miércoles, 1 de marzo de 2017

El Genocidio del Pueblo Paraguayo

La guerra de la “Triple Infamia” y el genocidio del pueblo paraguayo
El 1 de marzo de 1870 moría el Mariscal Solano López en Cerro Corá.
“La guerra devastó al Paraguay en una medida desconocida en la historia americana. De 1.300.000 habitantes sobrevivieron 300.000, la mayoría mujeres y niños”.
Efraím Cardozo.
 “Breve historia del Paraguay”.
Pág. 109. 

Las dos pistolas de Gaspar Francia. El “dictador perpetuo” Política proteccionista. Reforma agraria. Sin vagos y mal entretenidos. Carlos Antonio López profundiza el modelo. La política internacional y la militarización. Solano López, el sucesor. Modernización y desarrollo del Paraguay. Contra los intereses del imperio. 3. La Guerra: sus actores y causas. Las razones de la conflagración. Por las libras esterlinas. Los ingleses: Los hermanos Baring y Rothschild. Objetivos geopolíticos de Inglaterra. En busca del algodón. Motivos aliados. Otro round de “Civilización vs. Barbarie”. Una guerra inédita en Latinoamérica. Uruguay, la primera batalla. La masacre de Paysandú. ¿Y Urquiza?. Reacción paraguaya y el paso por Argentina. El ardid propagandístico de Mitre. “Tratado de la Triple Alianza”. Las primeras batallas. Mitre y la estrategia militar. Después de Humaitá. Solano López y la resistencia final. El heroico final del Mariscal en Cerro Corá. Una nación exterminada y saqueada. 4. El genocidio del Pueblo paraguayo. Las cifras del horror. Un genocidio. Ocultado por la historia universal. Paralelo con el genocidio armenio. Contra la nacionalidad paraguaya. Testimonio genocida de Sarmiento. La ejecución material. La masacre de Acosta Ñú. Responsable material. 5. Epílogo en forma de homenaje al pueblo paraguayo.

1. Introducción

El 1 de marzo de 1870 moría el Mariscal Solano López. Fue prácticamente el final da Guerra del Paraguay ocurrida entre 1865 y 1870. Este proceso histórico ha sido, sin duda alguna, el más funesto y doloroso hecho de la historia de la América hispana. Llamada de la "Triple Alianza", fue un enfrentamiento bélico sin precedentes donde la República Argentina, “Su Majestad” el Emperador del Brasil y la República Oriental del Uruguay se aliaron en una guerra fraticida contra el Paraguay del Mariscal Francisco Solano López.
En nuestro país, se ha enseñado dentro del marco de “la historia oficial-escolar” la guerra de la “Triple Alianza” de la siguiente manera: Que Argentina se vio obligada a intervenir en el conflicto para lavar su honor nacional lesionado por la sorpresiva invasión de las fuerzas paraguayas. Que se fue a la guerra en defensa de los principios democráticos y civilizadores, contra la barbarie del Dictador Francisco Solano López que tenía sometido y atrasado al pueblo guaraní. Y que, debido a un supuesto altruismo argentino, no obtuvo nuestro país ninguna ventaja material después de la victoria.
Esta versión en la actualidad no resiste el menor análisis. Los cuestionamientos a la historia oficial empezaron contemporáneamente a los hechos con los escritos de Carlos Guido y Spano y las denuncias de Juan Bautista Alberdi. Los estudios revisionistas que se consumaron posteriormente, con investigaciones documentadas, expusieron los intereses económicos, los factores geopolíticos y las líneas ideológicas que se conjugaron para gestar la guerra de 1865-70.
En 1954, el historiador José María Rosa publica “La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas”, obra canónica del pensamiento nacional y de lectura ineludible para comprender la naturaleza y los alcances de la conflagración. Este trabajo monumental abrió camino para que otros historiadores revisionistas profundizaran el tema.  De allí en adelante, la historia oficial se derrumba y la verdad histórica se abre paso para grabar en la memoria colectiva de la patria grande un genocidio sin paralelo en la vida de América Latina. 
2. El Paraguay de la preguerra

Los hombres del Paraguay soberano

Es imprescindible, antes de ingresar en el tema central de éste trabajo, preguntarnos como era el Paraguay de la preguerra. El historiador mexicano, Carlos Pereyra, en el  libro “Solano López y su drama” nos brinda una abreviada reseña de la política paraguaya: “En vez de cuarenta gobernantes por año o por mes, el Paraguay conoció tres antes de su redención por los aliados. El Dr. Francia, D. Carlos Antonio López y Francisco Solano López. Hubo interinidades y puentes, pero todo en forma pacífica... ”
El doctor Francia gobernó desde los primeros días de la independencia hasta su muerte en 1840. Lo sucede Carlos Antonio López que fue designado previamente “primer cónsul” en 1841 y luego, en 1842, cuando se creó la institución presidencial, asume ésta, de hecho vitalicia, continuando en el mandato hasta su muerte en 1862.
Lo sucede el segundo López, hijo del anterior, Francisco Solano López, que desempeñó funciones presidenciales hereditarias hasta marzo de 1870 cuando muere lanceado en Cerro Corá por los soldados del imperio luso brasilero.
Bajo estas tres largas administraciones, el Paraguay se había librado de los interminables conflictos internos sufridos por todos los pueblos de América del Sur y fundamentalmente había logrado implementar políticas de Estado a largo plazo.

El guaraní y la nación paraguaya

El Paraguay como Nación tenía una especial particularidad que es preciso señalar: contenía un pueblo con identidad nacional propia. Era una Nación con un consistente y definido ser político y social. En el Paraguay se produjo un fenómeno sociológico único en la historia americana: los conquistadores adoptaron la lengua de los conquistados.
El porfiado triunfo del idioma guaraní se alzó en torno del pueblo paraguayo como una alta barrera que le aisló todo contacto con las culturas occidentales. La lengua guaraní se convirtió en un fuerte rasgo de diferenciación con respecto a las demás colectividades americanas, en un cohesivo aglutinante espiritual y en un fuerte lazo que apretó a los paraguayos ante el peligro de lo exterior.
Un pueblo con identidad nacional y una clase dirigente con conciencia geopolítica eran dos características que no podían mostrar otros pueblos hispanoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX.

Las dos pistolas de Gaspar Francia

Ya en el comienzo de la emancipación americana, cuando en 1810 la Junta de Buenos Aires conminaba al gobernador paraguayo a que fuese reconocida como heredera del Virrey y a enviar diputados para el congreso de provincias, el doctor José Gaspar de Francia consideró inadmisible la pretensión de Buenos Aires de asumir por sí sola el mando superior del Virreinato.
Pero, tampoco abogó a favor de continuar dependiendo del caduco poder español. Tuvo una meridiana claridad cuando proclamó sus “argumentos”: “Mis argumentos en favor de mis ideas son éstas -dijo depositando dos pistolas sobre la mesa presidencial del Congreso-: una está destinada contra Fernando VII y la otra contra Buenos Aires.” (1)

El “dictador perpetuo”

Se llamaba Gaspar Rodríguez de Francia. Sin eufemismo se hizo nombrar “Dictador Perpetuo”. Obtuvo el grado de maestro de Filosofía y Doctor en Sagrada Teología, además de un doctorado en Derecho en la Universidad de Córdoba. Era un gran lector, admirador de Franklin y Voltaire, humanista, indagador de ciencias varias a quién Mitre lapidó con el sambenito de “tirano más cruel y sangriento que los de la antigüedad”.
Este doctor Francia, “Padre de la Patria paraguaya”, austero gobernante, solitario y hasta misterioso para la mirada de los porteños, hizo todo lo necesario para acrecentar extraordinariamente la economía nacional a través del desarrollo del sector agrícola.

Política proteccionista

Ante el bloqueo comercial de los porteños, las conspiraciones armadas desde el puerto y la malograda expedición de Belgrano; Francia reacciona cerrando, política y económicamente, al Paraguay.
Lo replegó sobre sí mismo, construyendo así, un país  autosuficiente. La base social de ésta política la conformaron los pequeños y medianos campesinos y los artesanos, formaciones sociales no interesadas objetivamente en el librecambio, en la apertura del país y en el comercio con Europa y los EE.UU.
Las condiciones objetivas del Paraguay permitieron al Dictador realizar su política. La burguesía local era muy débil y escasa; el país no producía materias primas ni los alimentos demandados por las grandes potencias mundiales.
Otra característica sui generis, que contribuyó a la conformación particular de la patria guaraní, fue la presencia de los jesuitas durante un prolongado lapso de la historia nacional. La misma dificultó la formación de una poderosa clase terrateniente.

Reforma agraria

El Estado, por medio de la confiscación, comenzó a adquirir gran parte de las tierras en manos de los particulares y también se apropió las propiedades de la Iglesia. En adelante esas tierras estatales serán arrendadas a los campesinos a muy bajo precio. A los campesinos arrendatarios el Estado les provee ganado y útiles de labranza.
Se creó una singularísima institución denominada “Estancia de la Patria”. Eran verdaderas unidades económicas de producción donde se integraban actividades agrícolas, ganaderas y artesanales. Proveían alimentos al ejército y abastecían al mercado local de yerba mate y tabaco.

Sin vagos y mal entretenidos

La expansión y el desarrollo del mercado interno, y la consecuente ocupación de la mano de obra local, generó otro fenómeno singular: la ausencia absoluta de desocupados. No había “vagos y mal entretenidos”.
Se formó así una comunidad original donde reinaba la paz social, casi una anomalía en el mundo de ése entonces. Y así se dio el fenómeno de una economía que, aunque técnicamente atrasada, permitía la integración del pueblo a la misma.

