miércoles, 29 de abril de 2026

Día Internacional de la Danza

CULTURA & EFEMÉRIDE

Día del Baile

La otra historia del movimiento del baile

Por Gabriel “Rulock” Pineda

Las formas de moverse nunca fueron neutrales. Mientras la danza fue legitimada por la academia y los espacios de poder, el baile cargó con la historia, la resistencia y la creación de los pueblos. No todas las formas de moverse fueron reconocidas como arte, y en esa frontera entre danza y baile se trazaron jerarquías, exclusiones y silencios. Hoy, cuando esos movimientos circulan como tendencia, los bailes sociales siguen disputando el lugar que históricamente se les negó, reclamando su raíz, su memoria y su dimensión política.

"The Sugar Shack" pintura icónica de 1976 creada por el artista afroestadounidense Ernie Barnes. (Gentileza -)

Cada 29 de abril se celebra el Día Internacional de la Danza en conmemoración del nacimiento de Jean-Georges Noverre, considerado uno de los renovadores de la danza moderna europea. La fecha, impulsada por la UNESCO, no solo reconoce a la danza como disciplina artística, sino que también invita a celebrarla a nivel mundial. Pero en ese reconocimiento también aparece una pregunta: ¿qué cuerpos y qué formas de moverse han sido históricamente legitimadas como “danza”?

Hay, además, un contrapunto necesario, lo que durante siglos fue llamado “danza” por la academia no es neutral. Las instituciones que definieron qué era válido y qué no lo era estuvieron profundamente atravesadas por el racismo. Así, se legitimaron formas europeas, codificadas y escénicas, mientras se desestimaron y hasta persiguieron los bailes producidos por comunidades negras e indígenas, asociados al desorden, lo primitivo o lo popular. No es que esos bailes no fueran considerados arte, es que no eran reconocidos como tal porque esas producciones provenían de cuerpos considerados no humanos.

Con el paso del tiempo, muchas de esas expresiones que habían sido rechazadas o marginalizadas comenzaron a ser absorbidas por las mismas instituciones que antes las excluían. La academia, los escenarios oficiales y las industrias culturales empezaron a incorporar lenguajes, técnicas y estéticas provenientes de los bailes negros, pero no siempre junto con sus contextos, sus historias ni sus comunidades. Este proceso de asimilación suele operar bajo una lógica de traducción y adaptación: lo que nace como práctica viva, colectiva y situada, se reconfigura para encajar en formatos más aceptables para esos espacios, muchas veces despojándolo de su dimensión política y comunitaria. Así, lo que antes era resistencia puede convertirse en repertorio, y lo que era encuentro puede terminar reducido a espectáculo.

Hoy, esas mismas expresiones forman parte del lenguaje dominante, circulan en videoclips, publicidades, redes sociales y grandes escenarios como un código ya legitimado. El problema no es su visibilidad, sino las condiciones en las que esa visibilidad ocurre. Muchas veces aparecen recortadas, descontextualizadas, convertidas en tendencia o en recurso estético, sin rastro de las historias, las luchas y las comunidades que las gestaron. Se consumen los gestos, pero no se escucha lo que dicen; se replica la forma, pero se borra la raíz. Así, lo que en su origen fue una práctica cargada de sentido colectivo y político, en el mainstream corre el riesgo de volverse un lenguaje vacío, disponible para cualquiera, pero desconectado de quienes lo crearon.

Frente a este escenario, se vuelve urgente volver a las raíces de estas expresiones y reconocer que nunca fueron neutrales. Los bailes sociales nacen de contextos atravesados por desigualdades, como respuestas creativas a sistemas de opresión, y por eso su dimensión política no es un agregado: es constitutiva. Entender esto implica asumir que también hoy son un territorio en disputa dentro del arte, donde se juega qué se muestra, quién lo representa y desde qué lugar. Retomar esas raíces no es un gesto nostálgico, sino una práctica activa: implica escuchar a las comunidades que las sostienen, recuperar sus sentidos originales y defender esos espacios como lugares de memoria, de resistencia y de construcción colectiva.

La historia misma muestra que el baile nunca fue ajeno a los procesos políticos: en la antesala de la Revolución Haitiana, la ceremonia de Bois Caïman reunió cuerpos, cantos y bailes que no solo celebraban, sino que también se organizaban para luchar contra el orden establecido y terminar con la esclavitud. Mucho más cerca en el tiempo, y en la geografía, en la dictadura cívico-militar argentina, mientras el terror buscaba disciplinar los cuerpos racializados y silenciar los encuentros, en Los Bailes, el cuarteto seguía convocando a multitudes que encontraban en el baile una forma de reunirse, resistir y sostener lo colectivo. En ambos casos, el movimiento no fue solo expresión: fue también estrategia, orgullo negro, refugio y afirmación de vida frente a la opresión.

En este presente donde todo parece disponible pero no todo es reconocido, la pregunta ya no es sólo cómo nos movemos, sino desde dónde y con quiénes. Volver al baile es volver a la ronda, a la escucha, a la transmisión y al encuentro. Es elegir prácticas que no borren su historia ni a sus protagonistas. Porque cuando el baile recupera su raíz, deja de ser solo movimiento: se vuelve memoria activa, comunidad en acción y una forma concreta de imaginar otros mundos posibles.

Feliz día, que sea con mucho baile.

*Artista y activista antirracista afroargentino de DIAFAR

Fuente consultada

https://www.pagina12.com.ar/2026/04/29/la-otra-historia-del-movimiento-del-baile/