martes, 24 de marzo de 2026

Del catolicismo popular a la imposición evangelista

HISTORIA

LA DESCULTURIZACIÓN IMPULSADA POR ESTADOS UNIDOS:

DEL CATOLICISMO POPULAR A LA IMPOSICIÓN EVANGELISTA

LOS DOCUMENTOS DE SANTA FE Y LA GUERRA CULTURAL EN AMÉRICA LATINA

Durante la segunda mitad del siglo XX, en pleno contexto de la Guerra Fría, América Latina se convirtió en un escenario clave de disputa ideológica. Tras el impacto de la Revolución Cubana, los Estados Unidos intensificaron su preocupación por el avance de movimientos populares, revolucionarios y, especialmente, por el desarrollo de la Teología de la Liberación, que combinaba el cristianismo con una fuerte crítica social y una opción preferencial por los pobres. Para sectores del poder norteamericano, esto no era solo una corriente religiosa: era una amenaza política concreta.

En ese marco surgen los llamados Documentos de Santa Fe I (1980) y II (1988), elaborados por asesores vinculados al entorno de Ronald Reagan. Estos textos no eran simples análisis: funcionaban como hojas de ruta estratégicas para redefinir la política exterior hacia la región. Allí se planteaba con claridad la necesidad de frenar la “ofensiva cultural marxista” y de disputar el terreno ideológico, no solo en lo político y económico, sino también en lo religioso.

LA RELIGIÓN COMO HERRAMIENTA GEOPOLÍTICA

Los documentos proponían una “reorientación cultural” en América Latina. En términos concretos, esto implicaba debilitar las corrientes católicas comprometidas con la transformación social y promover formas de religiosidad funcionales a los intereses del bloque occidental. Si bien no se menciona explícitamente un plan directo, en la práctica distintas agencias, fundaciones y organizaciones vinculadas a los Estados Unidos incluyendo sectores asociados a la CIA impulsaron el crecimiento de iglesias evangélicas, especialmente pentecostales.

Estas iglesias ofrecían un mensaje completamente distinto: salvación individual, prosperidad personal, obediencia y rechazo a la política como herramienta de cambio estructural. En lugar de organizar comunidades para luchar contra la injusticia, el foco se desplazaba hacia la experiencia espiritual privada. Para la lógica de la Guerra Fría, esto resultaba funcional: desmovilizaba a los sectores populares y neutralizaba el potencial transformador de las bases.

EL CRECIMIENTO EVANGÉLICO Y EL RETROCESO CATÓLICO

A partir de los años 70 y, sobre todo, en los 80 y 90, América Latina experimentó un crecimiento exponencial de iglesias evangélicas. Misiones religiosas provenientes de Estados Unidos, como el Instituto Lingüístico de Verano y organizaciones pentecostales, se expandieron en zonas pobres e indígenas, donde el Estado y muchas veces la Iglesia Católica tenían escasa presencia.

El fenómeno no fue casual. Hubo incentivos concretos: financiamiento, facilidades migratorias para misioneros, apoyo logístico y una fuerte estructura comunicacional basada en el modelo del televangelismo norteamericano. Con el tiempo, estas iglesias perfeccionaron su llegada a las masas utilizando televisión, telenovelas religiosas especialmente en Brasil y, más recientemente, redes sociales.

El resultado fue una transformación profunda del mapa religioso. En América Central, los evangélicos pasaron a ser mayoría en varios países como Costa Rica y Panamá. En contraste, países como Argentina, Uruguay y México mantuvieron una mayor presencia católica, aunque también con crecimiento evangélico sostenido.

EL ATAQUE A LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

El blanco central de esta estrategia fue la Teología de la Liberación. Los Documentos de Santa Fe la definían como una “doctrina política disfrazada de religión”, acusándola de promover la lucha de clases y desestabilizar el orden social. Esta visión coincidía con la postura del Vaticano durante el papado de Juan Pablo II, que impulsó una fuerte disciplina interna contra sacerdotes y obispos vinculados a estas corrientes.

Entre la presión externa, la represión de las dictaduras latinoamericanas y la reconfiguración interna de la Iglesia, la Teología de la Liberación fue perdiendo terreno. En paralelo, el avance evangélico ocupó ese espacio vacío, proponiendo una espiritualidad despolitizada y alineada con valores conservadores.