Carlos Antonio López profundiza el modelo

A la muerte de don Gaspar Francia en 1840, (había gobernado casi tres décadas) le sucede Carlos Antonio López. Su sucesor reforzará el sector estatal de la economía, habrá más “estancias de la patria”.
Son nacionalizados los arbustos de yerba mate y con ellos los bosques que producen madera para la construcción. Se sanciona una ley que prohíbe a los extranjeros la adquisición de tierras y se dispuso construir la primera fundición para el carbón de madera y tratamiento del mineral de hierro.
Las tierras comunales de la población aborigen fueron pasadas al Estado que las administraba y se disolvieron las antiguas comunidades indígenas guaraníes. La población indígena, en vez de ser exterminada como fue en el resto de Latinoamérica, fue afianzada a la tierra e integrada a la Nación.
Era el Estado el que dirigía la economía y determinaba las políticas de desarrollo. El país crecía a pesar de la inexistencia de una burguesía urbana. Lentamente se desarrolla lo que se podría llamar una burguesía rural, que será la base social del régimen.

La política internacional y la militarización

En lo que respecta a la política internacional, el Paraguay de Carlos Antonio López se comienza a abrir al mundo. Brasil, solo en función de sus propios intereses, le reconoce su independencia en 1844, acto por el cual protesta el embajador de Don Juan Manuel de Rosas en Rio de Janeiro. Para el Restaurador, en su visión americanista que aspiraba a la unidad del viejo Virreinato del Rio de la Plata le resultaba inadmisible la independencia de una de sus provincias.
El Paraguay que no tenía pactos colectivos con las otras provincias argentinas, los iba sellando aisladamente y con quién le conviniera para oponerse al gobierno argentino que le negaba la independencia. Era aliado de Corrientes, mantenía relaciones de interés mutuo con Brasil y simpatizaba con las potencias europeas bloqueadoras. Luego de Caseros, pasa el Paraguay a disfrutar su plena soberanía, es reconocida su independencia por la Confederación y le es permitida la libre navegación de los ríos (2).
Pero sin dudas, el punto esencial de la política de Carlos Antonio López fue la militarización del país.   Durante su gobierno, su hijo Francisco Solano, sirvió en el ministerio de guerra y trabajó sin descanso en esta área contratando, durante su larga estadía europea, técnicos, especialistas en fabricación de armas, constructores de buques, artilleros etc. Todos ellos empleados y controlados por el Estado. Es importante marcar que el desarrollo militar del Paraguay, a pesar de sus avances, no podía, ni podrá hacer nada contra las armas y los recursos del Brasil y la Argentina, financiados y dirigidos por el imperio Británico.

Solano López, el sucesor

Era Francisco Solano López el sucesor indicado del “Supremo”, un verdadero delfín que profundizó el proyecto de sus antecesores. La notable continuidad de la política económica de los gobiernos paraguayos se prolonga y ahonda con el hijo de Carlos Antonio que lo sucede a la muerte de éste en 1862.
El historiador Carlos Pereyra hace un análisis de la concepción geopolítica que Francisco Solano López poseía de la región y el mundo que es importante transcribir para comprender luego la naturaleza de la guerra, y el rol que Argentina jugó en ella: “El general Francisco Solano López consideraba como misión capital del gobernante paraguayo contrariar los avances del Brasil y formar un pacto de unión con Bolivia, la República Argentina y el Uruguay. El sentimiento unificador de López tenía que ser muy mal recibido...”

Modernización y desarrollo del Paraguay

León Pomer, en su libro “La Guerra del Paraguay” relata, en forma breve pero claramente, el proceso de desarrollo económico y la gestación del un modelo autónomo del país guaraní. Menciona que en este período comienza la construcción de vías férreas, telégrafos, fábricas de pólvora y de papel. Son contratados más técnicos extranjeros y puestos al servicio de la política del Estado.
El Estado toma un papel central en la economía, pero no para enajenar las riquezas del suelo o desarrollar aquellos sectores de la economía nacional que interesan a los países centrales sino para determinar políticas soberanas de desarrollo. Este estatismo es un ejemplo insólito en la América del Siglo XIX.

Contra los intereses del imperio

El Paraguay de la preguerra no era un paraíso como algunos autores afirman, no fue ni siquiera un país moderno y desarrollado. Pero, la dirección que iba tomando, el crecimiento y la voluntad que lo guiaba comenzaron a resultar intolerables para la política del imperio británico.
El Cónsul Henderson de S. M. Británica le escribió a la Foering Office: “La mayor parte de la propiedad rural es propiedad del Estado. Las mejores casas de la ciudad pertenecen al gobierno y éste posee valiosas granjas de cría y agrícolas en todo el país”. Era un desmesurado estatismo... no dejaba espacio alguno a los ingleses para hacer sus negocios.

3. La Guerra: sus actores y causas

Las razones de la conflagración

Cada uno de los países aliados tuvo en su momento una necesidad interna para entrar en guerra con el Paraguay. Pero, más allá de las razones particulares de los Estados beligerantes, no es difícil, en este caso, encontrar las causas originales del conflicto en los intereses económicos del imperialismo británico en la región del Río de la Plata.
Adhiero en este trabajo a las conclusiones que la mayoría de los estudios revisionistas han arribado luego de investigar la Guerra del Paraguay y sus causas. En síntesis, la mayor parte de esta tendencia historiográfica expresa que, dentro de la estrategia en el Río de la Plata del imperialismo británico, elaborada en Londres con fría deliberación, no podía escapar la necesidad de suprimir el foco de autonomismo y soberanía emplazado entre Argentina y Brasil que incitaba permanentemente a la rebeldía de los caudillos contra los poderes centrales establecidos.
La guerra del la Triple Alianza fue una de las primeras manifestaciones mundiales de la política belicosa del imperialismo capitalista. En este caso, puso a prueba el sometimiento de tres gobiernos políticamente dependientes al obligarlos a aniquilar a un cuarto rebelde. La “Pérfida Albión” (2), abatió la Patria guaraní por manos ajenas.

Por las libras esterlinas

La tesis de la participación decisiva del imperio Británico se puede demostrar leyendo la documentación del Foering Office que muestra las diferentes operaciones políticas y diplomáticas que van acorralando al Paraguay.
Los diarios de la época también son una valiosa fuente que nos deja entrever a Inglaterra detrás de las decisiones de los gobiernos. Pero entiendo que la más clara y patente demostración de la participación de Gran Bretaña en el conflicto la dan los números de las finanzas que fueron utilizadas en la guerra.

Los ingleses: Los hermanos Baring y Rothschild

En la Argentina, los gobiernos de Mitre y de Sarmiento obtuvieron fondos de las siguientes fuentes financieras:
1) Entre los particulares, Mr. Tomás Armstrong por ese tiempo director residente del Ferrocarril Central Argentino, ex Presidente de la Bolsa de Comercio y vocal del Banco de Buenos Aires, comprometió un préstamo de 50.000 pesos anuales por cada año que durara la contienda. Varios comerciantes procedieron de la misma manera. Hay una larga lista de residentes británicos en Buenos Aires que contribuyeron con préstamos al Estado para solventar los gastos de guerra.
2) El Banco de la Provincia de Buenos Aires, que prácticamente estaba administrado por ingleses, proveyó de fondos durante toda la guerra con garantía de los ingresos de la Aduana.
3) El Banco de Londres, filial Buenos Aires, fundado tres años antes del estallido bélico, adelantó fondos más tarde rembolsados con el producido por un empréstito conseguido en una banca londinense.
4) Empréstitos brasileros por dos millones de pesos fuertes que en realidad habían sido proporcionados al Brasil por la banca Rothschild, obviamente británica.
5) Por último, los “señores de la guerra” hicieron un gran negocio: Londres entregó un empréstito al Estado Argentino por un monto de 1.800.000 libras esterlinas lo que produjo un endeudamiento a las arcas nacionales de 2.500.0000 libras, cifra a la que se le suman los intereses usurarios al capital original otorgado. Este empréstito fue otorgado por la Baring Brothers. La negociación del empréstito, hecha por Norberto de la Riestra, fue otro capítulo bochornoso de la historia de la deuda externa argentina.
El Brasil, obtuvo prestaciones por un total de 6 millones de libras esterlinas desde 1865, prácticamente desde el comienzo mismo de la guerra otorgados por la banca Rothschild que sobre el final de la contienda le entregó 3 millones más.
La participación uruguaya fue financiada en lo fundamental por el Brasil, a través de la intermediación del Barón de Maua, aquel personaje de fundamental transcendencia en la preparación de Caseros y la caída de Rosas, quien era también un testaferro de la banca Rothschild en la región. Al finalizar la guerra el gobierno uruguayo logró, aprovechando la ocasión, un préstamo por tres y medio de millones de libras.
Para entender quien era el titiritero de esta guerra fraticida solo tenemos que mirar las cuentas “del debe y el haber” de las finanzas paraguayas de la pos guerra. El Paraguay de Solano López era la única nación de la Latinoamérica que no tenía deuda externa. Después de la guerra, Paraguay fue condenado a pagar los gastos militares de los aliados. Para ello “contrae” un empréstito con la Baring Brothers por un millón de libras. Se le descuentan 200.000 libras por gastos, amortizaciones e intereses, pero los bonos del crédito se deprecian y Asunción no recibe casi ni una sola moneda. Entonces debe contratar otro empréstito, ahora por dos millones de libras esterlinas, en esta ocasión garantizado por la tierra paraguaya. Con el tiempo su endeudamiento se incrementa aun más. Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde con ironía escribieron “El Paraguay ya está civilizado”: debe 7.500.000 libras.
Resumiendo: fue el capital inglés el principal financista de la guerra. Esos beneficios y el capital recuperado sirvieron para que una nueva casta de porteños advenedizos en finanzas internacionales se iniciara desenfrenadamente a la especulación y la usura, pero esa es harina de otro costal...

