viernes, 22 de junio de 2018

Primera caída de nieve en la Plaza de Mayo

191822 de junio – 2018
1º Nevada en la Plaza de Mayo
Hoy se cumple 100 años de aquel 22 de junio de 1918, donde aconteció la primera de nevada fuera de lo común que ocurrió en esta zona metropolitana de Argentina.
La nevada que se produjo en Buenos Aires fue la más notable que se haya visto en Capital Federal, hoy Ciudad de Buenos Aires, y el norte de la provincia de Buenos Aires, hecho evidenciado por la foto de la época.
El Cabildo y la Catedral de Buenos Aires con el blanco de la nieve en la Plaza de Mayo.

miércoles, 20 de junio de 2018

Día de la Bandera

¿Por qué se festeja hoy el Día de la Bandera?
Desde 1938, cada 20 de junio se honra a la enseña patria. A qué se debe el homenaje.
En esta fecha, y por un decreto, se honra la memoria de Manuel Belgrano, creador de la bandera nacional, quien murió el 20 de junio de 1820, a los 50 años, en Buenos Aires, que por entonces formaba parte de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El 8 de junio de 1938, el presidente Roberto M. Ortiz decretó por la Ley 12.361, con aprobación del Congreso, que cada 20 de junio se celebraría el Día de la Bandera.
Belgrano falleció cuando la hidropesía que lo había enfermado consumió su salud en plena Anarquía del Año XX. Cuenta la historia que luego de ser examinado por el médico escocés Joseph Redhead pagó con un reloj de oro, pero el profesional optó por no cobrarle. Para entonces, el padre de la insignia Patria estaba sumido en la pobreza e insistió para que el médico aceptara el reloj con cadena de oro y esmalte, que le había obsequiado el rey Jorge III de Inglaterra, a modo de intercambio.
Según su última voluntad, el cuerpo de Belgrano fue amortajado con el hábito de los dominicos y llevado al Convento de Santo Domingo donde quedó sepultado en un atrio. Debido a las carencias económicas de su familia la lápida de la tumba debió ser improvisada con el mármol de una de las cómodas de la habitación de Miguel, hermano de Manuel.
La Creación de la bandera
Un óleo muestra al General Manuel Belgrano alzando la bandera argentina.
La insignia patria fue creada el 27 de febrero de 1812 durante la gesta por la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
¿Por qué se creó la bandera?
El General Belgrano vio la necesidad de crear un emblema para distinguir a su ejército de las tropas enemigas y que diferenciara al país naciente "de todas las naciones". Quería que sus soldados tuvieran un símbolo propio durante el combate que les recordase su juramento de dar la vida por la Patria.
La bandera tal cual la conocemos fue inspirada en aquella que creó Belgrano siguiendo los colores de la escarapela, celeste y blanca, instituida por un decreto del 18 de febrero de 1812 del Primer Triunvirato.
A diferencia de la actual insignia, la creada por el General tenía dos franjas verticales, una celeste (no se conoce cuál era la intensidad del color) y otra blanca. Esa bandera fue enarbola por primera vez en Rosario en dos baterías de artillería ubicadas en orillas opuestas del río Paraná.
La bandera oficial fue establecida por el Congreso de Tucumán como símbolo patrio mediante la ley del 26 de julio de 1816: se dividió en tres franjas horizontales de igual tamaño, de color celeste la superior e inferior y de color blanco la central, a la que se le agregó el Sol de Mayo (por ley del 25 de febrero de 1818).
Fuente: https://www.infobae.com/sociedad/2018/06/20/por-que-se-festeja-hoy-el-dia-de-la-bandera/

21 de Junio de 1948

Mañana se cumplirán 70 años de la salida del primer vinilo
Una historia para contar en 33 o 45 revoluciones por minuto
El 21 de junio de 1948, Columbia anunció la publicación comercial del Concierto en Mi Menor Opus 64, de Mendelssohn, por Nathan Milstein y la Orquesta Filarmónica de Nueva York. Luego, puesto en jaque por el CD y el mp3, el formato hoy experimenta un resurgimiento.
