ANTROPOLOGÍA & REFLEXIÓN
El antropólogo que cambió las leyes
universales por el conocimiento local y nos dejó una forma más honesta de mirar
lo humano.
“Las ciencias sociales ya no
sueñan con ser como la física y abrazan la incertidumbre como su nueva forma de
entender el mundo.
Todos somos exóticos para alguien.
Imagina por un momento que un
sociólogo pudiera predecir tu próxima ruptura amorosa con la misma precisión
con que un astrónomo calcula el regreso del cometa Halley.
¿Te suena imposible? Hace apenas
unas décadas, esa era exactamente la promesa que las ciencias sociales le
hacían al mundo. Leyes universales, predicciones exactas, control científico de
la conducta humana. Todo medible, todo verificable, todo bajo control o al
menos eso creían.
Para entender esta historia hay
que viajar a 1983, cuando el antropólogo Clifford Geertz publicó Conocimiento
Local, un libro que recogía una década de reflexiones sobre hacia dónde se
dirigían disciplinas como la antropología o la sociología. Lo que encontró al
mirar atrás fue un panorama radicalmente distinto.
"La invocación a una teoría
general de lo social suena cada vez más hueca", escribió entonces,
"al tiempo que las pretensiones de haberla alcanzado parecen propias de un
megalómano".
Durante buena parte del siglo
XX, las ciencias sociales intentaron imitar a las ciencias naturales. Si la
física tenía leyes como las de Newton o Boyle, ¿por qué la sociología no podría
tener las suyas? Si la biología podía predecir el comportamiento de un
organismo, ¿por qué no predecir el de una sociedad?
El problema, señala Geertz, es
que aquella "física social de leyes y causas" nunca cumplió sus
proyecciones. No trajo consigo el triunfo de la predicción que tanto se había
anunciado. No permitió controlar la conducta colectiva como se controla un
experimento de laboratorio y mientras tanto, algo estaba pasando en los
pasillos de las universidades.
Geertz identifica una causa
principal para este terremoto intelectual, que él llama
"desprovincialización". Durante décadas, las ciencias sociales habían
sido una empresa modesta y aislada, protegida del resto del pensamiento
moderno, pero esa protección fue superada.
De repente, las ideas de
filósofos como Heidegger o Wittgenstein empezaron a infiltrarse en los
departamentos de antropología. Críticos literarios como Kenneth Burke
comenzaron a dialogar con los etnógrafos. Figuras incómodas y difíciles de
clasificar —Foucault, Habermas, Barthes, Kuhn— irrumpieron en una conversación
que hasta entonces había estado dominada por estadísticas y gráficos de
comportamiento.
El resultado fue una sacudida de
la que no hubo vuelta de hoja. "La introducción de estas
concepciones", advierte Geertz, "hace altamente improbable cualquier
posibilidad de volver a una visión meramente tecnológica de dichas ciencias".
Traducido a palabras sencillas,
aquello significó el fin de la ilusión de que los seres humanos podíamos
estudiarnos a nosotros mismos como si fuéramos planetas o reacciones químicas.
Si ya no podemos aspirar a una
teoría que lo explique todo, ¿qué nos queda? Geertz dice: el conocimiento
local.
"Para un etnógrafo",
afirma, "las formas del conocimiento son siempre ineluctablemente locales,
inseparables de su instrumental y de sus marcos de actuación". Lo que esto
quiere decir es que no hay un saber universal sobre lo humano que pueda
desprenderse del contexto donde nació. Lo que sabemos sobre una comunidad
balinesa no puede separarse del hecho de que fue un antropólogo occidental
quien lo observó, en un momento histórico concreto y con unas herramientas
conceptuales determinadas.
Esta idea significó que las
grandes verdades sobre "el hombre" o "la sociedad" son, en
realidad, verdades de andar por casa. Funcionan en su barrio, pero no
necesariamente en el barrio de al lado.
La sociología, dice Geertz, ya
no está a punto de empezar como una ciencia unificada. "Más bien",
escribe, "se halla dispersa en distintos sistemas" y aunque pueda
sonar a derrota, él insiste en que no se trata de una mala noticia sino de un
diagnóstico honesto de nuestra condición.
¿Cómo se investiga entonces? Si
ya no podemos trazar el camino recto de la ciencia positiva, ¿qué hacemos? La
propuesta de Geertz es: en lugar de buscar una autopista hacia la verdad,
tomemos el consejo de Wittgenstein y avancemos "por calles paralelas".
El instrumento para esta nueva
forma de navegar es el ensayo. No el tratado monumental que pretende decirlo
todo, sino un texto abierto, tentativo, que avanza y retrocede, que se corrige
sobre la marcha, que abandona un tema cuando ya no tiene más que decir sin
pretender haberlo agotado.
"Las obras no se
acaban", recuerda Geertz citando a Valéry, "se abandonan" y en
esa renuncia a la clausura definitiva, en esa aceptación de que siempre habrá
algo que se nos escape, reside la nueva honestidad intelectual que el antropólogo
propone.
Geertz nos deja frente a un
reflejo que a nadie le gusta mirar demasiado tiempo. "Vernos a nosotros
mismos entre los otros", escribe, "como un ejemplo local más de las
formas que localmente adopta la vida humana, un caso entre casos, un mundo
entre otros mundos".
Esta es quizás la consecuencia
más difícil de aceptar para quien lee estas páginas desde la comodidad de
cualquier capital occidental. Que nuestras propias formas de entender la
justicia, la belleza o la verdad no son más universales que las de un campesino
javanés o un comerciante marroquí. Que también nosotros somos locales. Que
también nosotros somos exóticos para alguien.
"Si a la antropología
interpretativa le espera alguna tarea en el mundo", concluye Geertz,
"es mantener viva esa verdad fugitiva".
Así, sin grandes declaraciones
ni pretensiones de eternidad, Geertz nos hizo ver la posibilidad de seguir
haciéndonos preguntas en un mundo donde todas las respuestas definitivas
resultaron ser espejismos temporales.
Si llegaste hasta este punto de
la nota cuéntame ¿Te has preguntado alguna vez si eso que crees es solo tu
forma local de ver las cosas? Me encantaría leer tu opinión en los comentarios.
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Fuente consultada
Geertz, C. (1994). Conocimiento
local: Ensayos sobre la interpretación de las culturas. Ediciones Paidós.
(Trabajo original publicado en 1983).