Objetivos geopolíticos de Inglaterra

Reparamos entonces que Inglaterra tenía un objetivo geopolítico: neutralizar el Estado paraguayo que afloraba como un ejemplo de política proteccionista enemiga del libre cambio en la región. Luego señalamos que la banca británica, sin duda alguna, financió la guerra. Por último y en función de completar la participación que tuvo Inglaterra en el conflicto se debe sumar un detonante puntual. El imperialismo siempre actúa bajo disparadores concretos y urgentes, en el caso de la guerra contra el Paraguay fue concretamente “un problema de mercado”, me refiero a la crisis de la producción algodonera.
Hacia 1862 graves perturbaciones estallan en Europa: hay miseria en los centros textiles europeos y las pérdidas en la bolsa resultan catastróficas. Esta crisis en la industria textil obedecía a la falta de algodón para abastecer las industrias debido a que el triunfo norteño y antiesclavista en la guerra de la secesión norteamericana había producido una pronunciadísima baja en la producción de esa materia prima entonces insustituible.

En busca del algodón

A Gran Bretaña sólo llegan 300.000 fardos de algodón, cuando Lancaster solamente necesitaba 2 millones y medio; y Francia otro millón. Entonces, Gran Bretaña entró a buscar mercados productores de algodón en cualquier parte del mundo. Desde luego, también en América del Sur.
En 1863, los ojos de Inglaterra miraron al Paraguay gran productor de algodón y potencialmente ilimitado en recursos naturales. Claro que había una valla: el país hermano y vecino, gobernado a la sazón por el mariscal Francisco Solano López, no había abierto aún las puertas al liberalismo económico.

Motivos aliados

Más allá de los motivos británicos para la guerra, cada país aliado tenía los propios: El Imperio esclavista del Brasil obedecía a una necesidad de expansión territorial. Pero también es importante destacar que los gobiernos brasileros actuaban desde hacía mucho tiempo como peones de la política exterior inglesa.
La política mitrista tenía otras razones como ensanchar los mercados, pero son los compromisos con el Brasil y su rol con relación al imperio esclavista los determinantes en la decisión de ingresar al conflicto. Después de Caseros el balance político de la región se volcó definitivamente hacia el Brasil. Era de esta manera que Pedro II era la mano de obra de Inglaterra en la región, así como Mitre era un auxiliar de la política brasilera.
Pero además de esa relación de dependencia funcional con el Brasil, “Mitre participa en la guerra, atraído por la necesidad de una alianza política con el Brasil, que debe consolidar su poder político interno. Con la alianza, por otra parte, se aseguraba la inmovilidad financiada de Urquiza. Y con ella, la tranquilidad represiva del interior provinciano… La clase ganadera exportadora, urgía a Mitre… soñaba con la apropiación del tabaco y yerba mate paraguayos” (Ortega Peña y Duhalde, “Baring Brothers y la Historia Política Argentina”).  Es así que Mitre también buscó, a través de la guerra y los acuerdos en torno a la misma, soluciones para los problemas internos que tenía.
El Uruguay tuvo un protagonismo menor y funcionó como excusa y disparador de la contienda. Actuó como “estado tapón”, pero esta vez aliado a las dos poderosas naciones del Plata.

Otro round de “Civilización vs. Barbarie”

La guerra tuvo asimismo su componente ideológico, nada nuevo en realidad, sino la eterna “cantinela” de “civilización o barbarie”. En este caso la “civilización”, el “progreso” y la “libertad” están extrañamente representados por el imperio esclavócrata del Brasil, la fraudulenta democracia de la República de Mitre y el gobierno golpista y usurpador del criminal ex coronel mitrista, Venancio Flores. Del otro lado, “el atraso”, encarnado en el Paraguay de Solano López.
Otro ejemplo claro de estafa y mentira historiográfica ejemplar se encuentra en el retrato que la oligarquía porteña hizo del Mariscal Solano López al cual le endilgan atrocidades. Se levantó una leyenda negra similar a la elaborada por los unitarios en su momento contra Juan Manuel de Rosas.

Una guerra inédita en Latinoamérica

Fue una guerra larga, aterradora, sangrienta, con grandes desplazamientos de tropas y armamentos, con acciones heroicas y batallas feroces.
Muchos historiadores, al tratar la Guerra del Paraguay, profundizan la narración de este acontecimiento en el desarrollo de la contienda bélica, de este modo la historia de la Guerra del Paraguay termina siendo para el lector un manual de historia militar. No es ése mi objetivo, solo mencionaré los más importantes hechos bélicos, los decisivos, optando por resaltar preferentemente la historia política de la guerra.

Uruguay, la primera batalla

El ataque contra el Paraguay comenzó en realidad con el ataque contra el único y último aliado que le quedaba en el Río de la Plata. Se trataba del gobierno uruguayo que por aquel entonces estaba en manos del partido Blanco, la versión uruguaya del partido federal argentino. El Presidente uruguayo, Bernardo Berro, y su Canciller, Juan José de Herrera, llevaban adelante una política de equilibro en el Plata, que con perspectiva continental integraba al Paraguay para enfrentar la prepotencia del Brasil.  
El primer paso en conjunto que darán el imperio brasileño y la oligarquía porteña será aplastar a este gobierno. Se procedió de la siguiente manera: Brasil, invadiendo por mar y tierra al Uruguay y Mitre promocionando y armando una revolución encabezada por Venancio Flores, un viejo conocido de él, que tan eficazmente había actuado en la represión contra las montoneras federales del interior argentino. Flores pertenecía políticamente a la vieja cuña del partido colorado-riverista, que era por decirlo de alguna manera, la versión unitaria en la política uruguaya. Todas estas maniobras fueron precedidas de una deliberada planificación que, para desgracia de la memoria de los actores, se encuentra documentada en tratados, acuerdos y misiones secretas entre Mitre, la corte de Río de Janeiro y Venancio Flores.

La masacre de Paysandú

En octubre de 1864, el ejército del Brasil con la excusa de proteger la tranquilidad de los estancieros riograndeses ingresa al territorio oriental y ocupa la Villa de Melo. Venancio Flores cruza el río Uruguay.
El Partido Blanco oriental resiste la invasión y se concentra en Paysandú, villa defendida por el Coronel Gómez y cientos de argentinos que se habían sumado a la causa de los federales orientales. La escuadra brasileña al mando del Almirante Tamandaré ingresa en aguas argentinas sin problema alguno y asedia y bombardea Paysandú durante días desde el río.
El bastión termina siendo rodeada por agua, mientras que desde tierra lo acosan 10.000 brasileros. La resistencia es heroica, y cuando ya sin fuerzas los orientales entregan el fuerte y se rinden, Leandro Gómez, el jefe de la resistencia es ejecutado sin trámite alguno.
Fue un ensayo de lo que sería la invasión al Paraguay, tuvo un despliegue de armas desproporcionado, fue la primera vez en la historia de Latinoamérica que se bombardeaba una ciudad indefensa. El pueblo argentino, en especial los entrerrianos al otro lado del Río Uruguay, contemplaban con horror y asombro los episodios.
El mensaje quedaba claro, después de este “infame espectáculo” como lo llamará Guido Spano, venía el turno del Paraguay.  Luego de la caída de Paysandú asume la presidencia del Uruguay Venancio Flores dispuesto a cumplir sus compromisos secretos con el Brasil en cuanto a continuar la guerra contra el pueblo guaraní.

¿Y Urquiza?

Cuando comienza el bombardeo y el asedio de Paysandú, Solano López ruega al viejo Urquiza su intervención: “Estoy llorando, señor general, de rabia y desesperación a presencia de los crímenes tan atroces que perpetúan bajo la capa de la libertad y la civilización” (Carta de Solano López a Urquiza, 11 de noviembre de 1864). En esos días, en Entre Ríos se desata una furia social contra Mitre. Era conocida la amistad del entrerriano con el paraguayo, se sabía que el primero le había prometido su apoyo. Se espera con ansias extremas la voz de Urquiza, un “pronunciamiento” contra Mitre y Flores.
Pero todo es en vano. Los Aliados conocen bien a Urquiza. El Brasil, haciendo uso de la diplomacia del patacón “A fin de año le manda un emisario para comprarle 30.000 caballos a 12 patacones cada uno; 360.000 patacones, ¡un negoción! Le ha tocado el lado flaco. Urquiza vende y deja de a pie a su famosa caballería. No habrá pronunciamiento y Paisandú sucumbe” (Vivian Trias, “El Paraguay: de Francia el Supremo a la Guerra de la Triple Alianza).
Por su parte, la oligarquía porteña y los bancos de Buenos Aires hicieron su aporte. Después de una satisfactoria operación financiera con el Banco de Londres y “mientras los bancos de Buenos Aires tuvieran reservas, Urquiza no fue un peligro real para el gobierno de Mitre” (Ortega Peña y Duhalde). 
La eficacia del imperio parece incuestionable: Urquiza jamás hizo su pronunciamiento a favor de los blancos uruguayos ni por Solano López y el Paraguay, sino por el contrario, se puso a reclutar tropas para la Guerra del Paraguay. Consumó su última gran decisión política, que fue reprobada masivamente, y en especial por Ricardo López Jordán.