Por Cristian Vitale
En 2014, el retorno del vinilo quedó sellado: fue el único soporte físico en aumentar sus ventas respecto de años anteriores. Imagen: Guadalupe Lombardo
Hay músicos, como Lito Vitale, que sepultaron al vinilo cuando el mercado mismo, allá por el alba de los ‘90, parecía firmar su lápida. “No estoy con la vuelta del vinilo, no tengo bandeja, no me interesa volver atrás”, dispara el tecladista, que prefiere devolver a su tiempo los discos del Mono Villegas, Manal, Almendra y Pink Floyd, que devoraba en su casa de Villa Adelina. “El primero que compré con guita mía fue Physical Graffiti de Zeppelin, ¡era tremendo!... pero ya fue: cuando apareció el CD fui feliz, porque por fin un soporte hogareño sonaba como las mezclas en el estudio. Descubrí mil detalles más de los que escuchaba en los viejos vinilos”, fundamenta el fundador de MIA (ver recuadro). Hay otros, en cambio, que no. Que aman al vinilo. Que transitaron esa larga agonía bajo congoja de melómano. Que se fumaron –y se siguen fumando– los soportes físicos y virtuales que sucedieron al precioso objeto durante casi treinta años. Pero la historia es cíclica, pensaban los mexicas (lo comprueba el mundo cada vez, con cada cosa), y ya es un hecho bienvenido el retorno a las bateas de los viejos y queridos discos analógicos de 30,5 centímetros de diámetro. Tanto que otro Litto de la música popular argentina –Nebbia– hace un alto espontáneo en medio de sus conciertos en España, y esboza su emoción por ver vinilos de Los Gatos en más de una disquería de Valencia. “Me encanta esto”, envía por mail a PáginaI12. 
¿A qué viene todo esto? No es a reflejar una vez más el retorno del vinilo, cuyo crecimiento es lento pero paulatino, sino a aprovechar tal ola ascendente para retroceder setenta años y evocar el momento cero del ciclo: el 21 de junio de 1948, día en que se publicó con destino de venta el primer disco de vinilo de la historia, tras la larga etapa gramofónica. Aquella del formato “pasta”, goma laca, durium, celuloide y/o victrolac, que le había puesto música a la primera posguerra. E incluso, en el caso de la goma laca, a la inmediata preguerra, esa que los historiadores eurocéntricos califican como “belle epoque”.
Al 21 de junio de 1948, entonces: se toma ese día como el origen popular del long play de vinilo porque, si bien ya había una circulación restringida destinada a los soldados que peleaban en la guerra y a emisoras radiales, fue cuando Columbia, a través del ingeniero Peter Goldmark, llamó a la prensa mundial con el fin de informar sobre los inicios de la comercialización del fonograma que se insertaría en el imaginario social de la segunda posguerra como una especie de vehículo salvador y sanador. El lugar escogido fue el hotel Waldorf Astoria y lo que se dio a conocer fue el minuto cero de la circulación mercantil de vinilos en dos formatos: el de 25,4 cm de diámetro (los famosos simples), y el de 30.48, que pasaría a la historia como long play. 
La puesta a punto de los primeros elepés se había retrasado siete años a causa de la segunda guerra mundial, pero la dura posguerra no fue obstáculo para el precioso nacimiento que, según la historia oficial, fue con el Concierto en Mi Menor Opus 64, de Mendelssohn, a cargo del violinista Nathan Milstein y la Orquesta Filarmónica de Nueva York, que había sido grabado en 1945 (de una toma) en el Carnegie Hall. Lo que pasó después explica casi toda la historia cultural y emocional de la segunda parte del siglo XX. Las 78 rpm fueron reducidas de inmediato a 45 (el formato de surco chico mimado de la RCA Víctor, contrincante directa de Columbia) y luego a las famosas 33 revoluciones, que explotaron, junto a la inercia del estado benefactor y el hi-fi, entre fines de la década del ‘40 y comienzos de la del ‘50.
Así permanecieron en el tiempo, pese a la crisis del petróleo de 1973, que disparó a las nubes el precio del policroruro de vinilo, hasta que primero el cassette y luego, a partir de 1982, el CD, empezaron a hacerle sombra, y terminaron por provocar una prolongada crisis que pareció ser terminal en los años finiseculares. El año 1988 fue el quiebre, ya que el CD superó en ventas por primera vez al viejo y querido vinilo, hasta que en el alba del siglo XXI, aún ante un contrincante más poderoso (la música en envase digital), revirtió la tendencia.
