancha a ver a Colón.
Cada uno de sus porqués también se fueron con él.
Va a sobrevivirlo el misterio que le anduvo dando vueltas todos estos años, como un fantasma individual y colectivo. El que vuelve a alimentar aquello de "que se sepa toda la verdad". Porque agiganta el mito urbano de la fantasía prohibida y, sobre todo, porque ya nadie cree que la verdad se sepa nunca.
Fuente: Diario Clarín (21-12-2018)
https://www.clarin.com/opinion/fendrich-fantasia-tesoro-escondido_0_nRYtPdzMp.html