Reacción paraguaya y el paso por Argentina

El golpe brasileño contra Uruguay era, a la vez de la primera fase de la acción contra el Paraguay, una directa provocación contra el gobierno guaraní. Paraguay salió a defender al gobierno legal del Uruguay declarando la guerra al Imperio manifestando que consideraba “atentatorio contra el equilibrio en el Plata cualquier ocupación del territorio oriental por fuerzas extrañas”.
El Paraguay requiere pasar su ejército por territorio argentino. Mitre se lo niega. Urquiza, como ya se vio, no mueve un dedo a favor de los paraguayos. En Buenos Aires se desató una campaña de injurias periodísticas contra la persona del Mariscal López. “La Nación Argentina”, diario del presidente Mitre, convocó a una “cruzada para redimir al Paraguay” y conceptuaba a Solano López como “boa en medio del fango sangriento de sus crímenes” y en un artículo que denominó “El Atila americano” declaraba la guerra de “la civilización contra la barbarie”, “la “guerra a muerte”. (Citado por José María Rosa. “Historia Argentina”  Tomo 7. Pág. 126.).

El ardid propagandístico de Mitre

El presidente Mitre necesitaba preparar a la opinión pública contra la guerra ya que la mayor parte de ella, no solo en el interior, sino en Buenos Aires inclusive, se pronunciaba agresivamente contra Brasil. Los federales manifestaban su adhesión a la causa paraguaya. Incluso algunos liberales porteños, en desacuerdo con la “tiranía” de López pero comprendiendo el papel de títere del Brasil que desempeñaba la Argentina se oponían a la guerra.
Nuevamente el gobierno paraguayo pide permiso para atravesar con sus ejércitos la provincia de Corrientes en dirección al Uruguay. Mitre, mientras asiste militarmente a Venancio Flores, invoca la neutralidad del país y le niega el permiso. Paraguay como respuesta le declara formalmente la guerra al gobierno de Mitre en marzo de 1865, apresa dos pequeños buques argentinos en el puerto de Corrientes e ingresa a la provincia. Cuando el ejército del Paraguay ingresa a la ciudad de Corrientes no encuentra resistencia militar alguna.
Mitre oculta a la ciudadanía la declaración de guerra paraguaya durante un mes. La declaración de guerra se conoció después del primer acto de hostilidad paraguayo ocurrido un mes después. Por medio de este ardid el gobierno argentino trata de lograr popularidad para la guerra convirtiendo ahora las causas de la misma en una “agresión paraguaya gratuita”. Aparece de esta manera Paraguay como país agresor que invade un país neutral sin declarar previamente la guerra según correspondería a los usos del Derecho Internacional Público de ese tiempo.

“Tratado de la Triple Alianza”

A mediados de 1865, Argentina, Brasil y Uruguay (este último ya en poder del partido colorado) unen sus fuerzas contra el Paraguay firmando el “Tratado de la Triple Alianza”.
El Brasil aportaría su escuadra y el General Mitre sería designado comandante en Jefe de los Ejércitos coligados. La guerra, “expresa” el convenio, era contra el Tirano López, no contra el pueblo paraguayo y contenía todas las expectativas territoriales de los Estados en caso de ganar la guerra y otras disposiciones que aclaran per se el fin de la guerra (3).

Las primeras batallas

Las primeras operaciones de importancia favorecieron a los aliados: derrotaron al general paraguayo Estigarribia en “Uruguayana” y obtuvieron el triunfo de “Yatay”. Las fuerzas guaraníes se replegaron.
A partir de la caída de “Paso de la Patria” en 1866 las acciones comienzan a desarrollarse exclusivamente en territorio paraguayo. En “Estero Bellaco” y en “Tuyutí” se libran dos batallas con fuertes bajas para ambos bandos.
En el mes de junio vuelven a chocar en “Yatayty Corá” y en el “Boquerón”. El avance aliado continúa en forma lenta y se afirma con la caída de la fortaleza de “Curuzú”.

Mitre y la estrategia militar

Se requería una victoria para consolidar “Curuzú” y poner a las tropas aliadas frente a la Fortaleza de “Humaitá”. Llega así el turno de “Curupaitý”, una pequeña fortificación defendida por 40 cañoncitos móviles, siete regimientos de infantería y cuatro escuadrones de caballería. Un débil parapeto de palos hacía las veces de trinchera. Contra éste fuerte piensa Mitre desatar toda la fuerza de la totalidad del ejército aliado compuesto por 17.000 hombres entre argentinos y brasileños.
Mitre, había “estudiado” el problema en algún manual de estrategia militar europeo. Ordena el ataque, pero su plan falla debido a las lluvias tropicales y gruesos errores de evaluación del terreno. Quedan tendidos en los campos fangosos  de “Curupaitý” más de diez mil cadáveres del ejército aliado. Los paraguayos acusan solamente 92 bajas.
Esta derrota atrasaría la guerra notablemente y provocaría un resquebrajamiento en el frente interno de los aliados. Hay una renovación de mandos en los ejércitos y Mitre tiene que dejar la comandancia. Pedro II, emperador del Brasil, insinúa a Mitre que vuelva a su tierra a enfrentar las montoneras que empiezan a sublevarse contra la guerra.
El Marqués de Caxias, el mejor hombre de armas del Imperio, se hace cargo de la comandancia militar de las fuerzas. Estamos en febrero de 1867, Mitre oculta la derrota y se marcha a Buenos Aires, faltan todavía tres años más de contienda.

Después de Humaitá

A esta altura de los hechos, el Mariscal López no estaba vencido, por el contrario contaba con una fuerza militar que le permitirá aun resistir con éxito la embestida de los aliados.
Con grandes dificultades, la guerra continúa hasta la caída de la fortaleza de “Humaitá”, en agosto de 1868, en manos del Marqués de Caxias. El camino hacia Asunción se allana y la ciudad capital cae en manos de los aliados en enero de 1869 después de la derrota paraguaya en la batalla de “Itá Ibaté”.

Solano López y la resistencia final

La guerra ya está decidida a favor de la Triple Alianza pero López continúa la resistencia. En un último y desesperado esfuerzo reúne los restos de las tropas supervivientes en “Caacupé” donde es nuevamente derrotado. Huye hacia el nordeste acompañado por los pocos oficiales leales que le quedan, casi sin soldados, lo siguen niños y mujeres (“las residentas”).
Mujeres y niños disfrazados de hombres pelean contra el invasor en la selva paraguaya. La resistencia es inútil y la tragedia final ya está cerca. Los brasileros le darán alcance a estos fantasmas agotados por el hambre y el cansancio.

El heroico final del Mariscal en Cerro Corá

Solano López y el pueblo paraguayo ya tenían claro que solo pelaban para morir dignamente, como hombres libres. Con su mujer, Elisa Lynch, su hijo Panchito, (apenas un adolescente que hacía las veces de un improvisado Jefe de Estado Mayor), sus otros hijos y cerca de 400 paraguayos, en su mayoría niños y mujeres, llega el 14 de febrero de 1870 a Cerro Corá. Dos semanas esperarán allí el desenlace final.
El 1 de marzo de 1870 las tropas imperiales rodean a los últimos paraguayos que resistían y comienzan el asedio. Eran veinte veces más que ellos, tenían armas de precisión y la mejor caballería pero igual dudan y sienten temor de enfrentar al Mariscal guaraní. Para palear el miedo, el Brasil pone una recompensa por la cabeza de Solano López: 100.000 libras esterlinas por el Mariscal pagaban los “civilizadores”. El general Cámara y su tropa van tras ese premio.
Después de algunas maniobras de posicionamiento, los hombres de Caxias consiguen dar, en las orillas del Arroyo Aquidaban-niguí, con la última unidad del ejército Paraguayo y se aprestan a avanzar sobre ellos. José María Rosa, en “La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas” relata los episodios del 1 de Marzo de 1870 en Cerro Corá y el desenlace de la guerra: “…Llegan los brasileños: un soldado persigue al cirujano Estigarribia por el arroyo, y lo atraviesa de un lanzazo. López trata de enderezarse, pero se desploma cayendo al agua; consigue sentarse y saca su espadín de oro con la mano derecha tomando la punta con la izquierda. Cámara se le acerca y le formula la propuesta de rigor: “Ríndase Mariscal, le garantizo la vida”, López lo mira con los ojos serenos y responde con una frase que entra en la historia: “¡Muero con mi Patria!” al tiempo de amagarle con el espadín. “Desarmen a ese hombre”, ordena Cámara desde respetable distancia. Ocurre una escena tremenda: un trompudo servidor de la libertad se arroja sobre el moribundo eludiendo las estocadas del espadín para soltarle la mano de la empuñadura; el mariscal, anegada en sangre el agua que lo circunda, medio ahogado, entre los estertores de la muerte, ofrece resistencia; el cambá lo ase del pelo y lo saca del agua. Ante esa resistencia, Cámara cambia la orden: “¡Maten a ese hombre!”. Un tiro de Manlicher atraviesa el corazón del mariscal que queda muerto de espaldas, con los ojos abiertos y la mano crispada en la empuñadura del espadín. “¡Oh! ¡diavo do López!” (“¡oh! ¡Diablo de López!”), comenta el soldado dando con el pie en el cadáver.
El exterminio de los últimos paraguayos es atroz. El general Roa, sorprendido en el arroyo Tacuaras, había sido intimado. “¡Rendite paraguayo danado!” (“¡Rendite paraguayo condenado!”); “¡Jamás!”… y se deja degollar. El vicepresidente Sánchez, moribundo en su coche, es amenazado. “¡Rindase fío da put…!”… (“¡Rindase hijo de put…!”); el viejo octogenario abre los ojos asombrado: “¿Rendirme yo?” y descarga su débil bastón sobre el insolente: un tiro de pistola lo deja muerto.  Panchito acompaña a su madre y a sus hermanos pequeños que han conseguido refugiarse en su coche; hace la guardia junto a la puerta. Llegan los brasileños y preguntan si esa mujer es “la querida” de López, y esos niños, “sus bastardos”; Panchito arremete contra los canallas, que sujetan al niño: “¡Rindete!” “¡Un coronel paraguayo no se rinde!”. Lo matan.
Elisa Lynch cubre el cuerpo de su hijo. Algún desmandado quiere propasarse y la mujer le impone: “¡Cuidado, soy inglesa!”. ¡Ah, tiene temores ese mayor Floriano Peixoto de otra cuestión Christie con Inglaterra! La deja en libertad. Elisa buscará esa noche el cuerpo de Francisco Solano para enterrarlo junto al de Panchito en una tumba cavada por sus propias manos. El cadáver del mariscal está desnudo, porque la soldadesca lo ha despojado (el reloj de oro que llevaba esa tarde fue mandado como trofeo a la argentina). Elisa encuentra una sabana de algodón y amortaja los cuerpos queridos.
Entre el estrépito de triunfo de los vencedores que festejaban su definitiva victoria. Elisa reza su sencilla oración despidiendo a su compañero y a su hijo. La noche se ha puesto sobre las tremendas escenas de la tarde, y un farol mortecino, llevado por un niño de nueve anos, es la única luz que alumbra el sepelio del gran Mariscal.
La guerra del Paraguay ha terminado.”