Es cierto que el vinilo ya no es la vedette del mercado musical, pero sí una piedra preciosa para melómanos, redescubridores de pasado en copa nueva, obsesos de la alta fidelidad, fetichistas, e incluso nuevas generaciones que, refractarias al millennialismo gaseoso de la era, recurren al buen sonido en retrospectiva histórica. Son la facción vinílica que está transformando lo que parecía un revival sin destino en su fórmula opuesta: un destino sin revival. En efecto, las cuevas (no solo de Buenos Aires sino, como marca Nebbia, de las principales ciudades del mundo), han vuelto a destinar la mayoría de sus bateas a LPs que ya no son las joyas del abuelo sino también a ediciones cero kilómetro.
La bisagra de tal resurgimiento ocurrió puntualmente en 2014, cuando fue el único soporte físico en aumentar sus ventas respecto de años anteriores. Todo el resto, que incluye también temas de descarga virtual paga, vieron decaer sus ganancias. Las estadísticas de principios de siglo en la meca del formato (Estados Unidos) marcan que el precio promedio del vinilo viene subiendo desde 2007 –aunque con un bajón coyuntural en 2010–, y tal aumento se corresponde con la cantidad de publicaciones que, solo durante 2012, registraron cuatro millones y medio de copias en el país del norte; dos millones en otro país melómano (Alemania) y casi medio millón en Inglaterra, país en el que, solo en 2014, se vendieron cerca de un millón de vinilos nuevos. En la Argentina, la publicación de LPs es por supuesto mucho menor. De todas maneras, Diego Boris, presidente del Instituto Nacional de la Música (INAMU), considera como una muy buena noticia que el formato esté vivo. “Recuperar la ceremonia de sacar un disco de su portada, ponerlo en la bandeja, y sentarse a escuchar es asignarle un tiempo a algo muy importante: disfrutar del arte”, dice Boris, que trabajó duro para recuperar parte del catálogo de Music Hall. Ese logro determinó reediciones clave como el primer y único disco de Los Gatos Salvajes, además de toda la saga de Pappo’s Blues, y Nayla, de David Lebón. Y espera próximas publicaciones de Pez, Pablo Dacal y Argonautas.
¿Qué opinan los músicos?
La explicación que da Lito Vitale para justificar por qué los discos compactos implican una “evolución” respecto de los vinilos en el mundo del sonido pasa por su uso casero. El “no estoy con la vuelta del vinilo” que encabeza esta nota tiene su explicación en la utilidad del CD para facilitar los programas de grabación multitrack en computadoras caseras. “Esto me parece una genialidad, porque suma recursos. Quizás el efecto colateral es que cualquiera, con un poco de imaginación y cancherismo, puede grabar una canción. Pero pongamos que ladris hubo y habrá siempre, ¿no? Entonces digo que vivan el CD y la grabación digital, y no a la vuelta al pasado de ruidos de púa, limitación en rango dinámico, bandejas que acoplan y miles de etcéteras”, sentencia Vitale. Por supuesto que la bala pega directo en el corazón de otros músicos. Del Tata Cedrón, por caso. “El primer vinilo que recuerdo fue de Rosita Quiroga, y todavía lo tengo, como muchos otros. Me gusta más escuchar vinilos que CDs, tienen un sonido más largo, más amplio”, sostiene el creador del histórico cuarteto.
Federico Gil Solá, exbaterista de Divididos, tiene un punto de vista intermedio. “Mi relación con los vinilos, en su momento, iba más allá de la música y no pudo ser igualada ni por el cassette ni por el CD. Menos aún con la llegada del mp3 y las bajadas virtuales. Pero también pienso que, al menos en la Argentina, hay un elemento de moda, elitista. Los discos de vinilo necesitan un masterizado especial, ya que los surcos se vuelven cada vez más finos a medida que la púa va desde afuera hacia adentro, y eso hace que haya que compensar los graves. Muchos de los discos fabricados hoy no tienen esto en cuenta, con lo cual el que los compra está comprando un CD en vinilo, mucho más caro. A diferencia de Estados Unidos, aquí cuestan entre ocho y diez veces más”, dice Solá, que vivió en Nueva York entre 1976 y 1990, y solía quedarse disquerías de esa meca. “Pasaba mi tiempo libre en Rather Ripped, una disquería de Berkeley que tenía discos raros. También iba a Leopold’s y Tower Records, que estaban en la Durant Avenue, y a la vuelta de ahí, en Telegraph, donde estaban Rasputín, Universal, y Odyssey. Y solía quedarme en alguna hasta que me echaban” 
