HISTORIA & EFEMÉRIDE
Cuando Pueyrredón cerró los saladeros para que
Buenos Aires no se quedara sin carne
El 31 de mayo de 1817, en plena etapa del
Directorio y con la guerra de independencia todavía marcando el pulso del Río
de la Plata, el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón tomó una decisión
fuerte: ordenar el cierre provisorio de los saladeros que funcionaban en la
ciudad de Buenos Aires y su jurisdicción.
La medida buscaba enfrentar un problema
urgente: la falta de carne para el consumo interno.
Buena parte del ganado era derivado hacia los
establecimientos saladeriles, donde la carne se transformaba en tasajo, un
producto conservado con sal destinado principalmente al comercio y al
abastecimiento de mercados externos.
En esos establecimientos también se
aprovechaban cueros, sebo y otros derivados del animal, piezas clave de la
economía rioplatense de la época.
Pero el crecimiento de esa actividad chocó con
una necesidad básica de la población: comer. Buenos Aires atravesaba una
tensión cada vez más visible entre los intereses de hacendados, abastecedores,
saladeristas y consumidores.
Según estudios sobre el tema, Pueyrredón creyó
que clausurar los saladeros permitiría aliviar el desabastecimiento y bajar la
presión sobre el mercado de carne local.
El cierre, sin embargo, no terminó de resolver
la crisis.
El precio de la carne no bajó como se esperaba
y el conflicto abrió una fuerte polémica económica y política.
Aun así, aquel decreto dejó una huella
profunda: mostró que, desde los primeros años de la Argentina independiente, la
carne ya era mucho más que alimento.
Era poder, comercio, disputa social y una
cuestión central para la vida cotidiana del pueblo.
En el fondo, aquella medida anticipaba una
tensión que atravesaría toda la historia argentina: producir para vender al
mundo o garantizar primero la mesa de los propios habitantes.
Fuente consultada
Mendoza Antigua