Una nación exterminada y saqueada

Luego de cinco años en que tropas de Argentina, Brasil y Uruguay lucharon contra el pueblo paraguayo, éste fue vencido y literalmente aniquilado.
Entre las ruinas aún humeantes de Asunción, en medio de la peste provocada por los cadáveres sin sepultura, los aliados imponen un gobierno títere. “Gobierno Provisorio del Paraguay” que declara libre la comercialización de la yerba mate, el algodón y el corte de madera en los montes fiscales. Se enajena el ramal de ferrocarril Asunción-Villarrica y en menos de un año pasan a manos privadas 29 millones de hectáreas de tierra, simplemente hurtadas a los pocos campesinos que quedaban con vida.
También era el momento de aplicar, en lo referente a la cuestión de límites territoriales, el Tratado de la Triple Alianza.  El Brasil, siempre mas “hábil” diplomáticamente, prefirió tratar directamente con el Paraguay vencido y obtuvo, no solamente el territorio que le correspondía por el Tratado, sino también una amplia región comprendida entre los ríos Banco y Apa. El gobierno argentino protestó. Brasil le ofreció en compensación el chaco paraguayo pero Argentina no aceptó y mantuvo en litigio ésta cuestión durante varios años.

4. El genocidio del Pueblo paraguayo

Las cifras del horror

El epígrafe de este breve ensayo, una cita del historiador paraguayo Efraín Cardozo, contiene una cifra escalofriante, los números desnudos de esta guerra: “De 1.300.000 habitantes sobrevivieron 300.000, la mayoría mujeres y niños”.
En estos números o en las proporciones coinciden la mayoría de los historiadores. George G. Petre, diplomático británico, escribió que la población del Paraguay fue “reducida de cerca de un millón de personas bajo el gobierno de Solano López a no más de trescientas mil, de las cuales más de tres cuartas partes eran mujeres”.  Enrique Cesar Rivera, en “José Hernández y la Guerra del Paraguay” escribe: “Al comenzar esta (la guerra) contaba el Paraguay con 1.500.000 habitantes; cuando concluyó, quedaban 250.000 viejos, mujeres y niños de corta edad, y solo ruinas de una economía floreciente”. Abelardo Ramos sostiene una idea similar: “Si al comenzar la guerra el Paraguay contaba con 1.500.000 habitantes, al concluir la farsa criminal vagaban entre las ruinas humeantes 250.000 niños, mujeres y ancianos sobrevivientes”.
Para que el lector se dé una idea de la magnitud descomunal de la criminalidad de la guerra solo basta con cotejar estos números con el primer Censo Poblacional que se realizó en Argentina, contemporáneo a la guerra en 1869. Nuestro país tenía por entonces 1.877.490 habitantes. En mi provincia, Entre Ríos, vivían 134.271 habitantes. Si trazamos un paralelo con la actualidad, encontraríamos que cerca del 60% de la población argentina sería asesinada por la guerra. Estaríamos hablando de alrededor más de 25 millones de personas. La magnitud y la proporcionalidad de las muertes asustan con solo repasarlas en el papel.
Ni siquiera el gobierno provisional paraguayo títere, impuesto por Brasil después de la guerra, pudo esconder lo sucedido. En un censo parcial que se realizó en el Paraguay, después de la guerra, se concluyó que la población del Paraguay “pasó de unos 500.000 habitantes a 116.351, de los cuales solo el 10% eran hombres y el resto, viejos, mujeres y niños”.  Aunque pueden haber pretendido esconder la verdadera dimensión de la masacre no pudieron esconder la proporción ni las consecuencias. Aun así, los casi 400.000 paraguayos que los vencedores declaran muertos son más de tres veces la población entera de la provincia de Entre Ríos, que por aquellos días era la tercera más poblada del país.

Un genocidio

Tan cierta son las cifras indicadas que el Paraguay de la posguerra se reconstruyó con el trabajo de las mujeres y los niños, estableciendo un sistema social de matriarcado combinado con una funcional aceptación de la poligamia debido al exterminio de la población masculina.
Fue muerta el 75% de la población. Ante tamaña cifra solo puedo asociar este hecho a un concepto: genocidio. Son pocos los historiadores que utilizan éste concepto para denominar lo ocurrido con el pueblo paraguayo. Se prefiere hablar de exterminio, eliminación, aniquilamiento, pero poco se menciona la noción de genocidio. Los autores que utilizan el concepto lo hacen como un recurso del lenguaje, como adjetivo superlativo de la masacre ocurrida, sin profundizar en el significado del término. Entiendo que éste no es un olvido intencional, ocurre que genocidio es un concepto relativamente “moderno” y con ciertos alcances polémicos.
El extermino del pueblo paraguayo ocurrido durante la guerra de la Triple Alianza puede ser considerado técnicamente un genocidio cometido por las fuerzas aliadas del Brasil, Argentina y Uruguay.
Esta es una hipótesis de trabajo que abordo a continuación: La palabra genocidio fue creada por Raphael Lemkin en 1944. Deviene del griego: genos-, genes, raíces, familia, tribu o raza  y –cidio-, del latín-cidere, forma combinatoria de caedere, matar) Lemkin quería referirse con este término a las matanzas por motivos raciales, nacionales o religiosos. Este pensador judío polaco luchó para que las normas internacionales definiesen y prohibiesen el genocidio a partir de las masacres en masa ejecutadas en la segunda guerra mundial.
Desde el punto de vista legislativo, dentro del marco del Derecho Internacional Público, la Asamblea General de las Naciones Unidas confirmó los principios de Derecho Internacional reconocidos por las distintas instituciones que arbitran la justicia a nivel internacional y proclamó la resolución 96 sobre el Crimen de Genocidio, que lo define como "una negación del derecho de existencia a grupos humanos enteros", entre ellos los "raciales, religiosos o políticos", instando también a tomar las medidas necesarias para la prevención y sanción de este crimen.
Esta resolución se cristalizó en la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en su resolución 260 A del año 1948 que entró en vigor en 1951.
Se lo define de la siguiente manera: El genocidio o asesinato de masas es un delito internacional que consiste en la comisión, por funcionarios del estado o particulares, de la eliminación sistemática de un grupo social por motivos de nacionalidad, etnia, raza o religión. Estos actos comprenden la muerte y lesión a la integridad física o moral de los miembros del grupo, el exterminio y la adopción de medidas destinadas a impedir los nacimientos en el grupo.
Una matanza por motivos ideológicos está en debate en los foros internacionales, no está firmemente considerado como genocidio, aunque a veces se aplica el concepto por analogía. Esto es lo que pasó en la dictadura genocida de Videla, Massera y cía. que asaltó el poder en Argentina el 24 de Marzo de 1976.

Ocultado por la historia universal

La memoria colectiva de occidente, los manuales de historia universal y las enciclopedias registran con claridad algunos asesinatos de masas acaecidos a los cuales se los denomina genocidio. Entre los más conocidos están el genocidio Armenio, el sufrido por el pueblo judío durante la Alemania nazi, los progroms realizados en la Rusia zarista y luego por Stalin contra diferentes minorías étnicas y entre lo últimos, el cometido en Ruanda en la década del 90. Más acá en el tiempo, y con procesos judiciales aun en desarrollo, también podemos agregar los casos de la Ex Yugoeslavia y Camboya.
Pero, en ésta trágica lista no se menciona al genocidio del pueblo paraguayo, a pesar de que todos los citados, salvo el de Ruanda y los últimos, son anteriores a la creación del concepto y a la regulación legislativa del mismo.