Miguel Cantilo, por su parte –y en plan más nostálgico– viaja hasta 1964 para posarse en el primer vinilo que lo fascinó: With The Beatles. “Con la aparición de los Beatles, los vinilos se convirtieron en un objeto de culto. Lo primero que tuve en mis manos fue un doble, 45 rpm con cuatro de los temas que después integrarían Please, Please Me. Pero antes recibí With The Beatles y me embrujaron todas sus canciones. Todavía hoy, cuando observo su portada me produce una extraña sensación que me remonta al efecto que provocaba en mí aquella fotografía blanco y negro”. Por su parte, Juan Falú, que entre sus vinilos predilectos conserva el seminal Caymmi visita Tom, retoma la dimensión ideológica de la temática, y va por el lado del “sometimiento” virtual. “Hoy, la tecnología decide por nosotros. En el caso de la música, hay herramientas para convivir con músicas todo el tiempo y eso, en manos de las multinacionales, es un peligro. Con el vinilo, en cambio, se puede escuchar lo que uno decide y librarse de la tentación de tener fácilmente todas las músicas, en todo momento y en todo espacio. Ganaríamos silencio, que es el origen de la música”, observa el guitarrista tucumano
Horacio Salinas, pionero del grupo chileno Inti Illimani, retoma la cuestión del sonido. “El vinilo vuelve porque la música luce mejor en este formato amplio y rotundo. En los hechos se escucha mejor, dado que hay muchos más armónicos dando vueltas, las famosas veinticuatro pistas”, señala el guitarrista, cuyo primer vinilo fue uno que se llamaba Todo Violeta Parra, publicado en 1962. “Un disco crucial –recuerda– para entender el modo en que ella pasa de las recopilaciones a la madurez de sus últimas composiciones”. Tito Losavio, en cambio, no es tan apologético, y ubica el foco en el factor guita. “El retorno del vinilo y sus reproductores es una cuestión de consumo suntuario de empresarios o fanáticos cuarentones que tienen dinero como para darse ese lujo. Igual está bien el retorno, sobre todo si alguno te invita a escuchar discos a su casa”, se ríe el ex Man Ray, cuyo primer 33 rpm fue Her Satanic Majesties Request, de los Stones. Otro fue Abbey Road. “Cuando lo vi en la disquería de mi barrio, fui corriendo a casa, me arrodillé y le rogué a mi vieja que me diera dinero para comprarlo”, evoca el violero, cuyo padre trabajaba como productor para Odeón. “Yo lo acompañaba a la fábrica de discos y recuerdo muy bien el olor, las planchas de vinilo que los operarios levantaban con espátulas y colocaban en las prensas que tenía colocadas las matrices del disco, arriba y abajo. Los tipos las bajaban, salía un vapor, abrían la prensa y ahí estaba el long play, calentito”.
La opinión de Marian Farías Gómez, en tanto, choca con la tesis Vitale. “Me parece buenísimo el resurgimiento del vinilo. El sonido es mucho más claro y brillante, porque que no está compactado. Bajé los míos a CD y cuando escucho ambos formatos, la diferencia es notable. Lo que no entiendo es porqué tienen que ser tanto más caros que los CDs”, sostiene la hermana del Chango, tomando como ejemplos todos sus LPs, desde el primero que grabó en carácter solista, en 1967. “No es el que más me conmovió, tal vez porque era muy joven y grabarlo fue casi una exigencia de Odeón”, refiere la cantora, acerca de un dramita que no se repitió en el resto: el de Contraflor al Resto, por caso, o Marian, editado por Trova en 1971. Otro que opina es Antonio Tarragó Ros, cuyo fetiche propio preferido es Tarragoseando. El chamamecero considera que el resurgimiento del formato es una “lucecita al final del túnel tenebroso que nos propina la llamada música electrónica”. “Es regresar al rito de ver con los oídos un mundo mágico”.
Dos melómanos de la generación intermedia son, indudablemente, el ex Super Ratones Fernando Blanco y Alejandro Guyot, cantor de 34 Puñaladas. El primero, tras repasar una larga vida devorando esas pizzas negras de petróleo (discos de Queen y Beatles rodando en un viejo Grundig), lamenta que los vinilistas de hoy sean minoría dado que “nada se compara con el sonido de un buen vinilo”, mientras que Guyot, que también creció con la oreja pegada a un combinado que eyectaba las voces de Gardel, Corsini, Margarito Tereré, y Tormo, también está con el movimiento vinílico. “El regreso ya instalado del formato tiene que ver no sólo con que suena con más profundidad y más ‘filo’, sino también con que hoy estamos viviendo una especie de atomización de los soportes en spotify, bandcamp o youtube. Creo que vinilo volvió para cubrir la necesidad de algunos músicos de publicar sus trabajos en un formato en el que su obra se materialice en forma de objeto que pese, que tenga colores y textura. Por eso sigo escuchando vinilos en una bandeja de los ‘70, que encontré caminando por Chacarita”. 
