jueves, 30 de abril de 2026

Clifford Geertz

ANTROPOLOGÍA & REFLEXIÓN

El antropólogo que cambió las leyes universales por el conocimiento local y nos dejó una forma más honesta de mirar lo humano.

Las ciencias sociales ya no sueñan con ser como la física y abrazan la incertidumbre como su nueva forma de entender el mundo.

Todos somos exóticos para alguien.

Imagina por un momento que un sociólogo pudiera predecir tu próxima ruptura amorosa con la misma precisión con que un astrónomo calcula el regreso del cometa Halley.

¿Te suena imposible? Hace apenas unas décadas, esa era exactamente la promesa que las ciencias sociales le hacían al mundo. Leyes universales, predicciones exactas, control científico de la conducta humana. Todo medible, todo verificable, todo bajo control o al menos eso creían.

Para entender esta historia hay que viajar a 1983, cuando el antropólogo Clifford Geertz publicó Conocimiento Local, un libro que recogía una década de reflexiones sobre hacia dónde se dirigían disciplinas como la antropología o la sociología. Lo que encontró al mirar atrás fue un panorama radicalmente distinto.

"La invocación a una teoría general de lo social suena cada vez más hueca", escribió entonces, "al tiempo que las pretensiones de haberla alcanzado parecen propias de un megalómano".

Durante buena parte del siglo XX, las ciencias sociales intentaron imitar a las ciencias naturales. Si la física tenía leyes como las de Newton o Boyle, ¿por qué la sociología no podría tener las suyas? Si la biología podía predecir el comportamiento de un organismo, ¿por qué no predecir el de una sociedad?

El problema, señala Geertz, es que aquella "física social de leyes y causas" nunca cumplió sus proyecciones. No trajo consigo el triunfo de la predicción que tanto se había anunciado. No permitió controlar la conducta colectiva como se controla un experimento de laboratorio y mientras tanto, algo estaba pasando en los pasillos de las universidades.

Geertz identifica una causa principal para este terremoto intelectual, que él llama "desprovincialización". Durante décadas, las ciencias sociales habían sido una empresa modesta y aislada, protegida del resto del pensamiento moderno, pero esa protección fue superada.

De repente, las ideas de filósofos como Heidegger o Wittgenstein empezaron a infiltrarse en los departamentos de antropología. Críticos literarios como Kenneth Burke comenzaron a dialogar con los etnógrafos. Figuras incómodas y difíciles de clasificar —Foucault, Habermas, Barthes, Kuhn— irrumpieron en una conversación que hasta entonces había estado dominada por estadísticas y gráficos de comportamiento.

El resultado fue una sacudida de la que no hubo vuelta de hoja. "La introducción de estas concepciones", advierte Geertz, "hace altamente improbable cualquier posibilidad de volver a una visión meramente tecnológica de dichas ciencias".

Traducido a palabras sencillas, aquello significó el fin de la ilusión de que los seres humanos podíamos estudiarnos a nosotros mismos como si fuéramos planetas o reacciones químicas.

Si ya no podemos aspirar a una teoría que lo explique todo, ¿qué nos queda? Geertz dice: el conocimiento local.

"Para un etnógrafo", afirma, "las formas del conocimiento son siempre ineluctablemente locales, inseparables de su instrumental y de sus marcos de actuación". Lo que esto quiere decir es que no hay un saber universal sobre lo humano que pueda desprenderse del contexto donde nació. Lo que sabemos sobre una comunidad balinesa no puede separarse del hecho de que fue un antropólogo occidental quien lo observó, en un momento histórico concreto y con unas herramientas conceptuales determinadas.

Esta idea significó que las grandes verdades sobre "el hombre" o "la sociedad" son, en realidad, verdades de andar por casa. Funcionan en su barrio, pero no necesariamente en el barrio de al lado.

La sociología, dice Geertz, ya no está a punto de empezar como una ciencia unificada. "Más bien", escribe, "se halla dispersa en distintos sistemas" y aunque pueda sonar a derrota, él insiste en que no se trata de una mala noticia sino de un diagnóstico honesto de nuestra condición.

¿Cómo se investiga entonces? Si ya no podemos trazar el camino recto de la ciencia positiva, ¿qué hacemos? La propuesta de Geertz es: en lugar de buscar una autopista hacia la verdad, tomemos el consejo de Wittgenstein y avancemos "por calles paralelas".

El instrumento para esta nueva forma de navegar es el ensayo. No el tratado monumental que pretende decirlo todo, sino un texto abierto, tentativo, que avanza y retrocede, que se corrige sobre la marcha, que abandona un tema cuando ya no tiene más que decir sin pretender haberlo agotado.

"Las obras no se acaban", recuerda Geertz citando a Valéry, "se abandonan" y en esa renuncia a la clausura definitiva, en esa aceptación de que siempre habrá algo que se nos escape, reside la nueva honestidad intelectual que el antropólogo propone.

Geertz nos deja frente a un reflejo que a nadie le gusta mirar demasiado tiempo. "Vernos a nosotros mismos entre los otros", escribe, "como un ejemplo local más de las formas que localmente adopta la vida humana, un caso entre casos, un mundo entre otros mundos".

Esta es quizás la consecuencia más difícil de aceptar para quien lee estas páginas desde la comodidad de cualquier capital occidental. Que nuestras propias formas de entender la justicia, la belleza o la verdad no son más universales que las de un campesino javanés o un comerciante marroquí. Que también nosotros somos locales. Que también nosotros somos exóticos para alguien.

"Si a la antropología interpretativa le espera alguna tarea en el mundo", concluye Geertz, "es mantener viva esa verdad fugitiva".

Así, sin grandes declaraciones ni pretensiones de eternidad, Geertz nos hizo ver la posibilidad de seguir haciéndonos preguntas en un mundo donde todas las respuestas definitivas resultaron ser espejismos temporales.

Si llegaste hasta este punto de la nota cuéntame ¿Te has preguntado alguna vez si eso que crees es solo tu forma local de ver las cosas? Me encantaría leer tu opinión en los comentarios. Comparte nuestro contenido para que llegue a más personas y sigue la página para enterarte de la siguiente Nota Antropológica.”

Fuente consultada

Geertz, C. (1994). Conocimiento local: Ensayos sobre la interpretación de las culturas. Ediciones Paidós. (Trabajo original publicado en 1983).

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