Paralelo con el genocidio armenio

Consideremos el genocidio armenio como ejemplo comparativo con el caso paraguayo. Las atrocidades cometidas contra el pueblo Armenio por el Imperio Otomano y el Estado de Turquía desde fines del Siglo XIX, durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial y hasta tiempo después de finalizada ésta, son llamadas en su conjunto el “Genocidio Armenio”. La decisión de llevar adelante el genocidio en contra de la población Armenia fue tomada por el partido político que detentaba el poder en el Imperio Otomano, conocido popularmente como los "Jóvenes Turcos”. Está estimado que un millón y medio de armenios fueron exterminados entre 1915 y 1923. La población armenia del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial era de aproximadamente dos millones y medio.
A pesar de que la Convención de las Naciones Unidas fue adoptada en 1948, 30 años después de perpetrarse el genocidio, los ciudadanos de origen armenio procuran lograr el reconocimiento oficial por parte de los gobiernos donde ellos se han afincado luego de esos atroces episodios. A pesar de que varios países han reconocido oficialmente el Genocidio Armenio, la República de Turquía como política de estado niega sistemáticamente el mismo. La lucha por el derecho, la verdad y la justicia que llevan adelante los descendientes armenios no ha terminado.
Ni los sobrevivientes del genocidio paraguayo ni sus descendientes han optado por esta vía legal. Tal vez hoy ya sea tarde, pero si es preciso al menos llamar a las cosas por su nombre, evitar los eufemismos confusos y, buscando la verdad y la justicia histórica, designar sin ambigüedades a las masacres de la guerra del Paraguay con su preciso nombre: Genocidio.

Contra la nacionalidad paraguaya

Distinguimos que la ejecución de un genocidio puede ser por motivos “de nacionalidad, etnia, raza o religión”. En el caso puntual del genocidio paraguayo se consumó por motivos de nacionalidad. El objetivo era eliminar la nacionalidad paraguaya, esa peculiar cultura hispano guaranítica que impedía el libre comercio y era un mal ejemplo para los otros países americanos.
Paraguay era la única ex colonia española que había podido consolidar una verdadera nacionalidad, una identidad que ciertamente aparecía como peligrosa para el imperialismo británico: “Insignificante en sí mismo, el Paraguay podía impedir el desarrollo y progreso de todos sus vecinos. Su existencia (la del gobierno de Solano López) era nociva y su extinción como nacionalidad debía ser provechosa para el propio pueblo como también para todo el mundo”. Este texto pertenece a Mr. Washburn, ministro de los EE.UU en Asunción y no expresa su propia opinión sino que se refiere a los conceptos vertidos por el cónsul inglés Edward Thornton en uno de sus informes al Foering Office.

Testimonio genocida de Sarmiento

El genocidio como delito internacional implica la existencia previa de un dolo, de una intención de exterminar, además de una decisión política acompañada de una planificación. En el caso del genocidio armenio la documental existente permite apreciar que hubo decisión política tomada por un Estado (Turquía) y una puntillosa planificación para realizar el exterminio.
Pero en el caso del genocidio paraguayo, tal vez hoy resulte imposible demostrar una planificación por parte de los aliados. Pero, aun así, si se pueden leer cartas como ésta, de Sarmiento, Presidente de la República Argentina durante los últimos dos años de la guerra: “Estamos por dudar que exista el Paraguay. Descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto o falta de razón. En ellos, se perpetúa la barbarie primitiva y colonial... Son unos perros ignorantes... Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho Solano López lo acompañan miles de animales que obedecen y mueren de miedo. Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní. Era necesario purgar la tierra de toda esa excresencia humana, raza perdida de cuyo contagio hay que librarse”.
Esta carta la remite Sarmiento a la pedagoga yanqui Mrs. Mann que desempeñaba un rol de “gurú” moral y educativo del Padre del Aula. Tiene fecha en el año 1877, es decir la escribió siete años después de terminada la guerra (5).
La primera afirmación del texto niega o pone en duda la existencia de la nacionalidad paraguaya: “estamos por dudar que exista el Paraguay”. En los dos párrafos subsiguientes, los vergonzosos calificativos racistas que utiliza para referirse al pueblo paraguayo encuadran perfectamente en la tipificación actual del delito de genocidio en cuanto implica una "una negación del derecho de existencia a grupos humanos enteros”. En este caso, el grupo humano paraguayo, al que Sarmiento no considera humano. El final de la carta es un reconocimiento de los ilícitos cometidos y una franca apología del delito.

La ejecución material

En lo que se refiere a la comisión material del delito, opino que éste se consuma en los tiempos finales de la conflagración. Concretamente el exterminio se produce entre la caída de Humaitá, a principios de 1868, hasta el último combate en Cerro Corá en 1870.
Son durante estos dos años en que las tropas aliadas combatiendo ya casi sin riesgo realizan una acción de persecución y masacre contra el pueblo famélico, apestado e indefenso. Es en éste periodo en que se vio a las “mujeres pelear con los hijos en brazos armadas de lanza y espada... Un suicidio como no se vio nunca”. (O’Leary).
No creo que se haya tratado de un caso de suicidio colectivo sino de guerrear para sobrevivir, de pelear para no ser vejadas, se trataba de matar para no morir, de defenderse, esa es la razón por la cual luchaban las mujeres paraguayas.

La masacre de Acosta Ñú

Hay una batalla de la guerra que grafica como ninguna otra la crueldad genocida desatada. En ese curso de muerte, la última ofensiva de los aliados, se produce la masacre de niños en “Acosta Ñú”, el 16 de agosto de 1869. En Acosta Ñu, en lo se pretendió mostrar como una batalla, alrededor de 3000 niños paraguayos enfrentaron a 20.000 hombres del ejército imperial.
El historiador paraguayo, Juan José Chiavenatto, relata pasajes de la mascare: “Los niños de seis a ocho años, en el fragor de la batalla, despavoridos, se agarraban a las piernas de los soldados brasileros, llorando que no los matasen. Y eran degollados en el acto. Escondidas en la selva próxima, las madres observaban el desarrollo de la lucha. No pocas agarraron lanzas y llegaban a comandar un grupo de niños en la resistencia”……. “después de la insólita batalla de Acosta Nú, cuando estaba terminada, al caer la tarde, las madres de los niños paraguayos salían de la selva para rescatar los cadáveres de sus hijos y socorrer los pocos sobrevivientes, el Conde D´Eu mandó incendiar la maleza, matando quemados a los niños y sus madres”.
El Paraguay, en la actualidad, festeja oficialmente el “Día del Niño” el 16 de agosto en memoria de la masacre de los niños paraguayos.

Responsable material

En cuanto a la responsabilidad material del genocidio juzgo que debe de serle atribuida al ejército brasilero, ya que no hubo soldados argentinos en el desenlace y aniquilamiento final.
La ausencia de soldados argentinos en el escenario de la matanza no libra de la responsabilidad política a Sarmiento, Mitre y a la cúpula dirigencial del liberalismo argentino. Para confirmar nuestra teoría, en mayo 1869 el maestro sanjuanino afirma, profundizando su vocación genocida: "La guerra del Paraguay concluye por la simple razón de que matamos a todos los paraguayos mayores de diez años”.
Pero es un brasilero, el jefe de las fuerzas armadas del Imperio, el que escribe ya sin  eufemismos ni rodeos, el que plantea el genocidio como objetivo militar: “Cuanto tiempo, cuantos hombres, cuántas vidas y cuantos elementos y recursos precisaremos para terminar la guerra. Para convertir en humo y polvo toda la población paraguaya, para matar hasta el feto en el vientre de la madre” (Caxias en informe a Pedro II).
“Hasta el feto en el vientre de la madre”... En esta criminal sentencia encontramos lo propio del genocidio, alcanzar al gen... matar hasta los orígenes mismos de la vida.