Raúl Porchetto, por su parte, acaba de llevar todo esto a la práctica mediante Sombras en el cielo, su flamante disco. “Me llevó más de un año de trabajo hacerlo, porque no me gusta que mi música suene como en un celular, me gusta que suene como un vinilo. Y las nuevas generaciones, que escuchan música en tablets y celulares, escuchan mal”. Otro de su generación, Héctor “Pomo” Lorenzo, se ubica en el bando de Lito Vitale, pero desde otro lugar. 
“La vuelta del vinilo responde más a la devaluación cultural que otra cosa –asegura–. Exceptuando los discos inéditos, que los hay y muy buenos, personalmente es algo que me paraliza, me trastoca, porque creo que nada puede tener tanto peso y originalidad como el fenómeno producido en su tiempo y espacio”, contraataca el exbaterista de Pappo`s Blues e Invisible, que compró su primer disco (el simple “Purple Haze”, de Hendrix) junto a Tanguito en una disquería de la avenida Corrientes. “No sé, es como querer encerrar la mística de una época en una de esas bolas con nieve adentro que, aunque sepas que la estás mirando de afuera, te deja sentir algo de la seguridad que encierra. Al mismo tiempo, me resulta metida por la fuerza porque convive con un revival de nostalgia, de clones y reemplazos y con una enorme oferta de entretenimiento vacío, y se consume igual que el resto de las cosas de moda, como algo efímero y fragmentario. Así se pierde de vista el concepto y creo que sin concepto no hay obra ni artista”, sentencia Pomo, en otro de los intentos por empardar posiciones. “Esto no quiere decir que mi relación con ello, en tiempo y espacio, haya sido romántica. El audio del vinilo tenía un rango dinámico muy amplio. Cada frecuencia ocupaba un espacio físico por su propio peso, cosa que no ocurre ni siquiera con el CD, en el que todo tiene el mismo valor... y ni hablemos del mp3”, determina, echando más sal a un tema de por sí salado.
Setenta años atrás, esto no pasaba.
Fuente: Diario Página 12 / Cultura y Espectáculo / (miércoles 20 de junio de 2018).
https://www.pagina12.com.ar/122828-una-historia-para-contar-en-33-o-45-revoluciones-por-minuto

sábado, 16 de junio de 2018

Cultura ...

La cultura de Argentina es diversa, debido a que es un país multicultural, como consecuencia de la variedad geográfica y la presencia y combinación de las muchas identidades étnicas de los grupos que fueron contribuyendo a su población, principalmente de Europa.
El escritor Ernesto Sabato ha reflexionado sobre la naturaleza de la cultura argentina del siguiente modo: “Fracturada la primitiva realidad hispanoamericana en esta cuenca del Plata por la inmigración, sus habitantes venimos a ser algo dual, con todos los peligros pero asimismo con todas las ventajas de esa condición: por nuestras raíces europeas vinculamos de modo entrañable el interior de la nación con los perdurables valores del Viejo Mundo; por nuestra condición de americanos, a través del folclore interior y el viejo castellano que nos unifica, nos vinculamos al resto del continente, sintiendo de algún modo la vocación de aquella Patria grande que imaginaron San Martín y Bolívar.” (1)
La cultura argentina tiene como origen la mezcla de otras que se encontraron durante los años de las inmigraciones. En cuanto a sus ideologías se destacan su pensamiento y lenguaje social-demócrata, la fe en la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos.
