domingo, 29 de marzo de 2026

29 de Marzo de 1857

HISTORIA & EFEMÉRIDE

EL FRAUDE DEL 29 DE MARZO DE 1857 Y EL SEPARATISMO PORTEÑO

El separatismo porteño encontró en el partido liberal su expresión política más acabada, funcionando como la continuidad histórica del viejo unitarismo, si no por los hombres, al menos por las ideas. Allí se alineaban figuras como Valentín Alsina, Bartolomé Mitre, Pastor Obligado, Rufino de Elizalde, Dalmacio Vélez Sarsfield y el uruguayo Juan Carlos Gómez, con Domingo Faustino Sarmiento actuando, incluso a disgusto, como su pluma más agresiva y eficaz. Bajo distintas etiquetas —unitarios, rosistas reciclados y “jóvenes” de Mayo— se consolidaba un bloque de poder profundamente ligado a los intereses de Buenos Aires y enfrentado al proyecto nacional de la Confederación, encabezado por Justo José de Urquiza. No era una simple disputa política: era el choque entre un puerto que pretendía ser país y un país que luchaba por existir como Nación.

Esta estructura de poder se había afirmado tras la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, cuando Buenos Aires, lejos de integrarse al nuevo orden constitucional, optó por separarse y constituirse en un Estado autónomo, reteniendo la Aduana y desconociendo la autoridad de la Confederación. Desde entonces, el liberalismo porteño no solo fue una corriente ideológica, sino el instrumento político de una secesión económica y territorial.

EL SURGIMIENTO DE LOS “CHUPANDINOS”

Sin embargo, no toda Buenos Aires respondía a ese esquema. En 1856 emerge una corriente opositora nucleada en torno al periódico “La Reforma Pacífica”, inspirada por Nicolás Calvo. Este espacio, donde comenzaba a destacarse un joven José Hernández, representaba una postura nacional: la reincorporación de Buenos Aires al resto del país. El lenguaje faccioso de la época bautizó a los bandos en pugna: los oficialistas liberales, violentos y organizados en patotas, fueron llamados “pandilleros”, mientras que los reformistas, partidarios de la unidad nacional, quedaron etiquetados como “chupandinos”, en alusión burlona a sus reuniones de debate en almacenes y su gusto por el vino carlón.

Detrás de esas etiquetas pintorescas se escondía una discusión de fondo: o Buenos Aires seguía siendo un enclave privilegiado que vivía de la renta aduanera, o se integraba a una Nación que buscaba distribuir esos recursos entre todas las provincias. Por eso, la causa “chupandina” no era menor ni anecdótica: expresaba el federalismo real dentro de la propia Buenos Aires.

ELECCIONES DE 1857: FRAUDE, TERROR Y DOMINACIÓN

La disputa alcanzó su punto más alto en las elecciones del 29 de marzo de 1857, clave porque los diputados elegidos definirían al gobernador bonaerense. En un contexto donde la Aduana garantizaba privilegios extraordinarios a la elite porteña, reclamar su nacionalización exigía un coraje político poco común. El resultado fue contundente pero ilegítimo: mediante el uso de la policía, la intimidación, bandas armadas y el aparato estatal, el partido liberal impuso a Valentín Alsina como gobernador, en lo que constituyó una verdadera declaración de guerra contra la Confederación Argentina.

El fraude fue escandaloso incluso para los estándares de la época. Los “pandilleros” controlaron mesas, padrones y votaciones, haciendo sufragar varias veces a peones e incluso a niños. Hubo parroquias donde directamente votaron solos. En San Miguel se destruyeron mesas a golpes, en Montserrat hubo enfrentamientos, y en distintos puntos de la ciudad la violencia fue la regla. Testigos extranjeros dejaron constancia del desprecio por las leyes y la Constitución, señalando que las libertades electorales habían sido abiertamente pisoteadas.

Desde el diario “El Nacional”, Domingo Faustino Sarmiento acompañaba esta maquinaria con una campaña de agitación feroz, celebrando en privado el uso del terror como herramienta política y reconociendo sin tapujos que la “audacia y el terror” habían sido la base del triunfo. No se trataba de un exceso, sino de un método: el miedo como instrumento de gobierno.

Así, el 29 de marzo no fue simplemente una elección, sino la demostración práctica de un régimen que despreciaba la voluntad popular y utilizaba el fraude sistemático como herramienta estructural de poder, inaugurando una práctica que luego sería recurrente en la vida política argentina.

EL ÉXODO HACIA LA CONFEDERACIÓN

El clima de persecución se volvió asfixiante para quienes defendían la unidad nacional. A diferencia de los tiempos de Juan Manuel de Rosas, donde el exilio tenía como destino Montevideo, ahora los opositores huían hacia Paraná, capital de la Confederación. Más de dos mil porteños abandonaron la ciudad en 1857, entre ellos figuras de enorme peso intelectual y político como Lucio V. Mansilla, Benjamín Victorica, Mariano Fragueiro, Juan María Gutiérrez, Vicente G. Quesada, Santiago Derqui, el general Guido, Nicolás Calvo y, desde Europa, Juan Bautista Alberdi. Allí también se trasladaron Rafael y José Hernández junto a buena parte del movimiento reformista.

Paraná se transformó así en el verdadero centro del pensamiento nacional, el lugar donde se debatía el país real, mientras Buenos Aires quedaba encerrada en su lógica portuaria, comercial y excluyente, sostenida por la renta aduanera y por un aparato político dispuesto a todo para conservar ese privilegio.

MITRISMO, CONTINUIDAD Y CONSOLIDACIÓN DEL MODELO

Lo ocurrido en 1857 no fue un hecho aislado, sino la manifestación de un sistema político basado en el fraude, la violencia y la exclusión, nacido con la secesión porteña de 1852 y sostenido contra la Confederación. Ese mismo esquema encontraría su consolidación años más tarde, cuando el mitrismo lograra imponerse a nivel nacional, trasladando al conjunto del país la lógica del puerto.

De este modo, la llamada organización nacional no surgió de un consenso armónico, sino de la imposición de Buenos Aires sobre las provincias, derrotando a quienes, como los hombres de Justo José de Urquiza y el movimiento reformista, sostenían que la Argentina debía construirse desde la unidad, la equidad y el federalismo real. Lo que triunfó, en cambio, fue un proyecto centralista, sostenido en el privilegio económico, el fraude político y la subordinación del interior, cuyas consecuencias marcarían profundamente la historia argentina posterior.

Fuente consultada

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