5. Epílogo en forma de homenaje al pueblo paraguayo.

Corre el mes de febrero de 1869, el Mariscal López se interna en la selva paraguaya a resistir con un grupo de leales. Lo siguen viejos, mujeres, niños y algunos soldados heridos sobrevivientes. La marcha es espectral. Es un ejército fantasma que acosado por el hambre, las pestes, y los “cambá” ha decidido dejar la vida en la selva antes que entregar la Patria al invasor brasilero.
Aquel éxodo de todo un pueblo al lado del ejército nacional y siguiendo a su líder es una de las páginas más sublimes de la historia universal. Constituye uno de los episodios más grandiosos y conmovedores que nuestra patria grande recuerde, un acto de entrega total, de patriotismo de un pueblo que siguió como a un Moisés a Solano López. Hasta la muerte (6).
A miles de kilómetros de distancia, en Southampton, Inglaterra, todavía vive un viejo adversario del Mariscal: el brigadier Juan Manuel de Rosas. Viejo y pobre, desde su destierro, sigue con emoción la gran epopeya paraguaya. Ya no es un adversario. Comprende que, por los avatares de la historia, Francisco Solano López se ha convertido en el defensor de la causa americana que alguna vez fuera también la suya.
Rosas se entera que López está internado en la selva y sigue ofreciendo pelea fiel a su consigna de "¡Vencer o Morir!". Esqueléticas figuras van dejando una a una sus vidas por esos senderos sin retorno. Los restos del otrora orgulloso pueblo paraguayo marchan inexorablemente hacia su propia tumba. "Mientras la voz de la patria siga tronando por montes y laderas, la patria existe, y en pie queda la obligación de luchar por ella". Así se dirigía a un grupo de heroicas sombras humanas que lo escuchaban alucinados.
El Mariscal López asumía la voz del Paraguay soberano, profundo y americano. Así lo entendió Juan Manuel de Rosas que absolutamente convencido de su decisión, pide un cambio en su testamento: El 17 de febrero de 1869 informa sobre el destino que ahora quiere para la mítica espada del Libertador. El nuevo testamento establece: "Su Excelencia el Generalísimo Capitán Gral. Don José de San Martín me honró con la siguiente manda: "La espada que me acompañó en toda la guerra de la independencia será entregada al General Rosas por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido los derechos de la patria". Y yo, Juan Manuel de Rosas, a su ejemplo, dispongo que mi albacea entregue a su Excelencia el Señor Gran Mariscal, Presidente de la República del Paraguay y Generalísimo de sus ejércitos, la espada diplomática y militar que me acompañó durante me fue posible sostener esos derechos, por la firmeza y sabiduría con que ha sostenido los derechos de su patria...".
Debieron pasar 84 años para que un gobierno argentino hiciera un reconocimiento institucional. Recién en 1954, el Presidente Juan Domingo Perón devuelve en un acto solemne y emotivo en Asunción, los trofeos de guerra, aquel reloj de oro que cuenta José María Rosa en la cita que transcribí. En su mensaje señaló que “Vengo como un hombre que viene a rendir homenaje al Paraguay en el nombre de su sagrado Mariscal Francisco Solano López y hago llegar el abrazo del pueblo argentino a esta Patria tan respetable y tan querida. En nombre de esa amistad y de esa devolución del pueblo argentino, pongo en manos del mandatario de este pueblo, como las reliquias, el testimonio de nuestra hermandad inquebrantable”.
El acto cumple una justicia histórica: las banderas de guerra del Paraguay deben tener su descanso eterno en suelo guaraní, en la misma tierra donde hoy yacen sepultados el millón de muertos que se cobró la guerra más infame que nuestra patria contempló.
Notas
1.        El alegato del Doctor Francia pronunciado en el Congreso de Notables reunido en Asunción en junio de 1810 entre otras cosas enunciaba: "Esta Asamblea no perderá su tiempo debatiendo si el cobarde padre o el apocado hijo es rey de España. Los dos han demostrado su débil espíritu y su desleal corazón. Ni el uno ni el otro pueden ser ya rey en ninguna parte. Más sea o no rey de España el uno o el otro, ¿qué nos importa a nosotros? Ninguno de ellos es ya rey del Paraguay. El Paraguay no es el patrimonio de España, ni provincia de Buenos Aires. El Paraguay es Independiente y es República", y siguió diciendo "la única cuestión que debe discutirse en esta asamblea y decidirse por mayoría de votos es: cómo debemos defender y mantener nuestra independencia contra España, contra Lima, contra Buenos Aires y contra Brasil; cómo debemos fomentar la pública prosperidad y el bienestar de todos los habitantes del Paraguay; en suma, qué forma de gobierno debemos adoptar para el Paraguay. Mis argumentos en favor de mis ideas son éstos: y de las faltriqueras interiores de su casaca sacó dos pistolas pequeñas, diciendo: la una está destinada contra Fernando VII, y la otra contra Buenos Aires.".
2.        La cuestión de la Independencia del Paraguay. En relación a este punto, y en especial acerca de la relación con la política rosista cabe resaltar que fue con una finalidad muy distinta a los objetivos de Rosas que el Brasil y la Argentina de Mitre reconocieron la “independencia” a la Nación guaraní. Rosas se oponían a la balcanización continental y abrogaba por la unidad del viejo virreinato. Todo lo opuesto pretendían Mitre y Pedro II. El mismísimo Abelardo Ramos, un no muy devoto rosista, afirma que: “Treinta años después de la ruptura americana con España, Paraguay no había declarado aun su independencia. El doctor Francia consideraba al Paraguay parte de la unidad política y geográfica del extinto virreinato, y comprendía –lo mismo que López- que un Paraguay “independiente” le era imposible conservar indefinidamente su plena soberanía y garantizar su evolución económica. En la medida de que Rosas representaba intereses más nacionales que Mitre, se negó a reconocer la independencia paraguaya que López se vio impulsado a planear; era una forma como cualquier otra de mantener bajo la férula de la Aduana porteña al Paraguay. Mitre, en cambio, no tenía inconveniente en admitir esa monstruosa “soberanía” porque estaba dentro de la política de la burguesía comercial porteña impulsar la “balcanización” del Sur bajo el dictado del amo británico. La existencia independiente del Paraguay como “nación” tan ficticia como la de la Argentina, Bolivia o Uruguay se desarrolló de acuerdo a un proceso muy particular. Influyeron en él, al principio, factores geográficos e históricos: la presión del Brasil –su vecino en el rio Paraná-, la coincidencia de sus producciones y la tendencia brasileña de incluir al Paraguay en su Estado de Matto Grosso. Desde el comienzo del siglo XVIII Portugal estuvo bajo el protectorado británico; toda la historia brasileña transcurre en esa dependencia. Semejante situación determinó que el Brasil, durante el Imperio como bajo la era republicana propendiese constantemente a ejecutar la política inglesa en el Río de la Plata, aprovechando de paso migajas para su clase gobernante. Gran Bretaña sostenía como divisa inconmovible de su estrategia rioplatense. Impedir por cualquier medio la unificación de las antiguas provincias españolas del Sur” (Abelardo Ramos, “Revolución y Contrarrevolución en Argentina”). Así, a su manera, y con su relación ambivalente con Rosas, la izquierda nacional explica, con claridad meridiana, la cuestión de la independencia del Paraguay, dando por tierra todas las teorizaciones de la historiografía liberal oficial y la izquierda antipopular que hacían de esta cuestión un hito saliente de su relato antirrosista. También considero importante aclarar puntualmente el episodio de protesta del embajador de Rosas ante la declaración de independencia del Paraguay hecha por el Imperio del Brasil y su sentido político. Con respecto a esto, me parece esclarecedora la cita de otro historiador que no puede ser definido precisamente como rosista que ya hemos citado en este trabajo. El mexicano Carlos Pereyra, en su libro “Francisco Solano López y la Guerra del Paraguay” se explaya sobre las razones políticas de la posición del gobierno argentino y a la vez nos brinda un cuadro general de la política imperialista del Brasil: “Rosas, a quien se ha reprochado su localismo bonaerense, entendió las cosas mejor que sus adversarios, y creía que cualquiera intervención, directa o indirecta del Brasil, aun la más generosa de sus intervenciones, era inaceptable no solo para los porteños, sino para todos los argentinos de cuyo sentimiento nacional él fue defensor y representante. Rechazó el tratado que su ministro el general Guido concluyó con el gobierno del emperador en 1843, y consideró como acto dirigido contra su patria, no solo la intervención, aislada o conjunta, en cuestione platenses, sino el simple reconocimiento que hizo el Imperio de la independencia del Paraguay. ¿Era un error de Rosas? ¿Era el resultado de las miras de los argentinos contra una república independiente? ¿Era la prepotencia del bonaerense, deseoso de someter al Paraguay? La respuesta, tardía como todas las respuestas dadas por los acontecimientos, se encuentra en Cerro Corá. Los paraguayos, como los brasileños, lucharon contra Rosas. Los sucesores de Rosas, unidos a los brasileños, exterminaron al Paraguay. La fatalidad de los hechos imponía su ley, lo mismo a la previsión que a la imprevisión. Se trataba de un sistema vicioso, si puede haber sistema en la desintegración, y el sistema caía por sus causas de ruina. El Río de la Plata era la casa dividida contra sí misma. El Imperio del Brasil vio sucesivamente caer a Rosas y a Francisco Solano López. No prevaleció, porque a su vez, llevaba la muerte en sus entrañas. El conquistador no pudo aprovechar la conquista, y fue sucesivamente satélite de otros planetas, o planeta de otros soles.  Es perfectamente comprensible la intransigencia de Rosas, quien no podía ver en el Paraguay una comunidad independiente. Rosas carecía de formulas para resolver la gravísima cuestión planteada por la independencia del Paraguay, pero en su videncia de la realidad política, estaba convencido que un Paraguay autónomo era imposible. El Paraguay era imposible, y antes de que transcurrieran treinta años desde el interesado reconocimiento que de su independencia hizo el Imperio, la independencia del Paraguay había sido destruida por el propio D. Pedro”.
3.        Pérfida Albión. Expresión anglofóbica que se utiliza para denominar de una manera hostil a Inglaterra. Creada por el poeta hispano –francés Agustín Marie de Ximenez. Albión deriva de “albus”, blanco. Color que tienen los acantilados de Dover cuando se los divisa desde el mar. La expresión “pérfida Albión” fue muy usada por Napoleón y sus oficiales para referirse a su enemigo imbatible: El Reino Unido de la Gran Bretaña.