Existe en el país una gran diversidad de actividades culturales y una importante actividad artística, en el teatro, la pintura, la escultura, la música, la literatura. Se ofrecen en todas las ciudades más importantes del país y fundamentalmente en Buenos Aires, diariamente, conferencias, conciertos, exposiciones, museos, cursos, funciones de teatro y ballet. Las salas de cinematografía y espectáculos abundan en todas las ciudades más grandes. La música popular como el tango, el folclore, destacando, inicialmente el tango era puro folclore urbano de las ciudades de Buenos Aires, Montevideo y Rosario pero con el fin de la "Guardia vieja" y el inicio de los tangos canción de Pascual Contursi y Carlos Gardel dejó de ser estrictamente parte del folclore argentino al dejar de ser folclore “stricto sensu al ya tener autores y protagonistas conocidos, en todo caso el tango siempre se ha mantenido, pese a su difusión internacional, como una de las músicas típicas de Argentina junto con las otras músicas folclóricas argentinas, y el rock nacional argentino con el denominado entre los 1960 y 1980 “Música progresiva” y “Nueva Música Urbana Argentina”, que es interpretada y bailada en ámbitos especializados y en lugares de asistencia masiva de público.
La educación fue considerada una de las más avanzadas y progresistas de América Latina junto a Cuba y Uruguay que actualmente ha perdido mucho del valor la educación, debido a la herencia privativa de las políticas en la década de 1990, como las crisis económicas del 2001 y 2002 que dejó a mucha gente en la pobreza. (2) Sin embargo, los últimos estudios demuestran una lenta, pero constante recuperación con las nuevas políticas de inclusión social del gobierno argentino.
“Las tendencias de la cultura argentina hoy, en un solo libro

Cómo se lee, cómo son los encuentros amorosos, qué lugar ocupa la comida. El cuerpo, el teatro, el tango...

“Provoqué a mis colegas diciéndoles ‘no contemos todo lo que pasó hacia atrás, no citemos autores, no hagamos una reconstrucción de nuestras tradiciones, contemos qué está pasando hoy en cada campo, cuáles son las tendencias'” dice Luis Alberto Quevedo para explicar cuál fue la propuesta que culminó en La cultura argentina hoy. Tendencias (Siglo XXI, Fundación OSDE), libro del que es compilador y autor de uno de los artículos. A su nombre se suman el de Néstor García Canclini, Darío Sztajnszrajber, Gustavo Varela, Matías Bruera, Jorge Dubatti, Ariana Vacchieri y Luciana Castagnino, José Natanson, Rubens Bayardo, Marcelo Urresti, Silvia Citro y Patricia Aschieri, Mariana Chaves y Silvia Elizalde. Estos calificados especialistas recorren desde el concepto mismo de “tendencia” a las nuevas formas de leer, las “maneras de mesa”, la escena teatral, la política, la desnaturalización del cuerpo, el encuentro amorso…A juzgar por el resultado, la consigna de Quevedo resultó eficaz, ya que cada uno de los artículos es iluminador en relación con el área que aborda y aporta algo nuevo, un dato, una mirada, una reflexión con la que el lector tiene la seguridad de no haberse encontrado antes.
-¿Puede hablarse de una cultura argentina en un momento en que incluso varios artículos del libro dan cuenta de un proceso de ‘desterritorialización’ cultural?
-Ante la pregunta de si existe una cultura argentina hoy mi respuesta es que sí en un sentido general, porque todos los procesos culturales tienen una marca de identidad de lo local. Hoy es muy fácil hablar de los fenómenos de la globalización, pero el modo en que impacta la globalización en cada país, en cada región, incluso en cada ciudad y en cada sector social es particular. Por otro lado, hay en cada uno de nuestros países y regiones sedimentos culturales que están presentes: somos hijos de una literatura, de una pintura, de una radio, de una tradición oral o de una manera de comer y eso para mí forma marcas de identidad cultural. En la Argentina hay rasgos culturales propios, por ejemplo, en la manera de incorporar las tecnologías, en la expresividad y disfrute del teatro como lo dice Jorge Dubatti, o en las “maneras de mesa” como diría Levi-Strauss, de las que habla Matías Bruera. El libro cobra potencia porque trata de mirar algunos fenómenos que a veces son invisibles. Voy a poner dos ejemplos. El primero es la apropiación del espacio público, qué sucede con eso hoy con los jóvenes, ya sea con los skaters o con los chicos que salen a tomar cerveza en la esquina, de qué manera se apropian de él. O qué sucede con la política. El otro ejemplo tiene que ver con Internet, con la Web, algo sobre lo que todos sabemos. Sin embargo, algunos fenómenos como el de los booktubers son menos visibles.
-El artículo de Néstor García Canclini sobre cómo y cuánto se lee da una respuesta a un fenómeno difícil de explicar: por qué a la Feria del Libro asisten más de un millón de personas y eso no tiene un correlato en la venta de libros.