PLAN CÓNDOR Y REPRESIÓN: LA DIMENSIÓN MILITAR DE LA ESTRATEGIA

Este proceso no puede entenderse sin incorporar la dimensión represiva que se desplegó en simultáneo. En el marco de la Operación Cóndor, los Estados Unidos impulsaron junto a dictaduras latinoamericanas un sistema de persecución, coordinación de inteligencia y eliminación de opositores políticos. Basado en la Doctrina de Seguridad Nacional y en la lógica de la contención del comunismo, este engranaje operó como complemento directo de la guerra cultural.

Países como Brasil (1964), Bolivia (1971), Chile y Uruguay (1973) y Argentina (1976) fueron incorporándose a este esquema, donde las Fuerzas Armadas actuaron como garantes del “orden occidental y cristiano”. La coordinación represiva permitió secuestros, desapariciones forzadas, torturas, apropiación de menores y ejecuciones en toda la región.

En este contexto, no solo fueron perseguidas organizaciones armadas, sino también movimientos sociales, intelectuales, estudiantes y sectores religiosos comprometidos con los pobres, muchos de ellos vinculados a la Teología de la Liberación. La represión no fue únicamente militar: también fue ideológica, cultural y espiritual.

El propio presidente John F. Kennedy, en conversaciones con funcionarios como el embajador Lincoln Gordon, dejó en evidencia la preocupación de Washington por el avance de sectores de izquierda en países como Brasil, y la necesidad de fortalecer a las Fuerzas Armadas para frenar ese proceso. La región era vista como un territorio estratégico que debía permanecer bajo control.

A su vez, figuras como Nelson Rockefeller recomendaron explícitamente fomentar el crecimiento de iglesias protestantes para contrarrestar la influencia del catolicismo comprometido socialmente. De este modo, la represión directa del Plan Cóndor se complementó con una estrategia más silenciosa pero igual de eficaz: la transformación del sentido religioso de las masas.

ACTUALIDAD: DEL CONTROL MILITAR AL CONTROL CULTURAL

Lejos de haber desaparecido, esta lógica se transformó. Si durante la Guerra Fría el disciplinamiento social se ejercía mediante golpes de Estado y terrorismo de Estado, hoy el control se despliega con herramientas más sofisticadas, donde la cultura, la comunicación y la religión ocupan un lugar central.

El crecimiento de iglesias evangélicas con fuerte estructura mediática y financiera consolidó un nuevo actor político en la región. Ya no se trata solamente de fe, sino de poder. Líderes como Nayib Bukele o figuras internacionales como Donald Trump han utilizado discursos religiosos para legitimar decisiones políticas, construir liderazgo y reforzar mecanismos de control social.

En muchos casos, estas corrientes promueven una visión donde la desigualdad no debe ser transformada colectivamente, sino aceptada como parte de un orden divino, desplazando así cualquier intento de organización popular. A esto se suma una lógica económica donde la fe también se convierte en negocio: el diezmo, las donaciones y las estructuras eclesiásticas funcionan como verdaderos circuitos financieros.

Así, el viejo objetivo de desactivar la capacidad de lucha de los pueblos no desapareció: simplemente cambió de forma. Donde antes hubo represión abierta, hoy muchas veces hay construcción de subjetividad.

CONCLUSIÓN: FE, PODER Y DOMINACIÓN

Los Documentos de Santa Fe no pueden entenderse como textos aislados. Formaron parte de una estrategia más amplia de dominación cultural en América Latina, donde la religión fue utilizada como herramienta geopolítica. Al debilitar una Iglesia comprometida con la justicia social y fomentar formas de fe centradas en lo individual, se modificó el vínculo entre religión y política en toda la región.

El crecimiento de las iglesias evangélicas no tiene una única causa, pero la influencia de estas políticas fue determinante. Lo que estaba en juego no era solo la fe, sino el sentido mismo de la organización social: comunidad o individualismo, justicia social o resignación espiritual.

Porque, en definitiva, no se trató solamente de cambiar de religión. Se trató de algo mucho más profundo: disciplinar a los pueblos, domesticar la rebeldía y reemplazar la lucha colectiva por la resignación individual. Y esa disputa, todavía hoy, sigue completamente abierta.

Fuente consultada

https://www.facebook.com/revisionismohistoricoargentino