4.        El tratado de la Triple Alianza. Pocos documentos oficiales son tan reveladores de las verdaderas intenciones políticas que van detrás de los actos de Estado como este Tratado. De su simple lectura cualquiera puede deducir con facilidad la naturaleza del conflicto que se avecinaba y las razones del mismo. El texto del Tratado: El 1º de mayo de 1865, Francisco Octaviano de Almeida Rosa (reemplazante de Paranhos e integrante del partido liberal brasileño), Carlos de Castro (canciller del gobierno de Venancio Flores) y Rufino de Elizalde (canciller del de Mitre) firmaron en la ciudad de Buenos Aires el tratado de alianza que permanecería secreto debido a sus comprometedoras cláusulas, el mismo es el siguiente: Art. 1. La República Oriental del Uruguay, Su Majestad el Emperador del Brasil, y la República Argentina contraen alianza ofensiva y defensiva en la guerra provocada por el gobierno del Paraguay. Art. 2. Los aliados concurrirán con todos los medios de que puedan disponer, por tierra o por los ríos, según fuese necesario. Art. 3. Debiendo las hostilidades comenzar en el territorio de la República Argentina o en la parte colindante del territorio paraguayo, el mando en jefe y la dirección de los ejércitos aliados quedan a cargo del presidente de la República Argentina y general en jefe de su ejército, brigadier don Bartolomé Mitre. Las fuerzas navales de los aliados estarán a las inmediatas órdenes del Vice Almirante Visconde de Tamandaré, comandante en jefe de la escuadra de S.M. el Emperador del Brasil. Las fuerzas terrestres de S.M. el Emperador del Brasil formarán un ejército a las órdenes de su general en jefe, el brigadier don Manuel Luis Osorio. A pesar de que las altas partes contratantes están conformes en no cambiar el teatro de las operaciones de guerra, con todo, a fin de conservar los derechos soberanos de las tres naciones, ellas convienen desde ahora en observar el principio de la reciprocidad respecto al mando en jefe, para el caso de que esas operaciones tuviesen que pasar al territorio oriental o brasileño. Art. 4. El orden interior y la economía de las tropas quedan a cargo exclusivamente de sus jefes respectivos. El sueldo, provisiones, municiones de guerra, armas, vestuarios, equipo y medios de transporte de las tropas aliadas serán por cuenta de los respectivos Estados. Art. 5. Las altas partes contratantes se facilitarán mutuamente los auxilios que tengan y los que necesiten, en la forma que se acuerde. Art. 6. Los aliados se obligan solemnemente a no deponer las armas sino de común acuerdo, y mientras no hayan derrocado al actual gobierno del Paraguay, así como a no tratar separadamente, ni firmar ningún tratado de paz, tregua, armisticio, cualquiera que ponga fin o suspenda la guerra, sino por perfecta conformidad de todos. Art. 7. No siendo la guerra contra el pueblo paraguayo sino contra su gobierno, los aliados podrán admitir en una legión paraguaya a todos los ciudadanos de esa nación que quisieran concurrir al derrocamiento de dicho gobierno, y les proporcionarán los elementos que necesiten, en la forma y condiciones que se convenga. Art. 8. Los Aliados se obligan a respetar la independencia, soberanía e integridad territorial de la República del Paraguay. En consecuencia el pueblo paraguayo podrá elegir el gobierno y las instituciones que le convengan, no incorporándose ni pidiendo el protectorado de ninguno de los aliados, como resultado de la guerra. Art. 9. La independencia, soberanía e integridad territorial de la República, serán garantizadas colectivamente, de conformidad con el artículo precedente, por las altas partes contratantes, por el término de cinco años. Art. 10. Queda convenido entre las altas partes contratantes que las exenciones, privilegios o concesiones que obtengan del gobierno del Paraguay serán comunes a todas ellas, gratuitamente si fuesen gratuitas, y con la misma compensación si fuesen condicionales. Como punto saliente se puede leer claramente un objetivo puntual era quitar a Paraguay la soberanía de sus ríos. Art. 11. Derrocado que sea el gobierno del Paraguay, los aliados procederán a hacer los arreglos necesarios con las autoridades constituidas, para asegurar la libre navegación de los ríos Paraná y Paraguay, de manera que los reglamentos o leyes de aquella República no obsten, impidan o graven el tránsito y navegación directa de los buques mercantes o de guerra de los Estados Aliados, que se dirijan a sus respectivos territorios o dominios que no pertenezcan al Paraguay, y tomarán las garantías convenientes para la efectividad de dichos arreglos, bajo la base de que esos reglamentos de política fluvial, bien sean para los dichos dos ríos o también para el Uruguay, se dictarán de común acuerdo entre los aliados y cualesquiera otros estados ribereños que, dentro del término que se convenga por los aliados, acepten la invitación que se les haga. Art. 12. Los aliados se reservan concertar las medidas más convenientes a fin de garantizar la paz con la República del Paraguay después del derrocamiento del actual gobierno. Art. 13. Los aliados nombrarán oportunamente los plenipotenciarios que han de celebrar los arreglos, convenciones o tratados a que hubiese lugar, con el gobierno que se establezca en el Paraguay. Otro punto específico era responsabilizar a Paraguay de la deuda de guerra. Art. 14. Los aliados exigirán de aquel gobierno el pago de los gastos de la guerra que se han visto obligados a aceptar, así como la reparación e indemnización de los daños y perjuicios causados a sus propiedades públicas y particulares y a las personas de sus ciudadanos, sin expresa declaración de guerra, y por los daños y perjuicios causados subsiguientemente en violación de los principios que gobiernan las leyes de la guerra. La República Oriental del Uruguay exigirá también una indemnización proporcionada a los daños y perjuicios que le ha causado el gobierno del Paraguay por la guerra a que la ha forzado a entrar, en defensa de su seguridad amenazada por aquel gobierno. Art. 15. En una convención especial se determinará el modo y forma para la liquidación y pago de la deuda procedente de las causas antedichas. También dejaban bien claro los aliados la intención de repartir el territorio paraguayo. Art. l6. A fin de evitar discusiones y guerras que las cuestiones de límites envuelven, queda establecido que los aliados exigirán del gobierno del Paraguay que celebre tratados definitivos de límites con los respectivos gobiernos bajo las siguientes bases: La República Argentina quedará dividida de la República del Paraguay, por los ríos Paraná y Paraguay, hasta encontrar los límites del Imperio del Brasil, siendo éstos, en la ribera derecha del Río Paraguay, la Bahía Negra. El Imperio del Brasil quedará dividido de la República del Paraguay, en la parte del Paraná, por el primer río después del Salto de las Siete Caídas que, según el reciente mapa de Mouchez, es el Igurey, y desde la boca del Igurey y su curso superior hasta llegar a su nacimiento. En la parte de la ribera izquierda del Paraguay, por el Río Apa, desde su embocadura hasta su nacimiento. En el interior, desde la cumbre de la sierra de Mbaracayú, las vertientes del Este perteneciendo al Brasil y las del Oeste al Paraguay, y tirando líneas, tan rectas como se pueda, de dicha sierra al nacimiento del Apa y del Igurey. Art. 17. Los aliados se garanten recíprocamente el fiel cumplimiento de los acuerdos, arreglos y tratados que hayan de celebrarse con el gobierno que se establecerá en el Paraguay, en virtud de lo convenido en este tratado de alianza, el que permanecerá siempre en plena fuerza y vigor, al efecto de que estas estipulaciones serán respetadas por la República del Paraguay. A fin de obtener este resultado, ellas convienen en que, en caso de que una de las altas partes contratantes no pudiese obtener del gobierno del Paraguay el cumplimiento de lo acordado, o de que este gobierno intentase anular las estipulaciones ajustadas con los aliados, las otras emplearán activamente sus esfuerzos para que sean respetadas. Si esos esfuerzos fuesen inútiles, los aliados concurrirán con todos sus medios, a fin de hacer efectiva la ejecución de lo estipulado. Art. 18. Este tratado quedará secreto hasta que el objeto principal de la alianza se haya obtenido.  Art. 19. Las estipulaciones de este tratado que no requieran autorización legislativa para su ratificación, empezarán a tener efecto tan pronto como sean aprobadas por los gobiernos respectivos, y las otras desde el cambio de las ratificaciones, que tendrá lugar dentro del término de cuarenta días desde la fecha de dicho tratado, o antes si fuese posible. En testimonio de lo cual los abajo firmados, plenipotenciarios de S.E. el Presidente de la República Argentina, de S.M. el Emperador del Brasil y de S.E. el Gobernador Provisorio de la República Oriental, en virtud de nuestros plenos poderes, firmamos este tratado y le hacemos poner nuestros sellos en la Ciudad de Buenos Aires, el 1º de Mayo del año de Nuestro Señor de 1865. También se firmó un protocolo adicional secreto que establecía lo siguiente: 1) demolición de las fortificaciones de Humaitá; 2) desarme de Paraguay y reparto de armas y elementos de guerra entre los aliados; y 3) reparto de trofeos y botín que se obtuvieran en territorio paraguayo.
5.        Vocación genocida de Sarmiento. Esa carta puntual que cito es mencionada por algunos historiadores como una carta dirigida a Mitre. Creo, en función de la lectura de diversas fuentes, que eso no es correcto. Son varias las cartas a Mrs. Mann en las que el sanjuanino es explaya sobre el desprecio que siente por los habitantes de nuestros continente. Hay otra carta que Sarmiento sí dirige a Mitre, en ocasión de Pavón, en las que también pone de manifiesto su escaso o nulo respeto por los derechos humanos de nuestros compatriotas: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos”.
6.        Sobre el martirio del pueblo paraguayo. Son pocos los libros como “Proceso a los Falsificadores de la Historia del Paraguay”, de Atilio García Mellid, que describen con tanta poesía y lirismo la epopeya y el martirio del Paraguay. Este libro, un poco en la sombras, como su autor, por motivos políticos e historiográficos, narra en dos largos tomos la historia del Paraguay, desde la colonización hasta la posguerra. En sus párrafos, poéticamente elaborados, podemos leer: “Porque podrá borrarse la imagen de los mártires, desdibujarse el paso de los héroes y aventarse las cenizas de los guerreros abatidos, pero no se podrá nunca ocultar la luz inmarcesible de ese holocausto colectivo, ni amortiguar la belleza moral de un sacrificio de tan inmensas proporciones… Para comprender al Paraguay que sostuvo, durante más de cinco años, una guerra desigual y aniquiladora, es necesario pensar en esa comunidad activa, en ese destino colectivo en que todos se sentían representados. Lo que esa comunidad defendía, no era un hombre, ni la obra de un hombre: era la obra de todos, que en un hombre –el mejor- se encarnaba. Porque ese hombre y ese pueblo eran la expresión unificadora, maciza e inconfundible del alma paraguaya”.
Por Alejandro Gonzalo García Garro 
Fuente: Instituto Nacional de Investigación Históricas Juan Manuel de Rozas