-Sí, García Canclini, dice que la tendencia cultural de hoy en relación con la lectura nos obliga a revisar metodologías, formas de trabajar en relación con la apropiación que hacen los jóvenes de los productos culturales. El artículo de Ariana Vacchieri y Luciana Castagnino sobre las narrativas transmedia que habla de las formas de la lectura de estos booktubers plantea cómo están leyendo los jóvenes y de qué manera circulan entre ellos las referencias. Un fenómeno nuevo es la caída de los referentes consagrados y la inauguración de la tendencia de los referentes horizontales. Dos ejemplos: los chicos jóvenes que leen libros les recomiendan a otros chicos jóvenes que lean esos libros. Eso no es algo que ha pasado siempre en la cultura argentina ni en la global. Ernesto Schoo era un señor muy culto que hizo crítica literaria durante 50 años y marcaba una tendencia a partir de un lugar de saber, de su experiencia de enorme intelectual. Ahora se da lo contrario que es la horizontalidad, el que recomienda es el par y lo hace con un lenguaje que no tiene nada que ver con la crítica literaria. El otro ejemplo interesante lo da Dubatti y es el de Felisa. Felisa es alguien como mi mamá que va al teatro y le dice a su amiga: “Mirá, me gustó. El vestuario para mí está bien, las actuaciones son geniales, la pasás muy bien, el teatro es muy lindo, así que andá”.
-Y califica la obra con un cierto número de Felisas.
-Exacto. Siempre que se habla de tribus se habla de jóvenes, pero también una señora grande que está en la web, que usa Internet, como Felisa funciona como una tribu urbana. Esa es una manera no diría de eliminar la vieja crítica, pero sí de interrogarla porque la crítica tradicional de cine, de teatro, de libros, siempre fue muy erudita. Alguien que quisiera jactarse de ser crítico literario tenía que ser muy formado. Felisa, no.
-Hemos olvidado el carácter social de la lectura, pero la lectura individual, silenciosa, es algo tardío.En Cuba había lectores que leían en voz alta para los obreros de las fábricas. Es decir que a través de la web se recupera en parte esa función social.
-Sí, es cierto. Leemos solos y en silencio desde hace muy poco, porque para hacerlo de ese modo había que saber leer. Se extiende la lectura silenciosa desde el fin del siglo XIX y principios del XX en que comienza a expandirse la matrícula escolar. Lo interesante de lo de Cuba y de otras experiencias similares es que luego vino la radio y luego la televisión y no anuló la lectura. En el libro me pregunto cuáles son los rasgos de la cultura argentina referidos a la lectura. Por ejemplo, la Feria del Libro de Frankfurt, que es una feria de negocios, no es igual que la Feria del Libro argentina que es de lectores que no sólo van a ver y comprar libros, sino también a ver un escenario, a ver escritores. Hay una espectacularización del libro. Por ejemplo, vino Leonardo Padura. Es un producto cultural que trasciende su obra porque, además, su escritura es árida, compleja, no es Paulo Coelho.El hombre que amaba los perros es un libro denso desde el punto de vista político. Él transciende todo eso y se sienta a la mesa de Mirtha Legrand que quizá no lo ha leído o sólo tiene alguna referencia. Este es un país de pasiones fuertes, nosotros decimos que somos muy “cholulos”. A los lectores les gusta ir a ver al que escribe, tocarlo, saludarlo, hacer que le firme el libro. Aquí se dan fenómenos de masas con los escritores. En el año anterior, el stand más visitado de la Feria del Libro de Guadalajara fue el de un booktuber. Este es un fenómeno cultural raro, que se mimetiza con el mundo de las letras pero que no es de ese mundo. Allí aparece un tema que toma García Canclini y que creo que es clave, que hay otras escrituras. Hacer un buen video, subirlo a Internet y tener éxito es una destreza de escritura con imágenes que se ejercita popularmente, hay miles de personas que lo hacen. Se está escribiendo de otras maneras, con otros lenguajes y también la circulación se hace de otra forma. Me interesó captar cómo impacta eso en la Argentina.
-¿Qué diferencia hay entre una tendencia y una moda?
