REFLEXIÓN
La última carta del Indio
Hay un ruido de platos vacíos en la Argentina.
Un sonido áspero.
Como ascensores cayendo dentro de hospitales
apagados.
Como tizas partidas sobre pizarrones gastados
en escuelas que ya no llegan a fin de mes.
Y mientras desde arriba venden épica financiera
con sonrisa televisiva, abajo la realidad mastica gente.
Los jubilados cuentan monedas como si fueran
balas sobrevivientes de una guerra perdida.
Les licuaron la vida despacito.
Primero los remedios.
Después la comida.
Después la dignidad de tener que elegir entre
calefacción o un paquete de arroz.
Y todavía aparecen predicadores del ajuste
diciendo que el sufrimiento “era necesario”.
Como si el hambre fuese una materia
universitaria.
Como si ver ancianos revolviendo descuentos
fuera parte del equilibrio fiscal.
Los laburantes tampoco llegan.
El sueldo dura menos que un semáforo en verde.
El consumo se desplomó porque ya no se compra:
se sobrevive.
La heladera parece un teatro abandonado después
del saqueo.
Y en las calles hay persianas bajas como
párpados cansados.
Construcciones detenidas.
Fábricas respirando por tubos.
Comercios vacíos donde antes había ruido de
monedas y olor a pan caliente.
La recesión avanza como hollín pegado detrás de
las paredes.
Silenciosa.
Espesa.
Entrando en las casas mientras algunos
influencers del mercado festejan numeritos como si la economía fuera un
videojuego sin cadáveres.
También le metieron motosierra a la educación y
a la salud.
Universidades asfixiadas.
Hospitales universitarios peleando por insumos
básicos.
Docentes agotados enseñando entre ruinas presupuestarias
y techos que lloran goteras.
Pero en la televisión hablan de libertad.
Siempre libertad.
Aunque millones estén cada vez más presos del
miedo, de las deudas, de la angustia de perder el trabajo.
Y entonces aparece el gran truco del circo:
hacerte creer que la crueldad es valentía.
Que insultar es gobernar.
Que destruir es sincerarse.
Que el ajuste sobre los cuerpos cansados del
pueblo es una especie de purificación divina.
Hay fanáticos aplaudiendo el incendio mientras
el humo les entra por debajo de la puerta.
Gente defendiendo verdugos porque aprendieron a
odiar más de lo que aprendieron a pensar.
Y lo más oscuro no es el personaje delirante
que grita desde el escenario.
Lo verdaderamente oscuro es una sociedad
agotada, partida, furiosa… que empezó a normalizar que le rompan el alma
a los más débiles mientras le llaman “cambio” al derrumbe.
La Argentina no se está quedando sin plata
solamente.
Se está quedando sin alma.
Sin paciencia.
Sin futuro.
Y cuidado… porque cuando un pueblo ya no
siente el dolor del otro, el monstruo deja de gobernar desde arriba.
Empieza a vivir adentro de todos.
Indio Solari
05/06/2026
Fuente consultada
FM Horizonte 963
