HISTORIA
El hombre que descubrió el imperio oculto detrás de los rieles
En
la Argentina de los años 30, mientras el país atravesaba la llamada Década
Infame, Raúl Scalabrini Ortiz levantó una denuncia que iba mucho más allá de
los trenes. Escritor, periodista, ingeniero agrimensor y una de las grandes
voces del pensamiento nacional, comprendió que la dependencia argentina no se
explicaba solamente por tratados, deudas o presiones diplomáticas: también
estaba escrita sobre el mapa, en hierro, durmientes y tarifas ferroviarias.
La
Secretaría de Cultura lo recuerda como un intelectual que combatió, desde sus
ensayos, los métodos de sometimiento del imperialismo inglés para Scalabrini,
el ferrocarril no era apenas un medio de transporte. Era una herramienta de
poder.
En
sus investigaciones, especialmente en Historia de los ferrocarriles argentinos,
obra citada entre sus trabajos centrales de 1940, denunció que la red
ferroviaria manejada por capitales extranjeros había contribuido a organizar la
economía nacional según intereses ajenos al desarrollo argentino.
Su
mirada era contundente: quien controlaba los rieles, controlaba la producción,
el comercio, los pueblos, las distancias y hasta el destino de regiones
enteras. Por eso resumió una idea decisiva en una frase feroz: “El arma del
ferrocarril es la tarifa”. Con esa herramienta, sostenía, se podía favorecer
una zona, castigar otra, estimular ciertos cultivos, frenar industrias
nacientes o condenar al aislamiento a comunidades enteras. La historia
ferroviaria argentina parecía, a simple vista, una historia de progreso. Y en
parte lo fue: los trenes permitieron comunicar territorios, mover población,
abrir pueblos y dinamizar la producción agrícola y ganadera.
El
Museo Roca recuerda que los ferrocarriles cumplieron un papel clave en la
consolidación del modelo económico de fines del siglo XIX y comienzos del XX,
al facilitar el traslado de personas, bienes y producción. También señala que
la primera línea fue el Ferrocarril del Oeste, inaugurado en 1857 en Buenos
Aires. Pero Scalabrini vio el reverso de esa postal. La red no había sido
pensada principalmente para integrar provincias entre sí, ni para fortalecer
las economías regionales, ni para construir una nación equilibrada.
Su
estructura respondía a una lógica radial: las líneas principales convergían
hacia Buenos Aires, especialmente hacia el puerto, reforzando el esquema
agroexportador.
Un
documento de formación ferroviaria del Consejo Interuniversitario Nacional
describe justamente esa configuración radial hacia la Ciudad de Buenos Aires y
su vínculo con el modelo agrícola-ganadero pampeano. Allí estaba el corazón de
la denuncia scalabriniana: la Argentina había sido trazada como país proveedor.
Los
rieles llevaban carne, cereales, lanas y materias primas hacia los puertos,
mientras las manufacturas y los intereses financieros llegaban desde el
exterior. El ferrocarril, presentado como símbolo de modernidad, también podía
funcionar como una arquitectura silenciosa de dependencia.
Por
eso, para Scalabrini Ortiz, la cuestión ferroviaria era una cuestión de
soberanía. No se trataba solamente de quién era dueño de las locomotoras o de
las estaciones. Se trataba de quién decidía el rumbo económico del país.
Qué
regiones merecían crecer. Qué industrias podían nacer. Qué pueblos quedaban
conectados y cuáles eran borrados lentamente del mapa.
Esa
denuncia se volvió una bandera del pensamiento nacional y del revisionismo
histórico. Scalabrini mostró que un país podía ser dominado sin ser ocupado
militarmente. Bastaba con controlar sus bancos, sus puertos, sus tarifas, sus
transportes y sus caminos comerciales.
La
dominación moderna no siempre venía con soldados: a veces llegaba con balances,
concesiones, empresas, empréstitos y horarios de tren. Años después, aquella
causa encontró un hito histórico: el 1 de marzo de 1948, luego de décadas en
manos británicas, las líneas férreas pasaron a propiedad del Estado argentino,
según recuerda Educ.ar.
Para
muchos sectores, esa nacionalización significó mucho más que una operación
económica: fue presentada como un acto de recuperación soberana. Raúl
Scalabrini Ortiz no miró los trenes como máquinas.
Los
miró como venas de la patria. Y advirtió que, si esas venas respondían a
intereses extranjeros, el cuerpo entero de la Nación podía ser conducido hacia
un destino impuesto.
Su
mensaje sigue resonando porque no hablaba solo del pasado. Hablaba de una
pregunta que atraviesa toda la historia argentina: ¿quién maneja las
estructuras profundas del país?
Fuente
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