-Una tendencia de un fenómeno efímero. La palabra tendencia marca aquello que deja una huella más honda, es algo que vino para quedarse, aunque sólo sea un tiempo, como todo en la cultura. Voy a poner el caso del teatro porque eso es ya una tendencia muy consolidada. Lo que Dubatti nos cuenta en su artículo es que la ciudad de Buenos Aires tiene una marca que no se da en la mayoría de las ciudades del mundo que es la densidad teatral, tiene más butacas teatrales que Londres o París. Esto comienza en la posdictadura, no hay que olvidarse que Teatro Abierto fue un hito. El teatro permitió la expresión de los autores, directores, creadores jóvenes. Allí comenzó a forjarse algo que hoy transforma a la Ciudad de Buenos Aires en un lugar distinto respecto del teatro. Otro tanto diría del tango que tuvo su época de gloria y luego una caída y una decadencia porque pasó a reductos más de culto dado que fue tragado por la música pop de los 60 y los 70. Sin embargo, en los últimos diez o 15 años renace desde los jóvenes y eso se instala como una tendencia.
-¿La vuelta de tuerca sobre el pasado es tendencia?
-Claro, el tango es bueno porque está vivo, porque habla de hoy, pero también porque recoge una tradición histórica, porque mira para atrás, porque dialoga con el pasado. Esto tan argentino, a su vez, forma parte de una tendencia mundial que es la moda retro que mira hacia el pasado para crear hoy. Hoy el pop está en todos lados aunque fue un fenómeno de los 60. En la Argentina hay un resto de moda Evita permanente en el rodete, el vestuario. La moda retro está en todas partes, pero aquí tiene una marca particular, porque no se vuelve a cualquier lugar.
-¿Ya no hay espacios culturales cerrados?
-Los autores del libro nos dicen que muchos de los espacios que eran estudiados de modo independiente hoy atraviesan paredes y circulan por otros territorios. Dubatti marca el fenómeno de la transteatralidad, por ejemplo. Es decir, lo que antes lo pensábamos en el espacio cerrado, con butacas y escenario, hoy está diseminado en muchas escenas. En el debate que se dio entre Scioli y Macri, por ejemplo, lo teatral tuvo mucho que ver. Incluso una de las críticas fue a la iluminación, lo cual es una crítica teatral, lo mismo que las referencias al vestuario de cada candidato. Creo que Dubatti olfatea la tendencia de que lo teatral desborda la específico de la escena y que esa diseminación se produce de acuerdo con reglas que se comparten. Otro tema interesante es el de las nuevas formas de la sexualidad y el amor. Los jóvenes y también los adultos encontraron en las tecnologías la capacidad para producir redes de encuentro, de sociabilidad. La cara gráfica de la web es de 1994 es decir que apenas tiene sólo 21 años, pero produjo grandes modificaciones en las relaciones. Lo corpóreo tiene ahora otro espesor, lo virtual es tan importante como lo presencial. Antes el cuerpo estaba en el encuentro cara a cara, pero ahora está también en la web.
-Otro tema interesante en relación con el cuerpo es el de su desnaturalización.
-Sí, el cuerpo es un territorio de operaciones en el doble sentido de la palabra, tanto de operaciones quirúrgicas como de la habilitación de la sociedad para que se pueda contestar a la pregunta “¿Cómo querés ser? Si durante en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX hubo un Fordismo del cuerpo -todos los cuerpos tenían que ser iguales, la escuela nos uniformaba- a fines del siglo XX y principios del XXI se nos pregunta cómo queremos ser y se nos habilita para tatuarnos, perforarnos, operarnos. Cuando una marca de fitness dice “traé el cuerpo que tenés y llévate el que querés” juega con un imaginario instalado sobre la posibilidad de hacer del cuerpo lo que queremos. Detrás de esto existe toda una industria de la estética, desde las cremas a las prótesis y la alimentación, que le quitan al cuerpo su carácter natural. En las sociedades de mercado siempre hay una promesa incumplida de las publicidades, pero el pacto que tiene esa maquinaria con el individuo que quiere modificar su cuerpo es “voy a creer que sí”.
– ¿Se impone el artificio?
-Sí, y eso es una tendencia insoslayable. Freud decía “el cuerpo es un destino” Hoy lo que se postula es que el destino lo forja uno. Pero esa desnaturalización no se hace de cualquier manera, tiene reglas. No se sigue una sola estandarización, las estandarizaciones se han multiplicado, pero no han dejado de existir.” (3)
Bibliografía consultada
1)- Ernesto Sabato, La cultura en la encrucijada nacional (p 17-18). Bs. As. Sudamericana, 1975.
2) - “Human development index 2007 and its components: Education Index” UNDP. 2007.
3)- Tiempo Argentino, Mónica López Ocón