CULTURA & EFEMÉRIDE
Día del Baile
La otra historia del movimiento del baile
Por Gabriel
“Rulock” Pineda
Las formas
de moverse nunca fueron neutrales. Mientras la danza fue legitimada por la
academia y los espacios de poder, el baile cargó con la historia, la
resistencia y la creación de los pueblos. No todas las formas de moverse fueron
reconocidas como arte, y en esa frontera entre danza y baile se trazaron
jerarquías, exclusiones y silencios. Hoy, cuando esos movimientos circulan como
tendencia, los bailes sociales siguen disputando el lugar que históricamente se
les negó, reclamando su raíz, su memoria y su dimensión política.
"The Sugar Shack" pintura icónica de 1976 creada por el artista
afroestadounidense Ernie Barnes. (Gentileza -)
Cada 29 de abril se celebra el Día
Internacional de la Danza en conmemoración del nacimiento de Jean-Georges Noverre,
considerado uno de los renovadores de la danza moderna europea. La fecha,
impulsada por la UNESCO, no solo reconoce a la danza como disciplina artística,
sino que también invita a celebrarla a nivel mundial. Pero en ese
reconocimiento también aparece una pregunta: ¿qué cuerpos y qué formas de
moverse han sido históricamente legitimadas como “danza”?
Hay,
además, un contrapunto necesario, lo que durante siglos fue llamado “danza” por
la academia no es neutral. Las instituciones que definieron qué era válido y
qué no lo era estuvieron profundamente atravesadas por el racismo. Así, se
legitimaron formas europeas, codificadas y escénicas, mientras se desestimaron
y hasta persiguieron los bailes producidos por comunidades negras e indígenas,
asociados al desorden, lo primitivo o lo popular. No es que esos bailes no
fueran considerados arte, es que no eran reconocidos como tal porque esas
producciones provenían de cuerpos considerados no humanos.
Con el paso del tiempo, muchas de esas
expresiones que habían sido rechazadas o marginalizadas comenzaron a ser
absorbidas por las mismas instituciones que antes las excluían. La academia,
los escenarios oficiales y las industrias culturales empezaron a incorporar
lenguajes, técnicas y estéticas provenientes de los bailes negros, pero no
siempre junto con sus contextos, sus historias ni sus comunidades. Este proceso
de asimilación suele operar bajo una lógica de traducción y adaptación: lo que
nace como práctica viva, colectiva y situada, se reconfigura para encajar en
formatos más aceptables para esos espacios, muchas veces despojándolo de su
dimensión política y comunitaria. Así, lo que antes era resistencia puede
convertirse en repertorio, y lo que era encuentro puede terminar reducido a
espectáculo.
Hoy,
esas mismas expresiones forman parte del lenguaje dominante, circulan en
videoclips, publicidades, redes sociales y grandes escenarios como un código ya
legitimado. El problema no es su visibilidad, sino las condiciones en las que
esa visibilidad ocurre. Muchas veces aparecen recortadas, descontextualizadas,
convertidas en tendencia o en recurso estético, sin rastro de las historias,
las luchas y las comunidades que las gestaron. Se consumen los gestos, pero no
se escucha lo que dicen; se replica la forma, pero se borra la raíz. Así, lo
que en su origen fue una práctica cargada de sentido colectivo y político, en
el mainstream corre el riesgo de volverse un lenguaje vacío, disponible para cualquiera,
pero desconectado de quienes lo crearon.
Frente
a este escenario, se vuelve urgente volver a las raíces de estas expresiones y
reconocer que nunca fueron neutrales. Los bailes sociales nacen de contextos
atravesados por desigualdades, como respuestas creativas a sistemas de
opresión, y por eso su dimensión política no es un agregado: es constitutiva.
Entender esto implica asumir que también hoy son un territorio en disputa
dentro del arte, donde se juega qué se muestra, quién lo representa y desde qué
lugar. Retomar esas raíces no es un gesto nostálgico, sino una práctica activa:
implica escuchar a las comunidades que las sostienen, recuperar sus sentidos
originales y defender esos espacios como lugares de memoria, de resistencia y
de construcción colectiva.
La
historia misma muestra que el baile nunca fue ajeno a los procesos políticos:
en la antesala de la Revolución Haitiana,
la ceremonia de Bois
Caïman reunió cuerpos, cantos y bailes que no solo celebraban,
sino que también se organizaban para luchar contra el orden establecido y
terminar con la esclavitud. Mucho más cerca en el tiempo, y en la geografía, en
la dictadura cívico-militar argentina, mientras el terror buscaba disciplinar
los cuerpos racializados y silenciar los encuentros, en Los Bailes, el cuarteto seguía convocando a multitudes
que encontraban en el baile una forma de reunirse, resistir y sostener lo
colectivo. En ambos casos, el movimiento no fue solo expresión: fue también
estrategia, orgullo negro, refugio y afirmación de vida frente a la opresión.
En este presente donde todo parece
disponible pero no todo es reconocido, la pregunta ya no es sólo cómo nos
movemos, sino desde dónde y con quiénes. Volver al baile es volver a la ronda,
a la escucha, a la transmisión y al encuentro. Es elegir prácticas que no
borren su historia ni a sus protagonistas. Porque cuando el baile recupera su
raíz, deja de ser solo movimiento: se vuelve memoria activa, comunidad en
acción y una forma concreta de imaginar otros mundos posibles.
Feliz
día, que sea con mucho baile.
*Artista y activista antirracista
afroargentino de DIAFAR
Fuente consultada